Encuentro de exparas y víctimas

Rostros y rastros del Magdalena Medio

En Medellín, Bogotá y Mariquita se realizaron audiencias para que sobrevivientes y victimarios pudieran encontrarse cara a cara.

El ex jefe paramilitar Ramón Isaza asistió, junto a su hijo Oliveiro, al encuentro de Medellín con las víctimas en el Magdalena Medio. / Unidad para las Víctimas

Han pasado varios años desde que el Bloque Magdalena Medio de los paramilitares sembró de muerte y dolor esta vasta región del país. Sus jefes ya se desmovilizaron y pagaron sus deudas con la justicia, pero aun así no se ha ido el dolor de quienes sobrevivieron a este cruel capítulo de la guerra en Colombia. Y la muestra de las heridas que dejó esta guerra, y el aparatoso proceso con las Auc, fue el encuentro entre exjefes paras y sus víctimas en Medellín, Bogotá y Mariquita.

Las audiencias se realizaron por orden de la sala de Justicia y Paz del Tribunal Superior de Bogotá, la cual determinó que los excomandantes de las Autodefensas del Magdalena Medio Ramón Isaza, John Fredy Gallo, Wálter Ochoa y Luis Eduardo Zuluaga tenían que ponerle la cara a quienes les causaron tanto dolor. Y aunque las víctimas que asistieron no encontraron el perdón, sí tuvieron la oportunidad de preguntar a sus verdugos por qué lo hicieron, por qué mataron, por qué reclutaron, por qué violaron. Y ese sólo acto, coinciden en afirmar, les dio un breve descanso interior.

Antes de los encuentros, las familias hicieron carteleras con una breve descripción de sus seres perdidos: “Javier: Trabajador. Amante del campo. Le gustaba el deporte. Tenía muchos proyectos para su familia. Era muy feliz”, se leía en una de las pancartas que las víctimas enrostraban a los exparamilitares. Las audiencias empezaron con un angustioso silencio, hasta que alguno se levantó para pedir explicaciones. La mayoría en un mismo sentido: verdad. Algo que a pesar de las audiencias de Justicia y Paz, donde vieron sus mismos rostros a través de una pantalla, y que a pesar de las miles de horas de grabación no aquietaron sus dolores.

“El encuentro me afectó porque me hizo volver a recordar cosas dolorosas, pero a la vez fue satisfactorio porque pudimos hablar con ellos tranquilamente”, explica Carmenza Roa, quien asistió a la reunión de Mariquita. Su esposo, Mario, fue asesinado por los paramilitares por negarse a pagar vacuna. “Él les dijo que no iba a mantener a vagos y por eso lo mataron”, recordó. Los asesinos dijeron que él transportaba guerrilleros heridos en su camioneta.

“No siento ni descanso ni alivio. Siento rabia”, afirmó Ángela Gutiérrez, quien tenía 15 años cuando su padre fue asesinado por las Auc. Y esa catarsis fue la que pudo tener en la audiencia de Mariquita. Ese día los exparas tuvieron que oír sus reclamos y su llanto. Le relató que cuando lo asesinaron, sus hermanos tenían ocho y uno año. “Nos tocó prácticamente regalar todo lo que teníamos. Apenas alcanzamos a enterrar a mi papá y a irnos. Para mi mamá fue muy difícil conseguir trabajo. Lo que quiero es que mi familia pueda tener lo que mi papá hubiera querido para nosotros”, refirió.

Para Isabel Cristina Martínez, quien asistió al encuentro de Medellín, el espacio no es la reparación de su dolor, pero sí le permitió aclarar dudas sobre lo sucedido y le trajo el descanso decirles en la cara todo el daño que le causaron. “Quería saber la verdad. Tenía muchas preguntas y se las hice. Les pregunté por qué mataron a mi padre, Gustavo de Jesús Martínez. Con todo y mi llanto, fui capaz de hacerlo”, narró.

“Fue una situación difícil para nosotros. Fue como devolver el tiempo a lo que nos ocurrió, pero escuchar de la boca de ellos que no van a hacer daño a otras familias, nos dio tranquilidad”, afirmó Adriana Orjuela, quien asistió al encuentro de Bogotá. Su hermano, Javier, tenía 23 años cuando fue asesinado. Era el tercero de cinco hijos y la mano derecha de su padre en la finca. Los paramilitares lo mataron junto a 11 campesinos que estaban cazando venados en la vereda Guayabal (Armero), porque creyeron que eran guerrilleros, aunque cualquier persona de la región les hubiera podido contar que no lo eran.

“Nada de lo que pasó debió haber sucedido. No éramos autoridad para quitarle la vida a nadie. Cometimos todos esos errores porque creímos que podíamos suplantar al Estado”, reconoció Wálter Ochoa, exjefe paramilitar. Aseguró que nunca más empuñará las armas y les pide a sus hijos que nunca acudan a la violencia para resolver sus problemas, porque eso sólo lleva a una persona por dos posibles caminos: la muerte o la prisión.

“Fui reclutado siendo menor de edad. En el grupo en el que estaba, el mayor tenía 16 años. Hoy en día me cuesta saber que le quité la vida a una persona sólo porque no se agachó a tiempo, o porque no supo armar bien el fusil”, explica Armando, de unos 30 años. “Para mí es una vergüenza estar aquí. Nunca debimos aceptar niños en las autodefensas. Nos faltó control. Tengo un hijo de 18 años y uno de 21. Ya no son niños, pero yo los sigo viendo como niños. No me imaginaría nunca ver a uno de ellos en el conflicto armado”, le contestó Oliverio Isaza, quien fue condenado específicamente por ese delito.

Al concluir los encuentros, algunas de las víctimas se sintieron frustradas, pero reconocieron que les ayuda a entender mejor lo que pasó. “Se levantaron en un ambiente de violencia y generaron violencia”, concluye Marta Soley Triana, cuyo esposo fue asesinado por una ráfaga que los paramilitares dispararon de manera indiscriminada contra un grupo de personas. Ella asistió con sus hijos, hoy adultos, pero quienes perdieron a su padre cuando tenían diez, ocho y tres años. “Me voy descansada porque les dije lo que tenía que decir”, puntualizó.

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