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Willie Colón (1950-2026): adiós al gran varón de la salsa de todos los tiempos

Un escritor, historiador, músico y melómano y una gran semblanza del recientemente fallecido cantautor y trombonista estadounidense de origen puertorriqueño.

Por Petrit Baquero * / Especial para El Espectador
28 de febrero de 2026
William Anthony Colón, conocido artísticamente como Willie Colón, fue un cantautor y trombonista estadounidense de origen puertorriqueño.​ Nació el 28 de abril de 1950 en Nueva York y murió en esa misma ciudad el 21 de febrero de 2026.
Fotografía por: Agencia AP
William Anthony Colón, conocido artísticamente como Willie Colón, fue un cantautor y trombonista estadounidense de origen puertorriqueño.​ Nació el 28 de abril de 1950 en Nueva York y murió en esa misma ciudad el 21 de febrero de 2026.

William Anthony Colón, conocido artísticamente como Willie Colón, fue un cantautor y trombonista estadounidense de origen puertorriqueño.​ Nació el 28 de abril de 1950 en Nueva York y murió en esa misma ciudad el 21 de febrero de 2026.

Fotografía por: Agencia AP

Willie Colón es mi salsero favorito de cualquier tiempo y lugar. Ningún otro, de los que hay legendarios exponentes, se acerca a lo que el denominado “Malo del Bronx” significa para mí en cuanto a ese concepto musical que mezclaba ese sonido —y “aguaje”— agresivo, potente y callejero, con lo más experimental, sofisticado y “progresivo”. Es que nadie como él encarnó lo que es la salsa como fenómeno, no solo musical, sino sociocultural, entendiéndolo, no como un ritmo (algo que ya es muy claro) sino como un concepto que, a pesar de su complejidad, contextual e interpretativa, se baila, goza, disfruta y, por supuesto, vive. (Lea otro perfil de Petrit Baquero, sobre el acordeonero Egidio Cuadrado).

Willie era el representante por excelencia de esos jóvenes nuyoricans que, en esa cocina sonora de Nueva York (siempre digo lo mismo), mezclaron influencias de todo tipo, desde la música afrocubana, puertorriqueña, dominicana, panameña, venezolana, colombiana y de otros lugares del Caribe hispano; pasando por el jazz, el funk, el rock, el soul y demás expresiones afroamericanas; continuando con las letras y melodías de músicas en boga en América Latina de décadas anteriores, como la ranchera y el tango; siguiendo con manifestaciones modernas que, en los sesenta y setenta, le daban un vuelco a la música popular del mundo, como el reggae, el nuevo flamenco y el afrobeat, y por supuesto, avanzaba con sonoridades muy próximas, pero que sonaban exóticas y poderosas, como las del inmenso Brasil, entre muchas cosas más.

Y fue Colón quien, de cierta manera, reflejó a la salsa en su complejidad, entendiendo que esta siempre contó con muchos más ingredientes de los que se piensa, porque, como música urbana por excelencia (“la música del Caribe urbano”, le llamaba César Miguel Rondón), estaba abierta a todo tipo de influencias, como las sonoridades tradicionales que le cantaban a lejanos contextos, muchas veces con nostalgia, pues, si bien se gestó en Nueva York, se sustentaba fundamentalmente en ritmos, incluso folclóricos, del Caribe. Pero también, la salsa abarcó, evidentemente, influencias “modernas” y contemporáneas, al surgir y desarrollarse en los años sesenta del siglo XX, una década que, a pesar de los fracasos de algunos proyectos que tuvieron cierto ímpetu, transformó por completo al mundo en lo político y cultural, con los movimientos por los derechos civiles, el feminismo (o los feminismos), las movilizaciones LGBTI, la liberación sexual, la búsqueda a otro nivel de nuevos estados de conciencia a través de distintas sustancias o prácticas; la urbanización de varias sociedades anteriormente rurales, la descolonización de África y Asia; el triunfo de revoluciones armadas en América Latina y el surgimiento de insurrecciones inspiradas en esos procesos exitosos, entre muchas cosas más.

En ese escenario, además en un contexto de origen popular en el que el racismo y la exclusión afectaba a muchas de las poblaciones que, durante varias generaciones, se fueron asentando en la “selva de cemento” en lugares como el Bronx, Brooklyn, Queens o Harlem, es que Willie Colón surgió como un líder artístico que, con el tiempo, adquirió poderosas connotaciones políticas, al ser la salsa una expresión, primero inconsciente y luego plenamente consciente, con Willie como uno de sus adalides, de rebeldía, sentido de otredad frente a las poblaciones dominantes y el orden establecido, y orgullo boricua, latinoamericano, caribeño y afroamericano. Este proceso, convirtió a algunos artistas que tocaban en pequeños locales en figuras trascendentales que marcaron, y lo siguen haciendo, formas de ser, actuar, pensar y hasta sentir para millones de personas, primero en los barrios de Nueva York (que muchas veces eran verdaderos ghettos), después en el Caribe hispano, luego en otros lugares de América Latina y finalmente en gran parte del mundo.

Y solo bastaba ver a Willie en un escenario, con su pinta agresiva, look de malandro (o de “pillo no tan buena gente”), innegable liderazgo, sonido potente y urbano; coros cálidos y fuertes, y poderosa estampa cuando soplaba con fuerza el trombón (o la trompeta baja) que lo asemejaba a alguien con un arma bien potente, como una bazuca o una ametralladora, para darse cuenta de que disparaba notas para tocarle y cantarle a la cotidianidad del barrio, las vicisitudes de la esquina, las historias de la gente en todas sus facetas, las acciones de los “malos” de cualquier lugar, las miradas, viejas y nuevas, de su patria ancestral, y, por supuesto, las diferentes expresiones del amor, el sexo, la desilusión, el despecho y la nostalgia.

Ese era Willie Colón, una figura inolvidable, un nombre poderoso que me sigue sonando chévere, un genio musical, un personaje controvertido (y sobre eso sí que hablaré), un líder de su contexto social, político y cultural; un arquitecto de una mezcla musical que finalmente, no sin pocas polémicas, se bautizó como salsa, y alguien a quien traté infructuosamente de entrevistar para un libro que tengo casi listo. Por eso, ante la triste partida del gran Willie, bien vale la pena contar una buena parte de su historia, y perdón si me extiendo mucho.

De nieto de doña Toña a “Malo del Bronx”

Era 1962. La señora Antonia Román Pintor, nacida en Manatí (Puerto Rico), y quien llevaba casi cuatro décadas en Nueva York, iba caminando con su nieto de 11 años, al que todos llamaban cariñosamente “Willie”, pero que había sido bautizado como William Anthony Colón Román. Antonia, a quien con afecto sus familiares y vecinos conocían como “Doña Toña”, permanecía gran parte del tiempo con su pequeño nieto, pues los padres del niño no podían hacerlo, ya que su madre Aracelys tenía que trabajar en una fábrica, mientras que su padre, William Sr. estaba involucrado en distintas actividades, algunas que no salieron muy bien, pues, según se cuenta, pasó algunas temporadas en prisión hasta morir prematuramente por acción propia. Por eso, Doña Toña salía permanente con el muy travieso Willie, quien nació en South Bronx el 28 de abril de 1950, y le consentía algunos gustos, al tiempo que le enseñaba muchas cosas de la cultura puertorriqueña, que ella enarbolaba con orgullo, como la música de Pedro Flórez, Daniel Santos y Rafael Hernández, entre muchos más, que los padres nuyoricans del niño no tenían tan presente.

Pero fue esa tarde en que, al pasar por el frente de una casa de empeño, Willie se quedó mirando fijamente una trompeta que brillaba como si fuera de oro. Al verlo alelado, su abuela le preguntó:

—Mijo, ¿te gusta? ¿La quieres?

A lo que el pequeño Willie respondió que sí. Toña le dijo que iba a ver cómo hacían y, seguro que, ahorrando un poco, un par de semanas después, como regalo por su cumpleaños número 12, pudo entregarle la prometida trompeta a su nieto, con lo cual le cambiaría la vida por completo.

Y es que Toña sabía lo que estaba haciendo, porque era consciente de que los tiempos que se vivían no eran precisamente los mejores, en un contexto en el que el lugares como el South Bronx, East Harlem (en Manhattan) o Atlantic Street (en Brooklyn) padecían serias situaciones que convertían a algunos de sus lugares, principalmente los que agrupaban a las poblaciones latinoamericanas (sobre todo del Caribe) y afroamericanas, en verdaderos ghettos que, además de la violencia interna, recibían la persecución por parte de la Policía que, en tiempos previos a la promulgación, en 1964, de la ley de derechos civiles, generaban una especie de apartheid manifiesta en exclusión, estigmatización y racismo. A esto se sumaba la existencia de fronteras invisibles, que hacían que cualquier joven que llegara a un territorio enemigo fuera golpeado, atracado e incluso asesinado por pandillas conformadas por jóvenes, y no tan jóvenes, de etnias diferentes (¿se acuerdan de West Side Story?).

Por todo esto, Toña tenía claro que el aprender a tocar un instrumento musical podría alejar al muy travieso, y ya bastante temperamental, Willie de las calles, lo cual consiguió parcialmente, porque a su nieto no dejó de gustarle salir a “guapear”, aunque sin perder la disciplina que le dio el empeño por convertirse en un gran músico.

Pero Willie no terminaría siendo un trompetista, porque, según contó en numerosas ocasiones, al escuchar en la calle el tema “Dolores la Pachanguera” del puertorriqueño Joe Cotto con Mon Rivera (ese que dice “charanga, twist con pachanga”) quedaría prendado del sonido—“rugido”, diría él— “agrio” y poderoso del trombón que, después supo, era del estadounidense Barry Rogers, por lo que agarró su trompeta, que ya dominaba más o menos bien, y la cambió por un trombón con el que empezó a practicar profusamente hasta sentir que ya lo controlaba competentemente.

Y el camino fue vertiginoso, pues, poco tiempo después, Willie, quien desde pequeño dejó ver un gran liderazgo, ya encabezaba una novel banda de músicos que, en un comienzo, imitaba los sonidos de artistas que ya se iban consagrando en la comunidad latinoamericana de Nueva York, como el mismo Joe Cotto, Mon Rivera, Charlie y Eddie Palmieri; Johnny Colón, Pete Rodríguez, Ray Barretto y, por supuesto, el sexteto de Joe Cuba, de quienes, muy seguramente, tomó su onda y pinta de “malote” de barrio. De ahí en adelante, el adolescente Willie Colón, con su banda “La Dynamica”, con cierta mentoría del afable y generoso Charlie Palmieri, tendría excelente acogida entre los jóvenes que atiborraban los pequeños locales en los que tocaba, pues su sonido, si bien no estaba del todo afincado, manifestaba potencia, energía juvenil y no pocas dosis de “guapería” que, en esos barrios, llamaba mucho la atención y, además, era necesaria para no “dejársela montar”. Además, desde el comienzo, como pasaba con esa música emergente, la sonoridad ecléctica de la banda de Willie era evidente, pero fluida, pues se sentían ecos de la potencia de Eddie Palmieri, con el estilo más tradicional de Joe Cotto o incluso lo que planteaban grupos de soul afroamericano o de rock con vientos, como “Chicago”, “Tijuana Brass” y “Blood, Sweat and Tears”.

Esto hizo que, muy pronto, en el contexto de una industria musical en crecimiento, el legendario productor cubano, fundador de Alegre Records, afincado en Nueva York, Al Santiago, envió a su socio Miguel Ángel “Mike” Amadeo a hacerle una audición a esa banda de adolescentes que estaba dando tanto de qué hablar. Y la prueba se pasó con éxito, pues Colón firmó (o, bueno, la madre de él, pues Willie era menor de edad), en 1965, un contrato para la grabación de varias canciones que se convertirían en su primer disco. Sin embargo, Santiago no vivía buenos tiempos y su sello Futura quebró, dejando las grabaciones archivadas y solamente sacando al mercado un disco de 45 rpm con los temas “Fuego en el barrio” y “Se baila mejor”, cantados por Tony Vásquez.

Si bien esas canciones no sonaron mucho, ni en las emisoras ni en los pocos tocadiscos que había en “el barrio”, Willie, que siempre se caracterizó por su empecinamiento, comenzó a buscar la manera de rescatar sus grabaciones, consiguiéndolo a través de Irv Greenbaum, un ingeniero de sonido que había trabajado con un naciente sello discográfico conocido como Fania Records. Y fue en ese momento cuando, citado por Greenbaum, Willie conoció al italoamericano Jerry Masucci, director ejecutivo del sello, y, sobre todo, al dominicano Johnny Pacheco, director musical, quien se convertiría en uno de sus mejores amigos y más grandes mentores.

A Pacheco le gustaba el sonido de la banda de Willie, pues, además con gran ojo comercial, sabía que, tanto la originalidad, como el desparpajo, con no pocas dosis de altanería, que la banda exudaba, podría generar un gran impacto en los barrios de población latino-caribeña que seguían creciendo. Por eso, decidió que Colón sería el quinto artista firmado por su sello. Sin embargo, había algo que no le gustaba y, con la claridad que lo caracterizaba, le dijo al muy joven Willie:

—La banda está muy bien, pero no me gusta el cantante que tienen, tenemos que cambiarlo.

Y Willie, que tenía grandes ambiciones, le dijo a Pacheco que sí.

Willie y Héctor: Del barrio para el mundo

—Ustedes están bien flojos, brother, no cuenten conmigo para eso.

Dijo un joven cantante, que había llegado de Ponce (Puerto Rico) y empezado a llamar la atención en algunos conjuntos y ciertas orquestas por su simpatía, gracia, repentismo, capacidad para imitar diferentes voces y, sobre todo, conocimiento de la tradición musical puertorriqueña. Se llamaba Héctor Juan Pérez, había nacido el 30 de septiembre de 1946, y ya desde hacía rato, Johnny Pacheco le había puesto atención, aunque todavía no sabía qué hacer con él.

Pero cuando conoció a Willie Colón fue que se dio cuenta que con Pérez podría lograrse una excelente dupla, pues ambos tenían juventud y energía, entendiendo que esa dureza urbana, incluso gangsta, que tenía el nuyorican, se podría complementar con la gracia y el estilo jíbaro que caracterizaba al ponceño. Además, Willie no dominaba del todo el idioma español, por lo que la apuesta por Lavoe, quien tenía una evidente facilidad de palabra, le ayudaría bastante. Eso sí, Pacheco, rápidamente, luego de convencer al cantante de grabar un primer disco, le dijo tajantemente:

—Pero no me gusta ese nombre de Héctor Pérez. De ahora en adelante te llamarás “Héctor Lavoe”, como “La voz”, pero en francés.

Y a pesar de que Lavoe solo dijo que grabaría un disco con esa banda, como un “favor”, las cosas cambiaron, pues a “El Malo”, como se llamó esa primera producción de 1967, si bien algunos de los músicos de la vieja guardia le criticaron su sonido rudo y a veces desordenado en el que todavía había ecos del boogaloo, resultó siendo un exitoso debut, precisamente por su reflejo de la dureza de la calle con sus poderosos trombones que sonaban como el pito de un camión atravesando una concurrida avenida, sus letras cotidianas, el aspecto de malandros de barrio de sus intérpretes y una indudable sabrosura. Esto hizo que la nueva banda llamara mucho la atención, al punto de empezar a compartir cartel con figuras ya establecidas como Ray Barretto, Eddie Palmieri, Ricardo Ray y Larry Harlow que estaban marcando la parada dejando atrás al sonido fastuoso, pero tal vez anacrónico, que tenían las big-bands de figurones como Tito Puente.

Además, sabiendo que la pinta de pillos llamaba la atención, sobre todo entre los —y las— más jóvenes, Fania hizo que las carátulas de los siguientes discos (“The Hustler”, de 1968 y “Guisando: Doing a job”, de 1969) aludieran desde el principio a temas delictivos en los que Willie aparecía ataviado como un gangster de los viejos tiempos. Total, mucho de eso no era una pose, pues el joven trombonista, que se había curtido desde pequeño en la ley de la calle, no tenía ningún problema en agarrarse a golpes si había un guapetón molestando, ya fuera en los conciertos o en cualquier otro lugar. Eso hizo que fuera también bautizado desde el principio como “el Malo del Bronx”, aunque no faltaron los comentarios, no sin poca envidia, pero también admiración, que señalaron que le decían así por la manera ruda, agria y potente (y según unos, desafinada, aunque no me parece) de tocar su instrumento.

Esto convirtió al trombonista, desde muy joven, en un ícono que sacó al mercado discos bien recibidos que identificaban tremendamente a los latinoamericanos, sobre todo caribeños, que se asentaban en Nueva York en los denominados “barrios”. Además, la indudable dureza y el sonido urbano de Colón se complementaba con la chispa, gracia y tradición jíbara de Lavoe, consolidándose como una dupla genial respaldada por jóvenes músicos llenos de talento, creatividad y ganas de gozar la vida, mientras se convertían en líderes y referentes de sus comunidades, sin ser, tal vez, conscientes de ello.

Los “capitanes de la mandinga”

Willie Colón y Héctor Lavoe son, tal vez en compañía de Richie Ray y Bobby Cruz, los referentes fundamentales de lo que, por esos tiempos y con el impulso del sello Fania, se estaba empezando a conocer, por razones comerciales e indudablemente políticas, pero claro sustento real, como “salsa”. Pero lo que venía muy bien se transformó en un boom cuando lanzaron el álbum “Cosa Nuestra”, de 1969 (el de la carátula con Willie fumando y un hombre envuelto en un tapete para ser arrojado al río Hudson), que tenía éxitos inolvidables como “Che Che Colé” (uno de tantos ejemplos de que la salsa no es solo música cubana), “Juana Peña”, “Te conozco” y “Ausencia”. De ahí en adelante, Willie y Héctor se convertirían en los “capitanes de la mandinga”, como les decían en el barrio, como ídolos, no solo en Nueva York, sino en ciudades como Panamá, Caracas, Barranquilla, Cali, San Juan, Santo Domingo, Lima y muchas más, donde comenzarían a hacer giras constantes, además de las que ya hacían con la orquesta Fania All-Stars, que agrupaba, precisamente, a las estrellas del sello discográfico comenzando a presentar discos en vivo y después sofisticadas grabaciones de estudio.

Posteriormente, vendrían discos maravillosos, como “La Gran Fuga”, “El Juicio”, “Lo Mato” y los dos volúmenes de “Asalto Navideño” (con éxitos como “La Murga”, “La Banda”, “Ghana´ E”, “Barrunto”, “Panameña”, “Ah-Ah/O-No”, “Timbalero”, “Aguanilé”, “Calle Luna, Calle Sol”, “Todo tiene su final” y “El día de suerte”) que representarían un sólido lazo de unión entre las viejas sonoridades boricuas campesinas y el sonido contemporáneo y urbano de la salsa. Esto consolidó a Willie y Héctor como figuras ineludibles con giras a muchos lugares del mundo, recibimientos de jefes de Estado en países como Panamá, presencia en especiales de televisión, muchos más discos aclamados y éxito tras otro. Es que, además del suceso que tenían sus grabaciones, sus presentaciones en vivo eran contundentes, además con imágenes que se volvieron icónicas, con Lavoe en el centro como cantante, el percusionista José Mangual Jr. a un lado y Willie al otro haciendo unos coros fuertes, varoniles y cálidos que también le dieron un sello característico a la banda. Y, claro, cuando Willie se juntaba con el otro trombonista (en distintos momentos, Eric Matos, Joe Santiago o William Campbell) y les daban duro a las moñas, se veía el poder y la energía de una banda que estaba reflejando la realidad que se vivía, pero al mismo tiempo proponiendo cosas nuevas.

Pero, como dice la canción, todo tiene su final, pues el difícil ambiente de la noche hastió a Willie, quien veía que la fiesta, las drogas, el alcohol y el desorden le estaba, a pesar del éxito comercial y artístico, afectando significativamente, lo cual incluía los muchos problemas que tenía su socio Héctor Lavoe, quien se enganchó con la heroína y nunca pudo salirse, así como lo que ocurría con su hermana Cynthia, quien moriría pocos años después por una sobredosis. Por eso, según cuentan, una noche en que Lavoe no llegó a una presentación, Willie, tajante como siempre, dijo, al mejor estilo de “Mano de Piedra” años después, “No más” y decidió alejarse del ambiente de bares y giras.

Claro que Willie no se separó de la música, pues continuó creando, mejoró técnicamente la ejecución de su instrumento, compuso más canciones, produjo los primeros discos solistas de Héctor Lavoe (“La voz” y “De ti depende”) en los que incorporó una orquesta de cuerdas para dar sensaciones “cinematográficas”, muy en la onda del soul de la época, y sacó al mercado un par de discos con su firma, el primero, un álbum experimental llamado “The Good, The Bad, The Ugly”, y el segundo, uno de bombas y plenas con su admirado Mon Rivera llamado “Se chavó el vecindario”, ambos de 1975.

Sin embargo, tal vez, para algunos, lo mejor estaba por venir, pues, una vez más, Willie Colón estaba preparado para revolucionar esa música que ya era plenamente conocida como “salsa”.

De la irreverente salsa del barrio a la rebeldía planificada y consciente

Rubén Blades era —es— un hombre que no aceptaba un “no” como respuesta. Desde muy joven, consciente de su talento, llegó a Nueva York a buscar oportunidades y, como bien se sabe, ante la negativa de obtener un contrato discográfico como cantante, consiguió un trabajo en la oficina de correos del sello Fania Records para recoger la correspondencia en diferentes lugares de la ciudad. Pero Blades, que sabía bien lo que hacía, rápidamente se hizo notar entregando algunas composiciones a artistas del sello (Richie Ray, Ismael Miranda, Bobby Rodríguez, Tito Allen…), ayudando a cargar algún instrumento cuando había sesiones de grabación y haciendo coros cuando demostró que lo podía hacer con gran solvencia. Pero su camino apuntó más alto cuando, luego de pasar por una audición por recomendación de Richie Ray y Roberto Roena, debutó con la orquesta del legendario conguero Ray Barretto, nada más y nada menos que, ante unas 20 mil personas, en el Madison Square Garden.

Con Barreto, Blades grabó dos exitosos álbumes (“Barreto” y “Tomorrow: Barretto Live”), compartiendo el canto con el boricua Tito Gómez. Sin embargo, el panameño, que era un cantautor imbuido en las temáticas sociales que, desde otros géneros, artistas como Caetano Veloso, Chico Buarque, Silvio Rodríguez, Pablo Milanes, Piero, Joan Manuel Serrat y muchos más, manifestaban frente a contextos sociales y políticos cada vez más complejos, sabía que en el escenario de la salsa de Nueva York había alguien que, a diferencia de otros, sí podía comprender su mensaje políticamente comprometido, con exploraciones hacia otras expresiones de la realidad, alcance panamericano y contextualizado en las movilizaciones que, desde diferentes lugares, se daban para cuestionar al orden establecido y transformar al mundo.

Ese era, por supuesto, Willie Colón, a quien Blades había conocido en 1969, cuando el nuyorican fue, en compañía de Lavoe, a presentarse en los carnavales de Panamá que, con entusiasmo, impulsaba Omar Torrijos. Rubén le ofreció a Willie canciones para que las grabara en sus discos, pero el trombonista le dijo que no estaba interesado, pues afirmó tener suficiente con las que componía con Lavoe. Eso sí, la charla se dio en muy buenos términos, se desearon suerte y quedaron en contacto para una nueva oportunidad. Por eso, cuando Blades, llegó a Nueva York por segunda vez (la primera fue en 1971 por breve tiempo cuando grabó un disco con Pete Rodríguez), retomó el contacto con Colón, haciendo coros en un par de discos de Lavoe, que Willie produjo; subiéndose a cantar en alguna ocasión con la anuencia de “Jectol” y grabando “El Cazanguero”, un tema de su autoría para el álbum de Willie “The Good, The Bad, The Ugly”, lo que constituyó un gran espaldarazo para el novato Blades por el también joven, pero ya consolidado, Colón.

Pero lo que motivó con más fuerza a Blades para buscar de nuevo a Colón, fue la negativa que tuvo Ray Barretto de grabar el tema “Plástico” por su fuerte carga política (realmente, todo un mitin político), por lo que, sabiendo ser insistente, fue a visitarlo varias veces a decirle:

—Willie, grabemos un disco juntos

Pero Willie no quería, pues estaba contento produciendo diferentes álbumes, explorando otros lenguajes musicales, como la obra de teatro musical “Mondongo”, y actuando como director artístico del programa “Realidades” en el canal WNET TV de Nueva York. Sin embargo, como también Jerry Masucci y Johnny Pacheco, cabezas del sello Fania, anhelaban el regreso de su mejor vendedor de discos, estuvieron de acuerdo con que se diera ese junte, insistiéndole al reacio trombonista que valía la pena regresar hasta lograr convencerlo.

Claro que ponerse en los zapatos que había calzado Héctor Lavoe no era fácil y, de hecho, hubo inicialmente bastante desconfianza, pero con el tiempo quedó claro que esa unión era también poderosa, pues el éxito que se logró fue igual e incluso mayor al que Willie había tenido con el denominado “cantante de los cantantes”. Y todo comenzó brillantemente con el álbum “Metiendo mano”, de 1977 (el de la carátula en la que Blades aparece como un boxeador y Colón como su entrenador), en el que, con una orquesta más grande y sofisticada, y una sonoridad más experimental que incorporó tres trombones (cuatro con el de Willie que hacía algunos “solos”) e incluso una tuba, se trataban de forma contundente diferentes temas sociales, sobre todo de los migrantes latinoamericanos. De ese álbum salieron éxitos como “Plantación adentro”, “Según el color” y “Pablo Pueblo”, entre otros.

Pero fue con su siguiente álbum que se llegó a otro nivel, pues se hizo casi que una revolución, pues nunca antes se había visto tal impacto en un disco de salsa, ya que canciones como “Plástico”, “Ojos”, “Buscando guayaba”, “Dime”, “María Lionza” y “Pedro Navaja” fueron bailadas, escuchadas, cantadas, analizadas, estudiadas y hasta dramatizadas por gente de diferentes y variopintos contextos. Ese álbum, de 1978, se llamó “Siembra”, el cual, con unos brillantes arreglos (de Luis “Perico” Ortiz, Carlos Franzetti, Louie Cruz y el mismo Willie Colón) y unas letras que iban desde la crítica social, la exploración de los mitos populares, la crónica de los bandidos de barrio, el amor romántico y la búsqueda de unidad latinoamericana fue un impacto tremendo para muchos. Además, la experimentación en el estudio de grabación; su contundente sonido a cargo de brillantes músicos y un espíritu rebelde y contestatario, llevaron a que, con “Siembra”, la salsa llegara a lugares en los que antes no había estado, pasando de ser simplemente una música de origen y alcance popular a convertirse en un fenómeno sociocultural que investigadores sociales, teatreros, estudiantes universitarios, políticos, jefes insurgentes, artistas plásticos, sectores de las burguesías nacionales y hasta “niños bien” (o “chicos plásticos”) asumieron como parte de su identidad y forma de ver al mundo. “Siembra” vendería millones de discos y, aún hoy en día, aunque sin cifras claras, sobre todo por la falta de información del sello Fania, acostumbrado en su momento a pagar mucho menos de lo que correspondía, se afirma que es el disco más vendido de la historia de la salsa.

Pero la dupla de Willie Colón y Rubén Blades presentaría más obras maestras, como el álbum de dos volúmenes “Maestra Vida”, de 1980, una ópera salsa en la que se vio a Colón en su mejor momento como productor al poner en práctica sonoridades experimentales y perfeccionistas, complementando a su poderosa banda de trombones, ya plenamente consolidada, con una orquesta de cuerdas que le acompañaría en muchas de sus grabaciones. El éxito seguiría con “Canciones del Solar de los Aburridos”, de 1981, en el que se siguieron tocando temas sociopolíticos, como la crítica al imperialismo gringo en Centroamérica de “Tiburón”, la crónica barrial de “Te están buscando” y el relato que, con cierta jocosidad, cuestiona el racismo y arribismo de algunos sectores, de “Ligia Elena”. Con estos álbumes, Colón y Blades se consolidaron, no solo como caudillos sonoros, sino como líderes políticos que cuestionaban al imperialismo, las dictaduras militares, la represión oficial y las visiones caducas de la realidad.

Y había muchas más cosas, pues Willie se siguió consolidando como un grandioso productor, tal vez el más exitoso de la salsa, grabando álbumes con Celia Cruz (“Solo ellos pudieron hacer este álbum”, de 1977, y “Celia & Willie”, de 1981), en los que demostró que la cantante cubana podía tener éxito comercial con un sonido más “progresivo” que no rindiera tributo —o calcara— a la Sonora Matancera (¿qué tal, por ejemplo, “Usted abusó”?); Ismael Miranda (“Doble Energía”, de 1980), Soledad Bravo (“Caribe” de 1982). Sophy (“Salsa en Nueva York” de 1983) y un celebrado regreso con Héctor Lavoe (“Vigilante”, de 1983) que dejó éxitos como “Juanito Alimaña” y “Triste y vacía”. Vale decir que Willie no había dejado de producir a Lavoe y que tuvo un papel fundamental para que Rubén Blades le cediera a Lavoe su canción “El Cantante”, que el panameño quería grabar en “Siembra”, pero que Colón consideró perfecta para el ponceño, formando parte del álbum “Comedia”, de 1978.

Claro que Colón, que seguía experimentando permanentemente con una mirada ecléctica, empezó a pensar en la posibilidad de incursionar como cantante, algo que había hecho, aunque tímidamente, un par de veces antes. Y esa idea, en el momento en que todo lo que tocaba se convertía en oro, llegó rápidamente, cuando lanzó el álbum “Solo” de 1979, un álbum experimental, cargado de latin jazz (recuerden el tema “Julia” que fue banda sonora del magazín televisivo “Panorama”) y crónicas urbanas que resultó menos agresivo por la incursión de coros femeninos y la sofisticación de sus arreglos, que es para muchos, como yo, una verdadera obra maestra. De ese álbum se recuerda, sobre todo, el éxito “Sin poderte hablar” en el que Colón, prescindiendo de los trombones, se acompaña de coros femeninos, violines y una flauta. Claro que la experimentación no era una novedad para Willie, pues ya lo había hecho con éxito con álbumes aún más de avanzada como el ballet instrumental (que tuvo un especial televisivo que, afortunadamente, desde hace unos años se puede ver en YouTube) “El baquiné de angelitos negros”, de 1977, que dejó éxitos como “Camino al barrio” y “Apartamento 21”. Y continuó con joyas como “Fantasmas”, de 1980, para mí, su mejor álbum como solista; “Corazón Guerrero”, de 1982; “Tiempo pa´ Matar”, de 1984, y “Criollo”, de 1984, en los que mezcló ritmos, sonoridades y mensajes contundentes, incluso de corte antibélico. Es en esos álbumes en los que, sobre todo, desarrolló versiones fastuosas de temas brasileros que convirtió en verdaderos clásicos de la salsa, como “Oh, que será”, “Noche de enmascarados”, “Amor Barato”, “Carnaval” y “Fantasía” (de Chico Buarque), “Mi sueño” (de Zé Katimba), “Miel” (de Caetano Veloso), “María, María” (de Milton Nascimento) y “Me das motivo” (de Tim Maia), entre otros, sobre lo cual, por cierto, vale la pena hacer un artículo completo.

En ese camino, la exitosa cuerda con Blades se siguió estirando, luego de que protagonizaran la película argumental “The Last Fight” que resultó en un fracaso comercial, así su banda sonora (realmente inferior a los otros discos de la dupla) haya tenido éxito. Total, es que Colón estaba respaldado por brillantes músicos, como el pianista Joe Torres, conocido como “el Profesor”; los percusionistas Milton Cardona, José Mangual Jr., Johnny Almendra y, a veces, Eddie Montalvo y Jimmy Delgado; el virtuoso bajista Salvador “Sal” Cuevas, y los trombonistas José Rodrigues (así, con “s”), Lewis Kahn, Leopoldo Pineda, Tom Malone, Sam Burtis, Papo Vásquez y Reynaldo Jorge, ente otros.

Sin embargo, el desgaste con Blades se fue manifestando cada vez más, pues el fuerte carácter de los dos artistas comenzó a chocar permanentemente, al tiempo que el repertorio se hacía demasiado grande, con Willie también actuando como cantante. Finalmente, según se cuenta, hubo un fuerte desacuerdo por unas presentaciones en Europa que llevaron al final del más exitoso dúo (con el perdón de Richie Ray y Bobby Cruz, y del mismo Willie con Héctor Lavoe) de la salsa, lo cual fue una lástima, aunque también una oportunidad para que los dos artistas continuaran expandiendo sus posibilidades.

Los tiempos Post-Fania y el nacimiento de los Legal Alien

Mientras Rubén Blades, después de demandar al sello Fania por la poca claridad que había en las cifras de regalías y derechos, firmaba con el sello Elektra, y presentaba su moderna propuesta de los “Seis del Solar”, Colón permaneció más tiempo en el sello, sin desligarse del todo. Sin embargo, poco después también decidió marcharse, primero a RCA, grabando el álbum “Criollo”, de 1984; luego a Sonotone, con el álbum “Especial No. 5”, de 1985 en el que presentó a su nueva banda llamada “Legal Alien” (o “Extranjeros legales”) que actualizaba su sonido a los años ochenta, y al tiempo a A&M Records, con un sencillo experimental titulado “Set Fire to Me”, de onda dance-funk electrónico, que sorprendió a sus seguidores más despistados. Claro que no dejó de estar ligado a Fania, pues grabó de nuevo con Celia Cruz “The Winners”, de 1987 y presentó “Top Secrets”, de 1989, el de éxitos como “Asia” y, sobre todo, “El Gran Varón”. Posteriormente, firmó con CBS, que al poco tiempo se convirtió en Sony Music, grabando varios álbumes, incluyendo “Hecho en Puerto Rico”, de 1993, que fue, tal vez, su último disco realmente exitoso y donde presentó el hoy clásico “Idilio”.

Igualmente, volvió a grabar con Rubén Blades, con quien se había ido acercando amistosamente en varias presentaciones, el álbum “Tras la Tormenta”, de 1995, que volvía a juntar a varios de los músicos de los discos anteriores y que, si bien no tuvo el nivel de producciones anteriores, dejó temas impactantes, como el mismo “Tras la Tormenta”, “Desahucio” y el éxito “Talento en Televisión”.

De “demócrata insurgente” a extremista de derecha

La salsa es, o fue, al menos en sus primeros años, una música que expresaba rebeldía y, en algunos casos, un espíritu bien contestatario. Y si bien esa rebeldía no era necesariamente consciente, a diferencia de lo que ocurría con algunos de sus antecedentes, como la música puertorriqueña nacionalista, su surgimiento en barrios centrales, pero apartados de las poblaciones dominantes en Nueva York; su emergencia durante los años sesenta del siglo XX (una década “rebelde”), la cercanía de la población “latina” con afroamericanos imbuidos en las luchas por los derechos civiles, su sentimiento de “otredad” que llevó a enarbolar, primero un orgullo boricua y luego uno latinoamericano (o “latino”, como la misma cultura dominante gringa intentó empaquetar a un grupo humano heterogéneo) que hizo que, salvo excepciones, muchos artistas de origen latino-caribeño, pero nacidos y criados en Nueva York, Jersey City o Chicago decidieran cantar en español, así su lenguaje cotidiano fuera el inglés; su relación con organizaciones civiles y políticas, como los “Young Lords”; su innegable impronta juvenil en conexión con la tradición, su surgimiento y desarrollo en las calles y esquinas de los barrios populares, y sus crónicas urbanas, que identificaban a gran parte de la población con sus vicisitudes cotidianas, le dan una impronta poderosa que no desapareció tan fácilmente, así la industria haya buscado conseguirlo con el paso del tiempo. Además, su sonoridad, en un principio ruda, agria y potente, a veces, desafinada, pero con sabor y energía, al tiempo que recibía influencias de músicas de todo tipo, le confería también una fuerza rebelde que contrastaba, en ocasiones, con los fastuosos arreglos de las grandes agrupaciones que, en décadas pasadas, habían identificado a la llamada en Estados Unidos “música latina”.

Y esa rebeldía se fue haciendo consciente con artistas que, imbuidos en las luchas sociales, culturales y políticas de los sesenta y setenta, empezaron a marcar la parada con canciones que acogían esa onda, así algunos dueños de sellos discográficos no estuvieran muy contentos con eso (aunque si vendían bien no importaba), como fueron los casos de Eddie Palmieri (“Revolt/La libertad Lógico”, “Vámonos pa´l Monte” o “Idle Hands”), Ernie Agosto (“La Conspiración”, “S.E.R.A”, “La Voz” y “Tengo poder”…), Frankie Dante (“Dante Presidente”, “Paz”, “Se acabó la Guerra” y, “Ciencia Política”), Tony Pabón y “La Revuelta” (“Bandera”), y muchos más.

Willie Colón encarnó como nadie esa energía rebelde, con aquellas crónicas barriales callejeras que su carnal Héctor cantaba, mientras Milton Cardona, José Mangual Jr. y el propio Willie acompañaban de manera brillante y contundente en los coros, y luego ponían a sonar el trombón con moñas espectaculares que asemejaban una postura de guerrillas que, desde adentro, desmontaban las conservadoras sonoridades de antaño, mezclando ritmos (son, bomba, plena, cumbia, guaracha…), incorporando armonías sofisticadas (como esas provenientes del Brasil y, por supuesto, el jazz), integrando actitudes asociadas con el rock y, de nuevo, poniendo a sus músicos a “guapear” en todos los escenarios donde fuera posible. Luego, con su unión con Rubén Blades, amplió su mirada adquiriendo una perspectiva más compleja que acogió realidades latinoamericanas en las que los toques de queda, las desapariciones de líderes políticos, las dictaduras militares, los grupos insurgentes, las tensiones sociales y el desplazamiento forzado eran una realidad permanente. Y, por supuesto, con los otros artistas con los que grabó, incluyendo la Fania All-Stars, de la que fue un elemento fundamental, primero como tercer trombón, y luego como cantante, produjo obras maravillosas que configuraron formas de ser, pensar y vivir en todo el mundo.

Por eso, Willie, que nunca negó su origen boricua, pero tampoco su identidad nuyorican de segunda generación, reivindicó a la salsa, no como ritmo (que no lo es, así unos solo toquen son), sino como género y más aún, como concepto de expresión urbana de la diáspora latinoamericana-caribeña en Nueva York. Y es que en gran parte, por eso, la salsa surgió en la gran manzana, sobre todo con puertorriqueños y nuyoricans, y no en Miami a donde llegaron muchos músicos cubanos que, salvo honrosas excepciones (como la grandiosa Celia Cruz), no fueron parte del movimiento de la salsa, pues esa rebeldía implícita y luego explícita no era conveniente para aquellos sectores que, pretendiendo alinearse con el establecimiento gringo, se fueron haciendo cada vez más conservadores, al punto de convertirse en unos de los grupos más reaccionarios de Estados Unidos. Esto pone en evidencia que la salsa traía consigo una carga de rebeldía frente al orden jerárquico que era poco viable (y vista hasta sospechosamente) en la Florida, por lo que los cubanos de esos lugares no tocaron salsa, sino un remedo de la música cubana de antaño y posteriormente un “pop” edulcorado alejado de la potencia, polirritmia y energía de la salsa (pero esa es otra historia).

En ese camino, Willie, se convirtió en una figura pública en distintos gobiernos ocupando, por ejemplo, entre 1989 y 1993, un cargo como asesor cultural del alcalde de Nueva York David Dinkins y lanzándose como candidato, desde El Bronx, a las primarias del Partido Demócrata para el Distrito 17 del Congreso Federal en 1994, obteniendo el 38 % de los votos (ganó el demócrata Elliot Engel), así como para el puesto de Defensor Público de Nueva York en 2001, obteniendo un poco más de 100.000 votos, para un 17 % del total. Posteriormente, fue asesor cultural, durante más de una década, del político, que también sería alcalde de Nueva York, Michael Bloomberg, a quien le hizo, además, varios temas musicales en su apoyo.

Sin embargo, para desconcierto de muchos de sus seguidores, las posturas políticas de Colón fueron cambiando poco a poco, inclinándose cada vez más hacia sectores conservadores hasta abrazar por completo a la derecha más recalcitrante que, en tiempos de Donald Trump, ha respaldado al supremacismo blanco, realizado numerosas redadas y detenciones contra personas específicas, solamente por su aspecto físico; asumido que todo el que no se alinee con esas posturas es “comunista” y considerado que todo aquel que lo contradiga es un enemigo.

Con esto, Colón, quien siempre había tenido cierto contrapunteo con los sectores “miamiescos” que ven comunistas por todos lados, además de que veía con recelo que el eje de la música “latina” hubiera pasado de Nueva York a Miami, con sonoridades y, sobre todo, actitudes, muy diferentes (de hecho, se recuerda su carta pública a Emilio y Gloria Estefan reivindicando a la salsa como mucho más que música cubana), resultó con el tiempo repitiendo el mismo discurso de la derecha más radical. Y en ese tránsito, se volvió un luchador en contra de los movimientos que buscaban reivindicaciones de comunidades específicas, tradicionalmente oprimidas o subordinadas, oponiéndose al feminismo, las luchas por los derechos civiles y, en general, la visibilización y defensa de derechos colectivos y sociales. De esta manera, el que le cantaba críticamente al “tiburón” imperialista resultó acogiéndolo y respaldándolo; el que hablaba de unidad latinoamericana, terminó apoyando invasiones y bombardeos; el que cuestionaba el racismo, resultó apoyando a supremacistas blancos que quieren volver a los tiempos del apartheid; el que tenía una poderosa voz en defensa de los latinoamericanos en Estados Unidos, resultó celebrando los desmanes del ICE; el que aparecía en las carátulas con pinta de malandro se convirtió en asistente del alguacil del Departamento de Seguridad Pública del condado de Westchester, transformándose en un abierto defensor del orden establecido (y, más que eso, de su exacerbación); el que cantó temas que hablaban de ecología resultó negando el cambio climático y el que era nieto de puertorriqueños que se fueron a la “selva de cemento” a buscar mejor suerte, terminó creyendo en ideas conspiranoicas que hablan de un complot para hacer un “gran reemplazo” poblacional con poblaciones musulmanas.

Generalmente, Willie expresaba sus opiniones a través de las redes sociales y, como ocurrió con mucha gente, se radicalizó a un punto en el que ya no hubo vuelta atrás. Y todo esto causaba sorpresa, pues el contraste con las letras de muchas de las canciones que había grabado antes, en las que el que se denominaba “demócrata insurgente” y cuestionaba tajantemente a George W. Bush, era muy grande al haber terminado convertido en un seguidor del ala más radical del Partido Republicano.

Por esta situación, a todas luces desconcertante, algunos se alejaron de Willie Colón y prefirieron dejarlo como un viejo héroe de tiempos antiguos, pero después impresentable, pues la decepción podría ser mayúscula. Y es que no faltó quien dijera que, al paso que iba, Willie Colón estaba a un maní (o un “dorito”) de decir que la tierra es plana, pues, como suele ocurrir, el que cree en una teoría de conspiración, empieza a creer en muchas más.

¿Por qué habrá ocurrido eso? No es claro, pero sí resulta curioso que alguien que cuestionaba a Reagan, hablaba de tocar en Cuba, veía con simpatía el triunfo de los sandinistas (ojo, en 1980) y era visto como un símbolo de rebeldía por sus canciones de corte sociopolítico, haya terminado exponiendo las ideas más elementales y retardatarias que, con el auge de Internet y su algoritmo, han ganado mucha fuerza, incluso, llegando a poder presidentes en varios lugares. Y es que solo basta leer entrevistas de viejos tiempos y compararlas con las declaraciones que en los últimos 15 años comenzó a dar para sentir que, con esa radical diferencia de opiniones, parecía una persona diferente. Seguramente, Willie cambió a medida que su fama crecía, pues se fue alejando del barrio y la comunidad en la que creció, asentándose en New Rochelle, un lujoso suburbio de población mayoritariamente blanca. Para otros, tal vez, no era precisamente un gran lector, por lo que fue permeado por explicaciones simplistas del mundo que le hicieron perder curiosidad y, sobre todo, sentido crítico. Además, mientras iban surgiendo en América Latina gobiernos de corte popular, algunos con ciertas dosis, de distinto nivel, de autoritarismo (sobre todo el de Venezuela, primero al mando de Hugo Chávez y luego Nicolás Maduro) y tenía viejas y nuevas relaciones con antiguos empresarios que se oponían a esos cambios en sus países, su posición fue transformándose hasta convertirse, según varios de sus críticos, en un fascista que lanzaba ataques permanentes en sus redes sociales a todo aquel que se alejara de sus nuevos puntos de vista.

Tal vez a Willie, además del cuerpo, se le envejeció la mente y esa otrora visión de avanzada y progresista pasó a ser ultraconservadora y reaccionaria, lo cual, por cierto, se manifestó en la música que comenzó a grabar, muchos menos experimental y arriesgada que la que había hecho décadas atrás. Y eso, de verdad, fue una verdadera lástima, así los fachos de hoy (que son cada vez más) piensen lo contrario y no les pongan cuidado a las letras de las canciones que en los setenta y ochenta grabó Willie Colón.

Se ven las caras, pero nunca el corazón

El 3 mayo de 2003, en el estadio Hiram Bithorn de San Juan, Puerto Rico, Willie Colón y Rubén Blades hicieron, ante 27.000 personas, su último concierto juntos, cuando celebraron, precisamente, los 25 años del álbum Siembra. Sin embargo, lo que parecía una gran celebración, terminó en un molesto pleito judicial, pues, ante el no pago por el concierto por parte de los organizadores, Willie consideró que era culpa de Rubén y lo demandó. Sin embargo, después llegó a un acuerdo extrajudicial con el organizador del concierto, quien fue condenado a indemnizar a los dos artistas, aunque, al parecer, eso no ha ocurrido aún.

Esta situación generó una ruptura definitiva entre Colón y Blades que todos en el mundo de la salsa lamentamos, pues siempre soñamos con volverlos a ver juntos en un escenario. Y es que, además de la demanda, Willie, que era muy activo en las redes sociales, no dejó de atacar a Blades por diferentes razones, a lo cual el panameño contestó en algunas entrevistas llegando a afirmar que “nunca más en la vida me subiré a una tarima con Willie Colón”.

Esto se exacerbó con el triunfo electoral de Donald Trump, quien fue elegido presidente de Estados Unidos para los periodos de 2017 a 2021 y de 2025 a 2029, pues Colón, convertido en un exultante trumpista, no dejó de apoyarlo, mientras que Blades, quien siguió definiéndose como un liberal de izquierda, lo considera el presidente más mentiroso, narcisista y racista de la historia de ese país.

La última pelea pública que protagonizaron ambos artistas ocurrió cuando Rubén Blades, con la orquesta de Roberto Delgado, obtuvo el premio Grammy (tanto “americano” como “latino”) por su álbum “Siembra 45º aniversario” que, grabado en vivo, reproducía fielmente, con solo unos pocos cambios en los arreglos, el álbum originalmente grabado en 1978. Frente a este hecho, Colón protestó, señalando que se trataba de una “clonación” del álbum original y que se había desconocido su trabajo, señalando además que fue siempre ignorado en esos certámenes, a pesar de haber grabado grandes obras con poderoso impacto comercial y crítico. Y es que algo de razón no le faltaba, pues pareciera que muchos de esos premios se le entregan a quien tiene un nombre más reconocido, pero no al que presenta un trabajo más impactante, exitoso y novedoso. Eso ocurrió, por ejemplo, con las grandes orquestas colombianas (Niche, Joe Arroyo, Guayacán…) que, en su momento, presentaron propuestas frescas y exitosas, mientras que en los Grammy seguían nominando y premiando a artistas cuyos mejores momentos habían pasado hacía años (sobre eso escribí un artículo). En esta vía, Willie afirmó que la mayoría de los que votan para entregar esos premios “no son latinos y aceptarán cualquier cosa que le pongan sobre la mesa”. Y también creo que tenía razón.

Y el reclamo era tajante, pues, además Rubén Blades, a diferencia de Willie, continuó acumulando premios Grammy, aunque muchos de sus álbumes ganadores no contaran con fuerte impacto comercial y fueran casi que ignorados por la crítica. Claro que si bien todas las producciones de Blades, salvo contadas excepciones, tienen un sello de calidad al ser un artista de grandes galones, es cierto que el álbum “Siembra 45º aniversario” no tuvo, ni de cerca, el impacto incomparable de el “Siembra” original y el Grammy que recibió no dejó de generar algún otro comentario que cuestionaba los criterios para escoger los ganadores.

La declaración de Colón, hecha en video, contó con una respuesta fuerte de Blades, en la que defendía su trabajo, la labor de sus músicos y la posibilidad de seguir grabando y produciendo álbumes. Y, claro, los ataques, a veces sutiles, a veces más fuertes, de Colón a su antiguo compañero continuaron, aunque Blades no dejó de agradecer en sus conciertos el aporte significativo que a su carrera hizo Willie, muchas veces relatando anécdotas en las que se siente que el panameño continuó admirando al nuyorican, como esa primera vez en que lo vio tocando en Panamá. Igualmente, Blades envió un mensaje deseando la mejoría en la salud de Colón, quien sufrió en 2021 un aparatoso accidente automovilístico y estuvo en riesgo de morir. Finalmente, en el mensaje que escribió luego de la muerte de Willie, Rubén contó que la última vez que se vieron personalmente fue en 2023, en el funeral del bongosero Jorge “Georgie” González, y que fue el nuyorican quien fue a saludarlo tocándole la espalda, dándose la mano y conversando cordialmente por varios minutos, lo cual, sin duda, fue una gran sorpresa.

En ese lapso hubo muchos intentos para conseguir que Colón y Blades hicieran las paces. Incluso yo, que no los conozco, pero estoy haciendo un libro sobre el álbum “Siembra”, busqué que hubiera un entendimiento (e incluso, tenía una canción original para que cantaran —cantáramos— juntos), pero, luego de un desacuerdo por temas políticos, Willie me bloqueó de sus redes, ante lo cual, muchos me dijeron, “¿y qué esperaba?” El más reciente intento por unirlos lo hizo el puertorriqueño Richie Viera, quien dirigió una carta pública a Rubén Blades solicitándole que volviera a tocar con Willie, pero el panameño no contestó. Vale preguntarse, por qué la carta solamente fue dirigida a Blades, pero se puede especular que Colón estaba de acuerdo con que hubiera un chance de juntarse de nuevo y hacer una última gira (Willie dijo que nunca cerraría las puertas) y, de pronto, un álbum, pero, tristemente, eso ya no ocurrió.

Y Willie siguió armando la murga…

Vi tocar a Willie Colón unas cuantas veces y, afortunadamente, fueron siempre presentaciones impecables. En esos tiempos (aunque desde muy joven lo era), ya era un veterano que sabía muy bien lo que hacía para interpretar tantos temas que constituyen una banda sonora de la vida de muchos que, como yo, lo admiramos, seguimos y apreciamos. En esas presentaciones, su sonido de trombón se sentía fuerte, como siempre, armando verdaderamente una murga para todos los que asistíamos, bailábamos y le admirábamos con pasión. Y vale decir que su actitud en la tarima contrastaba, a veces, con lo que mostraba en las redes sociales en las que parecía cada vez más hosco y recio, tal vez sintiendo que no obtenía el reconocimiento que se merecía, algo que realmente no era cierto, pues seguía siendo admirado y hasta venerado por muchas personas, como yo, en todo el mundo.

Pero es que poco tiempo antes había presentado al público el que sería su último álbum “El Malo 2: Prisioneros del Mambo”, de 2009, el cual mostró temas interesantes, unos cuantos de alta calidad y, hay que decirlo, muy flojos intentos de meterse en la onda del reggaetón. Dicho álbum fue ignorado por los premios Grammy y Willie, por supuesto, protestó, pero es que, si eso pasó con sus obras maestras de antaño, no era de extrañar que sucediera lo mismo con una nueva producción en la que, ya sin una casa discográfica detrás, Willie tenía grandes expectativas. Total, es evidente que las duras posiciones del artista frente al manejo de la industria musical y, precisamente, sus cuestionamientos a muchos de los que inciden en las decisiones que se dan para ciertos premios, le pudieron generar inconvenientes, pues se trató siempre de alguien que, equivocado o no, expuso sin temor sus puntos de vista en los que no le costaba pisar algunos callos. De todas formas, resulta increíble que discos legendarios y, sobre todo, muy exitosos comercialmente, como “Siembra” (que ni siquiera fue nominado), “Canciones del Solar de los Aburridos”, “Solo ellos pudieron hacer este álbum”, “Metiendo Mano”, “Solo”, “Fantasmas”, “Tiempo pa´ Matar”, “Criollo”, “Top Secrets” o “Hecho en Puerto Rico”, por mencionar solo unos cuantos, no hayan obtenido los premios que se merecían, lo cual dice mucho de los criterios que se establecen para premiar, o no, a determinados artistas y sus producciones. Y esto es más diciente en los momentos actuales en que esos premios se han devaluado, pues se nomina masivamente a artistas en las muchas categorías que se crean (con un claro criterio comercial que, por supuesto, siempre a primado), se premia en muchos casos solo por el nombre, más o menos reconocido, de determinado artista, así su producción no le interese a nadie, y se dejan por fuera trabajos que sí pueden representar las sonoridades y perspectivas más impactantes, por calidad y éxito comercial, para la sociedad contemporánea.

De todas formas, Willie Colón no dejó de ser una estrella, una figura legendaria que, a diferencia de muchos de sus colegas de la época dorada del sello Fania, seguía tocando en distintos lugares del mundo con gran éxito. Su larga trayectoria, que incluía colaboraciones con otros relevantes artistas, le daba pie para exponer su camino recorrido como representante insigne de la salsa, sobre la cual siempre defendió su origen urbano, su amalgama de influencias y carácter abierto, llegando a afirmar, por ejemplo, que podía dar un concierto de dos horas sin tocar un solo ritmo cubano y aun así tocar “salsa”. Por eso, fue también solicitado para grabar con distintos artistas, que lo veían como una verdadera leyenda, como lo que hizo con salseros como Amilcar Boscan (“Los olores del amor”) y José Nogueras (“Ciegos y Sordomudos”), y otros de otros géneros, como Tania Libertad (“Muchacha”), Fonseca (con quien hizo la exitosa “Estar lejos”) y el reggaetonero Reykon, con quien tocó en la presentación de los premios “Lo Nuestro”, siendo objeto de innumerables críticas, a lo cual ripostó con un mensaje en su cuenta de twitter en el que dejó ver su molestia por los comentarios recibidos.

Total, Willie seguía activo, tanto en las tarimas, como en las redes sociales. También, desde hacía por lo menos tres lustros, había mencionado estar preparando una autobiografía llamada “Barrio de Guapos”, de la que posteriormente no volvió a hablar, pero en la que quería plasmar la historia de esas poblaciones que, asentadas en lugares específicos de Nueva York, habían generado un proceso social y cultural del que él era parte.

Sin embargo, en los últimos años se empezó a notar cierto deterioro en su estado físico, pues se engordó mucho e incluso, según contó, se hinchó por tomar corticoides para poder cantar luego de una tremenda ronquera. Esto hizo que en sus presentaciones se notara cansado e incluso tuviera que recibir asistencia médica, lo cual se hizo más frecuente a medida que pasaban los años. Pero un golpe casi definitivo fue el aparatoso accidente que el artista sufrió en compañía de su esposa, en 2021, cuando manejaba por una carretera de Outer Banks, en Carolina del Norte, que le causó un traumatismo craneoencefálico con conmoción cerebral, cortes en la cabeza —que le hicieron necesitar 16 puntos— y fracturas en su cervical C1, en la base del cráneo. Si bien Willie se recuperó y pudo regresar a los escenarios, nunca volvió a ser el mismo, pues muchas de sus presentaciones tuvieron que suspenderse por las dolencias que presentaba. Incluso, se recuerda que en la Feria de Cali de 2023 tuvo que bajarse de la tarima mientras era atendido por personal médico, ya que sufrió una fuerte descompensación que le llevó a afirmar posteriormente que, de pronto, si sentía que ya no podía seguir, “esa había sido su última presentación”. Empero, Willie continuó e hizo unas pocas presentaciones más de corte conceptual en las que, si bien estaba lejos del nivel que mostraba pocos años atrás, fueron bien acogidas por el público que sabía que estaba ante una leyenda de la música, no solo del Caribe y América Latina, sino del mundo (y es que soplar ese trombón con la potencia que él lo hacía, no era, para nada fácil).

A Willie se le seguía viendo en algunos eventos sociales y se hablaba de futuras presentaciones artísticas, cuando nos enteramos, el jueves 19 de febrero de 2026, que había sido hospitalizado de urgencia por presentar problemas respiratorios. Esta noticia fue replicada por varios de sus antiguos colegas, como Bobby Valentín y el mismo Rubén Blades, quienes expresaron deseos para la recuperación del artista, pero, infortunadamente, en la mañana del sábado 21, llegó la triste e impactante noticia de que el gran Willie Colón había muerto, causando una conmoción de tal magnitud que, tal vez, el propio músico no sabía que se generaría, y es que sí, tristemente todo tiene su final y nada dura para siempre.

¡Guapea, Willie Colón!

Willie Colón es mi salsero favorito de siempre (ya lo dije, ¿cierto?). Fue capaz de mezclar potencia y aguaje callejero con las más sofisticadas y experimentales sonoridades constituyendo lo que se conoció como el “sonido de Nueva York” que se forjó a punta de trombones agresivos. De hecho, vale recalcar que esa percepción, que algunos repiten como loros, de que Willie no era un buen trombonista es absurda, pues quien fue capaz de sonar como sonaba, presentando esas “moñas” (o “riffs”) poderosas y bien pegajosas, y que improvisaba brillantemente con un sonido rudo y potente, pero también cálido y sabroso, tiene que estar en la lista de los grandes ejecutantes de ese instrumento. Es que solamente basta escuchar el comienzo de “La Murga”, “Calle Luna, Calle Sol” o “Todo Tiene su Final”, entre muchísimas más, para darse cuenta de que Colón está en el lugar más alto de los grandes trombonistas de todos los tiempos, siendo, además, el más famoso de todos con su imagen de ojos cerrados, posición inclinada hacia atrás y evidente potencia al tocar, constituyéndose en un arquetipo perfecto del trombón, tal vez el más relevante de todos.

Sin embargo, el aporte fundamental de Colón a la salsa en particular y la música en general es mucho más grande, por su profundo, ecléctico y brillante concepto musical que le permitió explorar muchísimas influencias y plasmarlas en verdaderas obras de arte que nos pusieron a bailar y cantar, pero también a pensar y soñar. Y es que fue también el mentor y director musical, nada más y nada menos, de Héctor Lavoe y Rubén Blades, sacando a la calle obras maestras que inspiraron a muchos a crear muchas cosas. Además, Willie consiguió —y eso no es fácil— transmitir las vivencias cotidianas de los barrios populares, pero mucho más allá de hacer una mera descripción de lo que ocurría, apelando a análisis más amplios y complejos que abarcaban problemas estructurales, hablaban de unificar a los latinoamericanos y buscaban sensibilizar al mundo entero. Y lo hizo a través de poderosas letras y eclécticos sonidos que las respaldaban, que nunca perdieron vigencia y contemporaneidad con lo cual lo rítmico y melódico, se complementó fuertemente con lo poético y lírico, marcando un antes y un después —un verdadero hito— en la historia de la música popular. Su expresión urbana, curiosidad por las tendencias sonoras del mundo, sonido agresivo, pero también sofisticado, y estampa poderosa y muy varonil, lo hacen constituirse en una figura fundamental en estos procesos de construcción y reconstrucción de identidad en América Latina, incluyendo esa que vive en Estados Unidos y ha dejado su impronta con sus tradiciones, realidades y búsquedas.

Supe de Willie Colón (y esto ya lo he contado varias veces), una noche de mediados de los años ochenta, cuando, muy pequeño todavía, en el contexto de una reunión social, escuchaba en el equipo de sonido un disco de Joe Arroyo que estaba muy de moda. Y mi papá, que tenía una buena colección de música, se acercó para decirme que eso estaba muy bien, pero que me recomendaba escuchar también a la “salsa de Nueva York” que yo, neófito en esos temas, no sabía que existía. Y diciendo eso, puso en mis manos la carátula del álbum “Siembra”, firmado por Willie Colón y Rubén Blades (aunque mi papá me habló fundamentalmente de Willie Colón), empezándome a decir que tenía que poner atención a las influencias del jazz y otros sonidos que este disco tenía, además de las letras que reflejaban cosas más profundas, que, en aquellos años de genocidio de la Unión Patriótica, emergencia del paramilitarismo, magnicidios, atentados terroristas y masacres podía impactar muchísimo más, incluso cuando se bailaba y rumbeaba (¿el país se derrumba y nosotros de rumba?).

Y así lo hice, y mi vida cambió. Recuerdo como si fuera hoy cuando oí ese comienzo en estilo “disco music” del tema “Plástico” que después se convierte en una poderosa salsa que critica la superficialidad y el arribismo de la sociedad, para pasar a lanzar arengas (en ritmo de bomba) por la unidad latinoamericana y grita tajantemente “Nicaragua sin Somoza” (y me tocó preguntar quién era ese Somoza). Igualmente, recuerdo esa sabrosura, en estilo de son montuno, que tiene “Buscando Guayaba” en la que Willie hace un solo de trombón espectacular, en la onda del jazz de New Orleans, y Blades hace un ingenioso “solo de boca”, ya que “el guitarrista no vino”. Y, por supuesto, quedé prendado de la crónica urbana, como si fuera una película, de “Pedro Navaja”, el bandido del “viejo barrio” que va “por la esquina” y se encuentra con Josefina Wilson, y todo termina en una tragedia, porque “la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, ¡ay Dios!”. De hecho, ya también he dicho que mi interés por estudiar la vida y las acciones de esos individuos que, en contextos históricos, sociales, culturales y políticos específicos, por diferentes circunstancias, pasaron de ser malandros de barrio a convertirse en grandes criminales, se debe en gran parte a “Pedro Navaja”. Es que con esta canción y, en general, todo el álbum “Siembra”, el cual desgasté a punta de ponerlo a sonar todos los días, hasta hoy (aunque lo sueno más en varias de las versiones en CD que sacaron después), resulté investigando a profundidad los orígenes, las dinámicas, perspectivas y trayectorias de muchos de los que, al margen de la ley, son vistos como enemigos por la institucionalidad y el establecimiento, así sus integrantes resulten, en muchos casos, relacionándose estrechamente. Mucho de eso está en mis libros, los títulos de los capítulos y, de cierta forma, en el lenguaje que intento plasmar en varios de mis textos.

A Willie lo quise entrevistar para un libro, precisamente sobre el álbum “Siembra”, pero fue imposible lograrlo, pues en sus últimos años prácticamente no dio entrevistas o, si lo hizo, resultó respondiendo las mismas preguntas que siempre le hacían. Total, quedan los muchos testimonios que dio a lo largo de su vida y que dejan ver a un hombre perceptivo, ambicioso artísticamente, de convicciones tajantes y protagónico de una época y un contexto al que supo darle una banda sonora contundente, sin dejar de proponer cosas nuevas, tanto en lo musical como en lo lírico. Por esto, es obvio que su muerte haya generado tanto impacto, ya que fue alguien muy importante, casi que fundamental, en muchos de los que compartieron escenario y grabaciones con él, pero también en los que —como yo— gozamos, acogimos, sentimos y reflexionamos con toda esta música maravillosa que presentó a lo largo de casi 60 años de carrera.

Sí, se fue Willie Colón, “el gran varón” de la salsa que significó un parteaguas en la música del Caribe, “el Malo del Bronx” que plasmó las vivencias cotidianas de tantas personas de América Latina, incluso en su amada Nueva York; el nieto de Doña Toña que se convirtió desde muy joven en el líder de una banda de chamaquitos (como él decía) que identificaría a todos desde “el Barrio” hasta llegar al resto del mundo; el “capitán de la mandinga” que, con la mentoría inicial de Johnny Pacheco y su llavería con Héctor Lavoe, pondría a bailar a jóvenes y viejos que se sentían identificados con el conocimiento de la tradición, pero también sentido de la modernidad, que dejaban en evidencia en cada grabación y presentación; el líder de orquesta que fue capaz de comprender las miradas, perspectivas y alcances de un joven Rubén Blades para revolucionar las dinámicas sociales de muchos en América Latina y poner a la salsa a sonar en mitines políticos, bares, celebraciones populares, campus universitarios, reuniones familiares, fiestas de barrio y emisoras radiales de las grandes, medianas y pequeñas poblaciones de gran parte de América Latina y el Caribe, así como los barrios con alta población de origen latinoamericano en Estados Unidos; el grandioso productor que fue capaz de poner a Celia Cruz y Soledad Bravo a interpretar músicas y estilos que jamás pensaron que podrían cantar con éxito; el brillante productor que grabó obras maestras para otros artistas que no dejaron de reconocer lo mucho que aprendieron a su lado; el instrumentista que, de tocar en pequeños lugares, se encontró con su ídolo Barry Rogers y se convirtió en un ícono del trombón; el arreglista progresivo que no tenía miedo en experimentar sonoridades diferentes, el cantante que, primero tímidamente y luego con bastante expresividad, dejó numerosos éxitos que se siguen bailando por todas partes; el hombre que, a pesar de sus cambios de parecer, no tuvo miedo en expresar sus puntos de vista, así no gustaran a muchos; el artista que incorporó coros femeninos, arreglos sinfónicos de cuerdas e hizo incluso un ballet instrumental; el genial músico que llevó a la salsa de la calle a los más elegantes salones, sin perder su esencia “subversiva”, y el líder de una generación de jóvenes creadores que dejaría una impronta ineludible en la cultura de América Latina, el Caribe, Estados Unidos y realmente todo el mundo.

Partió Willie Colón y estoy triste, porque la desaparición de un ícono de nuestra vida es, de cierta manera, la pérdida de una parte de nuestra existencia cuyo final es inevitable y está cada vez más cerca. Sin embargo, queda su importantísimo legado y las tantas experiencias vividas con su majestuosa obra, ante lo cual siempre valdrá la pena recordar el grito de batalla que tantas veces se dijo y que hoy vale la pena decirlo una vez más:

¡Guapea, Willie Colón, por toda la eternidad!

* Petrit Baquero es historiador, politólogo, músico y melómano. Es autor de los libros El ABC de la Mafia. Radiografía del Cartel de Medellín (Planeta, 2012); La Nueva Guerra Verde (Planeta, 2017) y Las Guerras Esmeralderas en Colombia (Planeta, 2025).

Por Petrit Baquero * / Especial para El Espectador

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