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Ella es una de las personas que padecen de Sensibilidad Química Múltiple, un síndrome que afecta a la población mundial debido a la mayor producción de elementos con sustancias químicas tóxicas que generan un efecto negativo a la salud.
Hace ocho añas, Moya perdió tolerancia a los componentes químicos de ciertas sustancias y desde entonces su vida se convirtió en un drama, ya que el contacto con las personas, cosas y en general con el mundo exterior es para ella casi un imposible.
Ella es una persona burbuja, como se denomina a quienes padecen de este síndrome. El origen de este se remonta al inicio de la industrialización, que aumentó descontroladamente la producción de sustancias químicas y que hizo que hoy haya alrededor de 90.000 productos con componentes que afectan la salud. “Antes no había plásticos ni polímeros. Si no hubiera cambiado el mundo, el 0,8% de la población no sufriría esa problemática”, dice a la BBC el médico especialista en el tema Pablo Arnold.
Aunque es una enfermedad que se presenta con distintos grados en los pacientes, los problemas respiratorios, las fuertes migrañas, irritaciones en la piel y vómito, son algunos de los síntomas que presentan la mayoría de los afectados. Todos estos son molestias que se presentan ante el mínimo contacto con productos químicos cotidianos como los perfumes, jabones, cremas, fungicidas e incluso el agua de la llave. Y lo peor es que los afectados no pueden utilizar medicamentos para contrarrestar estos malestares, pues por lo general también son alérgicos a los componentes de los fármacos.
Quienes los condenan aseguran que, aunque dicho síndrome no causa la muerte, sí es una condena de vida. No obstante, la Organización Mundial de la Salud considera que la Sensibilidad Química Múltiple no es una enfermedad, sino un trastorno catalogado entre las alergias no especificadas. Una caracterización que genera complicaciones para sus estudios y tratamiento.
Sin embargo, países como Alemania, Austria, Japón, Suiza, Dinamarca, y desde hace una semana España, decidieron reconocer oficialmente este síndrome como una enfermedad. Esta medida no sólo facilita el tratamiento clínico y jurídico de quienes la padecen, sino que, ante todo, reconoce su existencia frente a la sociedad.