Fernando Arévalo (68 años) no habla de la madurez como un concepto abstracto ni como una meta alcanzada. La aborda desde la experiencia propia, con una honestidad poco habitual. “Madurar, para mí, en lo personal, ha sido muy difícil. No lo he logrado”, comentó sin rodeos en una entrevista con la revista Vea, de El Espectador.
Esta afirmación no surge al azar: es el punto de partida de Inmaduros, una comedia teatral que dirige y que pone en escena preguntas incómodas sobre la forma en que los adultos enfrentan el amor, las relaciones y el paso del tiempo.
Lejos de asumir una postura moral o aleccionadora, Fernando Arévalo reconoce que durante años creyó haber llegado a ese lugar que muchos llaman madurez. “A los 30 años pensé que ya lo había conseguido, pero no fue así”, confesó.
“Uno trata de hacer el esfuerzo, y el día que lo logre, ese día, por ejemplo, me casaré, me levantaré temprano… cosas que todavía no hago porque no he madurado”, agregó, entre la ironía y la autocrítica.
El teatro como origen y refugio para Fernando Arévalo
Aunque gran parte del público lo identifica por su trayectoria como actor en teatro y televisión, el actor aclaró a este medio de comunicación que su vínculo con el oficio comenzó desde otro lugar.
“Tal vez mi primer acercamiento a la profesión fue como director”, explicó al recordar una experiencia temprana en el Teatro Nacional de La Castellana, donde dirigió una obra infantil que dio inicio formal a una franja dedicada a ese público. Ese antecedente, dijo, reafirmó su interés por explorar el teatro desde distintos lugares.
“Yo hago teatro, hago televisión, y ambas cosas son maravillosas porque son distintas maneras de expresarse”, afirmó. Sin embargo, no dudó en señalar dónde encuentra mayor plenitud: “Donde más disfruto, donde más gozo, es precisamente aquí, encima de un escenario, ya sea como actor, como director o como escritor. Creo que eso es lo que más me llena, en todos los sentidos”.

Desde esa cercanía nace la adaptación de Inmaduros, una obra que se mueve entre la comedia, lo absurdo y verdades que incomodan por lo reconocibles. Dirigir una propuesta de ese tipo, de acuerdo con Fernando Arévalo, implica asumir riesgos creativos.
“A mí me atrae mucho el terreno de la comedia y la posibilidad de hacer cosas definitivamente diferentes. Enfrentarse a retos nuevos y a montajes distintos es algo que lo va alimentando a uno como creador”, expresó.
Uno de los ejes centrales de la obra es la risa como espejo. Inmaduros invita al espectador a reírse de sí mismo, algo que, según el actor de 68 años, ocurre con naturalidad.
“Entre más inmaduro sea uno, más se va a reír”, mencionó Fernando Arévalo. Desde su mirada, esa reacción atraviesa al público de manera transversal. “Parece que toda la gente que viene aquí peca de inmadurez, porque todos se ríen”, aseveró.
Además, añadió entre risas que muchas mujeres salen del teatro confirmando ideas que ya tenían: “Siempre que a uno le dicen que es un inmaduro y ellas salen felices de aquí, dándose cuenta de que tenían razón”.
Sin pretender ofrecer respuestas definitivas, Fernando Arévalo utiliza el teatro como un espacio para exponer dudas personales que, en el fondo, son colectivas. Inmaduros, actualmente en temporada en el Teatro Nacional de Bogotá, funciona así como una excusa para hablar de aquello que no siempre se reconoce en voz alta: que crecer no es lineal, que la madurez no llega igual para todos y que, muchas veces, aprender a reírse de uno mismo es el primer paso para entenderlo.
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