
31 Minutos participó del Tiny Desk de la NPR.
Hay una frase que resume la esencia de 31 Minutos y que define su supervivencia en la cultura pop: “No tener la obligación de parecer inteligente”. Algo muy “liberador”, asegura Pedro Peirano, uno de sus creadores, en entrevista para El Espectador.
Lo que plantearon es una rebelión contra la televisión infantil tradicional, que suele estar obsesionada con dejar una moraleja o parecer “educativa” y “correcta”. Al renunciar a la obligación de dar lecciones morales, los creadores ganaron una libertad creativa absoluta que les ha permitido una autenticidad más que admirable.
Por eso Tulio Triviño puede ser ignorante, vanidoso y profundamente tonto sin que el programa colapse. Una sandía puede ser la estrella más famosa del mundo simplemente “porque sí”. No hay hay que buscar explicación lógica, solo reírse.
Esa máxima es el motor de un fenómeno que hoy aterrizará en el Festival Estéreo Picnic para demostrar que, tras dos décadas de noticias accidentadas y desastres televisivos, Tulio y su equipo siguen siendo los dueños del “rating” emocional de América Latina.
Las raíces de 31 minutos
Lo que comenzó en Chile hace más de 20 años como una parodia de un noticiero, hoy es una institución transgeneracional. Pero el plan original distaba mucho de lo que conocemos. La apuesta principal constaba de un noticiero y un presentador que sería, simplemente, el conductor de esas notas graciosas.
“Nunca pensamos que iba a ser una comedia de personajes”, explica.
Pero la naturaleza del formato resultó ser orgánica. Cada vez que aparecía un personaje como Juan Carlos Bodoque, la historia se volvía más interesante. Así, el programa mutó en una especie de organismo vivo donde los personajes no son solo figuras de felpa, sino un entramado de relaciones que empezaron a reflejar las bajezas y virtudes humanas. Y, por supuesto, de una industria tan compleja como la de los medios.
El refugio del Quijote y el hito del “Tiny Desk”
Para muchos, 31 Minutos es sinónimo de nostalgia, pero para sus creadores, el proyecto ha sido una herramienta de supervivencia creativa. Durante el encierro de la pandemia, la banda se sumergió en la literatura clásica para dar vida a una versión propia de El Quijote de la Mancha. Fue una tarea de salvación personal.
“En ese caso (la pandemia) 31 minutos nos salvó la vida haciendo el Quijote. Hemos tomado un ruido de la historia de la humanidad, que es la pandemia... me tocó escribirlo durante la pandemia, en vez de suicidarme, leer el Quijote de nuevo entero y hacer una versión para nuestro personal. Y después el Álvaro yo le iba pasando las escenas y él tenía que hacer las canciones cuando las necesitaba”, reveló.
Esa capacidad de adaptación los llevó también a la oficina más famosa de la música: el Tiny Desk de la NPR. Lo que parecía un reto técnico para una banda de títeres —meter burbujas, humo y una superproducción en un rincón minúsculo—, se convirtió en un éxito histórico de visualizaciones.
Ese registro no solo reencantó a los fans de siempre, sino que demostró que 31 Minutos puede competir en calidad técnica con cualquier estrella global, preparando el terreno para lo que se vivirá hoy en el Simón Bolívar.
“Pudimos hacer algunos trucos básicos de tele... aprovechamos muy bien el espacio y eso fue sorprendente. Lo ensayamos súper bien, reconstruimos un Tiny Desk exactamente igual en Chile, entonces lo teníamos ensayadísimo”, señaló.
“Radio Guaripolo”: lo que verá la audiencia del FEP
El eje central de la presentación de esta tarde es “Radio Guaripolo”. El concepto rescata la mística de la radio antigua, esa que vive de las bromas telefónicas y la interacción nocturna con oyentes invisibles. Bajo la conducción del “personaje favorito de los niños”, según el propio e inflado ego de Tulio, el show funciona como un hilo conductor para que los grandes himnos de la serie exploten en vivo.
La puesta en escena promete ser un caos controlado que ya probó su efectividad la semana pasada en el Lollapalooza Chile. Allí, el escenario de “Kidzapalooza” resultó insuficiente para la multitud que coreó desde “Mi castillo de blanca arena” hasta el himno “Yo nunca vi televisión”.
La clave del éxito radica en que 31 Minutos no subestima a su audiencia. No ven a los niños como seres incapaces o absolutamente puros, sino como humanos que, aunque en menor medida, comparten con los adultos sentimientos de egoísmo, confusión y alegría.
“No somos ni un santo ni pensamos que los niños son santos”, dice. “Los niños son humanos, igual que nosotros, pero llevan menos tiempo en el mundo y nosotros lo único que vamos a hacer es contarle un poco cómo va la mano... hay mucho de egoísmo de sentirse centro del mundo... sentimientos que son muy adultos más que niñez”.
La filosofía del “villano idiota”
Uno de los puntos más fascinantes de la evolución de la serie es la construcción de su protagonista. Tulio Triviño, el rostro del programa, ha crecido hacia lo ridículo y lo egoísta. Es un personaje que funciona mejor cuando se muestra tonto, alejándose del estereotipo del presentador infantil que debe ser un ejemplo a seguir. Los personajes como él no son ejemplos de moralidad, sino espejos de nuestras propias contradicciones, y eso es lo que lo hace fascinante.
“Aprendimos un poco que los personajes más que personajes son relaciones”, explica sobre la dinámica entre Tulio y Juanín. “Mi personaje ha crecido en términos de cómo han crecido los otros personajes también: ahora es más villano, más tonto, más idiota, más ridículo... Me encanta que sea así porque es muy raro que un rostro de un personaje infantil sea tan villano, pero es medio creíble por esa misma razón”, agrega.
Al preguntarle sobre el mensaje político o social detrás del humor, su respuesta es más bien tajante: “Nuestra personalidad era hacer humor más o menos riesgoso, entonces, el de cajón no lo pensamos nunca. Nos da lo mismo... realmente tenemos una mente que funciona así”.
Incluso al tocar temas de relevancia global, prefieren la abstracción sobre la literalidad.
“Nuestra fuerza política es el humor puro. Creo que todos se sumaron a esa idea de que el absurdo es lo más divertido que hay. Puedes decir todo lo que quieras y puede ser mucho más libre que estar haciendo la parodia de Donald Trump. Es mucho más chistoso hacer un cocodrilo con un burro rojo, aunque sea más abstracto”, remata.
Colombia: el segundo hogar de los títeres de Titirilquén
La relación con el público colombiano es profunda y data de años. Existe una sintonía fina entre el humor de ambos países que ha permitido que 31 Minutos se sienta local en Bogotá. Tras el éxito de sus incursiones teatrales en 2019 y 2025, su llegada al Festival Estéreo Picnic es la puerta que la agrupación buscaba abrir para consolidar su presencia constante en el país.
No veremos solo a un grupo de titiriteros. Veremos a un equipo que ha entendido que el “niño interior” no es un concepto tierno, sino el lugar donde vive nuestro lado más absurdo y auténtico.
Prepárense para verse reflejados en el noticiero más veraz de la historia de la televisión y el rock latino.
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