
LYON (FRANCIA), 16/03/2026.- Rosalía comenzó la gira de su cuarto disco, el místico 'Lux', en Lyon (Francia), donde la catalana rindió al público con un viaje ecléctico que por momentos fue teatral como un ballet y a ratos desenfrenado como una fiesta electrónica en una iglesia abandonada.
Luz de las estrellas que brillan en el cielo, luz mortal del fuego que consume en la hoguera. En Lux (2025) —luz en latín—, el cuarto álbum de Rosalía, un poema sinfónico que se alimenta de la iconografía religiosa, la vida de varias santas y la mística femenina, la luz aparece de distintas formas: desde la que atraviesa una piel de porcelana, rota en la esquina, hasta los luceros reflejados en el pelo de la que podría ser la madrugá más oscura del alma. Pero de todas estas formas luminosas, la más importante está escrita en uno de los epígrafes del disco que cita a la filósofa y revolucionaria francesa Simone Weil: «El amor no es consuelo, es luz».
Al reflexionar sobre los elementos narrativos que componen Lux, podría hablarse de una mujer con el corazón roto, simbólica y metafóricamente, el mismo que intenta reparar en el videoclip de “Berghain”, que se entrega al amor divino luego de una decepción sentimental. Un corazón que solo al estar herido puede dejar pasar la luz. El de este álbum es un viaje espiritual en busca del amor, una suerte de hagiografía en cuatro movimientos, como las sinfonías, que relaciona a la protagonista con la vida de mujeres santificadas y la sitúa en medio de dos mundos. La suya es una Torre de Babel musical cantada en trece idiomas, con un sonido que transita entre lo clásico y lo electrónico, que no aspira alcanzar el cielo sino conectar lo humano y lo divino a través de la lengua.
«Quién pudiera vivir entre los dos/ Primero amar el mundo y luego amar a Dios», canta Rosalía en “Sexo, Violencia y Llantas”, la primera canción del álbum, planteando desde el inicio la dualidad entre el mundo terrenal y el celestial y el anhelo por habitar ambos. Una dualidad que también está presente en la Rosalía vestida de monja de la portada del disco y en la que aparece desnuda y con los brazos extendidos, en la contraportada, haciendo referencia a la crucifixión de Jesús. Este es un proyecto que le ha valido críticas en las que se la acusan de farsante, por lucrarse de sus exploraciones espirituales, o de ser la máxima exponente de la ultraderecha conservadora, un indicador incuestionable de recesión y de ser partidaria de las tradwives.
Por un lado están los cuestionamientos, como el de la escritora Carolina Sanín, que escribió en su cuenta de X «…yo no he visto nada que tenga menos que ver con la intención o la disposición mística que la canción Berghain. Y son astutas las trampas del diablo», como si estuviera esperando en un producto pop y masivo, como lo es Lux, una intención evangelizadora o de acercamiento místico entre los oyentes y la divinidad. También están comentarios, como los de la periodista Laura Arroyo, que afirman que la de Rosalía es una apuesta política profundamente conservadora.
Sin embargo, reducir Lux a un producto a favor del conservadurismo, que busca construir una imagen de las mujeres como seres sumisos, virginales y obedientes, es una interpretación reduccionista— por no decir ignorante — que no solo resta agencia e importancia a mujeres que marcaron la historia intelectual y artística de la humanidad, que fueron monjas, sino que también muestra que no escucharon o no entendieron ni las letras de las canciones ni a las mujeres a quienes se alude. Por ejemplo, en “De madrugá” hay una referencia intertextual a la santa ortodoxa Olga de Kiev, una reina que masacró a todos sus pretendientes y mató a miles de personas en venganza por el asesinato de su marido. Al respecto, Rosalía canta en ucraniano los siguientes versos que resultan muy pacíficos: «Yo no busco venganza/ La venganza me busca a mí».
Por su parte, “Jeanne” tiene como protagonista a Juana de Arco, la adolescente de diecinueve años que, inspirada por visiones divinas, lideró al ejército francés permitiendo liberar a Francia de los ingleses. De paso sea dicho que resulta ser la cumbre de la heteronormatividad y el binarismo, del que acusa Arroyo a Rosalía, que uno de los versos de la canción diga: «Padre mío/ No seré ni un hombre/ Ni una mujer/ Es mi corazón el que me define». Importante mencionar que el vestir ropa de soldado, asociada con lo masculino, fue un factor utilizado para quemar en la hoguera a Juana de Arco. Muy virginal y puritana, sin duda, la imagen de “Porcelana” donde la voz poética le dice a Dios: «En ti no creo/ hasta que te derrames en mi pecho», o el «Te follaré hasta que me ames», de “Berghain”, que parece ser un mandato de la divinidad para la salvación de la protagonista.
Uno de los aspectos más importantes del álbum, en relación con esa idea del amor como luz, es el deseo de libertad que no puede encontrarse en los hombres que buscan en las mujeres un trofeo del que presumir, un llavero que los acompañe o la media mitad que necesitan los partidarios del amor romántico para estar completos. Por eso, resulta destacable la crítica de Rosalía a la cosificación de las mujeres en “Novia Robot”, donde reafirma su humanidad: «Una novia robot/ Es lo que, hoy, tú quieres tener/ Perdóname, mi amor/ Pero yo soy real, de verdad». Y reivindica el poder con el que nacen las mujeres y que los hombres quieren poseer. Es cierto que el álbum plantea una renuncia al amor humano en favor del divino, «Guapa para Dios/ Me pongo guapa para Dios/ Nunca pa’ ti, ni para nadie/ Solo guapa pa’ mi Dios», pero esa era una de las razones por las que muchas mujeres seguían el camino religioso. Escaparse de la prisión de un matrimonio arreglado y un marido al que servir. ¿Una alusión a su compromiso fallido con Rauw Alejandro? Sobre eso canta de manera más directa en “La Perla” y en “Focu ‘ranni”, inspirada en su tocaya Rosalía de Palermo, la santa siciliana que a pocos días de su boda vio a Jesús en el espejo y lo prefirió a él sobre el hombre con el que estaba prometida: «No seré tu mitad/ Nunca de tus propiedá/ Seré mía/ Y de mi libertad».
Lux es también acerca de amar la imperfección propia, esa que puede estar representada en una grieta que, a fin de cuentas, permite el paso de la luz, como la herida de un corazón roto. Al explicar el origen del título del álbum durante una entrevista con Zane Lowe, Rosalía citó la canción “Anthem” de Leonard Cohen: «Él decía: “Olvida tu ofrenda perfecta. Hay una grieta en todo. Así es como entra la luz”. Y creo que yo quiero que entre la luz». Esta reflexión, así como su letra, conversa directamente con “Divinize”, en la que la artista canta: «A través de mi cuerpo, puedes ver la luz (…) Sé que fui hecha para divinizar». ¿Acaso la grieta y el cuerpo, que representan la imperfección, son el espacio perfecto para recibir la iluminación y aspirar a alcanzar el amor sobrenatural?
De la misma manera que su segundo álbum, El mal querer (2018), dialoga con la novela anónima del siglo XIII Flamenca, en Lux también hay alusiones directas a obras escritas por las santas y otros libros literarios y religiosos. En canciones como “La Yugular”, los versos: «Tú que estás lejos/ Y a la vez más cerca/ Que mi propia vena yugular», resuenan con este fragmento del Corán: «Hemos creado al hombre y sabemos lo que su alma le susurra. Estamos más cerca de él que su propia vena yugular» (50:16), haciendo referencia a la omnisciencia y cercanía de Alá con el ser humano. En esta misma canción, que se inspira en la mística sufí iraquí del siglo VIII Rabia al Adawiyya, Rosalía canta en árabe: «Por ti, destruiría los cielos/ Por ti, demolería el infierno/ Sin promesas/ Ni amenazas», versos que sin duda recuerdan a la plegaria de Rabia: «¡Oh Dios mío!/ Si te adoro por miedo al Infierno, quémame en él/ Y si te adoro por la esperanza del Paraíso, exclúyeme de él./ Pero si te adoro solo por ti mismo,/ no apartes de mí tu eterna belleza».
Del mismo modo, lo escrito por santa Hildegarda de Bingen — profetisa, abadesa y escritora alemana del siglo XII — al describir su primera experiencia sobrenatural de iluminación sirve de inspiración para los versos de “Berghain”. Hildegarda escribió: «Del cielo abierto vino una luz ígnea que se derramó como una llama por todo mi cerebro, por todo mi corazón y por todo mi pecho». Por su parte, Rosalía canta en alemán: «La llama penetra mi cerebro / Como un peluche de plomo / Guardo muchas cosas dentro de mi corazón / Por eso mi corazón es tan pesado», como si, al igual que Hildegarda, durante esta canción la voz poética estuviera descubriendo la clave para sanar su corazón roto: «La única manera de salvarnos es con intervención divina».
En otras canciones, como “Sauvignon blanc”, la artista invoca a santa Teresa de Jesús y recurre a la imagen de este vino francés para expresar la necesidad de despojarse de los bienes materiales asociados a lo terrenal y así acercarse más al mundo espiritual, tal como lo hizo esta religiosa. El “vino divino”, además, es una metáfora que santa Teresa empleaba para describir la sensación embriagante para el alma que conlleva la unión mística con Dios. Y en “La Rumba del Perdón”, las voces de Rosalía, Estrella Morente y Silvia Pérez Cruz se funden para conformar una Santísima Trinidad femenina que absuelve distintos pecados, los cuales remiten a los nueve círculos del Infierno de La Divina Comedia de Dante Alighieri. Comenzando por el círculo más cercano a Lucifer, el de los traidores, la artista presenta la historia de un hombre que traiciona a su amigo al robarle un kilo de droga, así como la de un padre que rompe la promesa hecha a su hijo.
Luego, los versos marcan el descenso por cada uno de los círculos: el del fraude, ejemplificado en «El que nunca dice lo que piensa, aunque debería»; el de la violencia, «El que mató a puñalá’ y el pulso ni le tembló»; la herejía, «El que tiene alma de santo, pero sigue pecando»; la ira y la pereza, «La que se muerde los puños de rabia, y la rabia la muerde a ella»; la avaricia, «Cuando has querí’o más de lo que Dios te ha querí’o dar»; la gula, «El que me dejó a mí antes que dejar su botella»; la lujuria, «Técnicamente eso sería un trío, pero si solo miro no contará»; y, finalmente, el limbo, donde están los no bautizados, representado en «La que piensa que puede escaparse del plan divino». No obstante, al ritmo flamenco, todos estos pecados son perdonados.
¿Instrumentalización católica? ¿Arte sacro? ¿Poesía mística? ¿Fraude musical sobrevalorado? ¿Importa la respuesta para disfrutar de este trabajo en el que la Motomami aspira a convertirse en santa para hablar del amor divino y el humano, que también es divino?
Vestida de blanco y con un círculo cobrizo decolorando su cabello negro, como si se tratara de una aureola o la corona de espinas de Cristo, Rosalía desató el caos en el centro de Madrid al aparecerse corriendo por la Gran Vía, perseguida por los fieles que atendieron a su llamado. En la Plaza del Callao, una pantalla gigante mostraba una cuenta regresiva que pocos minutos más tarde revelaría la fecha de lanzamiento, 7 de noviembre de 2025, y la portada de un álbum que sería la antesala de uno de los proyectos más ambiciosos de una artista consagrada a la música, de la misma forma que las santas consagraron su vida a Dios. Un viaje a través de 18 canciones que finaliza con “Magnolias”, una obra que da un cierre circular a ese deseo de habitar entre los dos mundos, planteado desde el inicio. En esta canción la muerte se celebra lanzando flores sobre el ataúd de una protagonista que finalmente podrá alcanzar ese amor que está buscando: «Dios desciende y yo asciendo/ Nos encontramos en el medio», cantan los coros.
En contraste con la canción “Reliquia”, en la que la protagonista entrega como ofrendas de amor pedazos de su cuerpo físico, sus experiencias mortales y un corazón que nunca ha sido suyo, en el cierre de Lux el alma se convierte en polvo para regresar a ese amor inicial tan brillante como los astros: «Yo, que vengo de las estrellas/ Hoy, me convierto en polvo/ Pa’ volver con ellas», porque el amor es luz y, como está consignado en el libro del Génesis, «polvo eres, y al polvo volverás» (3:19).
* Lea otro artículo de este periodista y escritor en El Espectador.
