El Llano, la tierra prometida...

Un espacio cargado de colores, serranías y sabanales.

De soles rojizos y amarillentos, de mañanas cálidas y arrulladoras, de tardes húmedas y sofocantes, de vegetación verdosa y deslumbrante, de animales exóticos y atrayentes, de gente de a caballo y en tractor, de sonidos agudos y penetrantes, de lagunas pausadas y ríos caudalosos. De vistazo, es el Llano, la tierra donde habita el jinete de nacimiento y el extraño de pasión.

Una vasta tierra colorida a lo largo de morichales, serranías, sabanales y que hoy, tras la creatividad y emprendimiento de empresarios visionarios, se ha convertido en un destino que combina a la perfección la aridez de su esencia con la gracia y exquisitez del lujo. Mezcla de spa y golf en medio de la rudeza llanera.

Así es como a pocos minutos de Villavicencio, con el sol de fondo, se combinan las montañas con el césped raso y aparecen personajes como Benoyt Atallah, un palestino que llegó a Colombia desde Jerusalén y que, tras degustar los sabores del Llano, entendió que allí debería existir un espacio para el confort. Y nació Lagos de Menegua, un rincón privilegiado por la naturaleza, con un microclima especial. Con bosques bajos que permitió desarrollar una zona de lagos destinada para la práctica de deportes náuticos sin motor.

En los bosques los paradisíacos árboles hospedan a centenares de aves migratorias y nativas, que brindan el mejor concierto para despedir al sol de los venados y darle la bienvenida a la luna roja que ilumina los caminos. Las garzas se agrupan y posan en un solo árbol para transformar el paisaje. Este lugar está escoltado de babillas, chigüiros y otras especies que participan en el concierto de colores, sonidos y olores en la inmensidad llanera. Son cientos de metros para recorrer en las cabalgatas.

En esta travesía por Lagos de Menegua encontramos a un tolimense, Lázaro Cordero, quien recuperó una camioneta Power Wagon modelo 1946, la cual transformó y acondicionó como otra alternativa para recorrer las casi 1.000 hectáreas de la finca, por bosques y morichales, donde el visitante puede apreciar una tarde soleada o una noche llanera encima de uno de los montículos de la serranía.

En un abrir y cerrar de ojos el viajero puede encontrarse en una pradera africana, en un bosque tropical, en un espacio donde al compás de un pajarillo y las tonadas del cuatro, arpa y capachos, sentado y en compañía de un buen aguardiente, se disfruta del paisaje y se espantan la tristeza y la amargura. Un lugar que hoy se planta como uno de los más representativos entre los puertos de López y Gaitán.

Allí, a unos pocos metros de la carretera, los huéspedes se ‘topan’ con cualquiera de las tres iguanas que sin ser mascotas los acompañan sin inmutarse. Estas van y vienen sin temerle al ser humano, pero tampoco sin irrespetarle.

Las tortugas y los morrocoys están a la vera del camino, donde los jirigüelos, los loros, las guacamayas, las garzas y las corocoras emprenden largas caminatas y vuelos para contribuir a embellecer la “Ruta del Amanecer Llanero”, que arranca en Villavicencio y discurre por más de 300 kilómetros, pasando por Puerto López hasta llegar a Puerto Gaitán, donde los inquietos turistas se embarcan para alcanzar las ‘bocas’ de los ríos Manacacías, Yucao y Meta.

Allí, en las bocas de estos tres caudales, la naturaleza maravilla y premia a los viajeros fluviales que luego de recorrer cientos de kilómetros y observar hermosas playas de río, se encuentran con los delfines rosados, también conocidos como toninas, en el lugar donde se juntan las aguas de los afluentes para brindar un espectáculo natural y sobrecogedor que confirma que Dios existe y también está en el Llano.

 

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