El Pomar, el fabricante de lácteos que volvió a germinar

El Pomar S. A. es un fabricante de productos lácteos que seguramente padres y abuelos de la sabana de Bogotá recuerdan. Después de una profunda crisis financiera, que lo llevó a reestructuración empresarial, resurgió, crece a doble dígito y se aventura en redes sociales y comercio electrónico.

Nelson Molano, gerente de El Pomar desde 2011. /Cortesía

Varias de las empresas más grandes de lácteos en Colombia tienen cosas en común. Haber nacido a mediados del siglo pasado, crecido en la sabana de Bogotá y estar en una lucha constante para reinventarse ante los cambios en el mercado y las exigencias o necesidades de los consumidores. Es el caso del fabricante de lácteos El Pomar.

Fundada en 1953 por el alemán Friedrich Dockweiler, fue de las primeras que, junto con otras de la región, como Alquería (en Cajicá, al igual que El Pomar) y Alpina (en Sopó), empezaron a apostar por la leche procesada, pasteurizada, en tiempos en que las familias estaban acostumbradas al consumo de leche cruda. Muchos recordarán a El Pomar por su distribución en botella de vidrio.

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Luego de la muerte del fundador en 1989, a los 83 años, y debido a que no tenía descendientes, el negocio quedó en manos de su sobrina, que no conocía mucho de la industria láctea. Entonces empezaron las dificultades.

La administración, durante los primeros años del nuevo milenio, “tuvo deficiencias que comprometieron el progreso de la empresa por falta de planeación, no control en los gastos, sin métodos para fijar precios”, recogieron María Camila Bautista y Juan Manuel Millán, de la carrera de administración de negocios internacionales de la Universidad del Rosario, en su trabajo de investigación sobre la empresa publicado en 2016.

Entrar en reestructuración fue inevitable, pero también exitoso. La empresa pasó al control de inversionistas y se instaló una nueva administración, cuenta Nelson Molano, gerente de El Pomar desde 2011. Molano recuerda que en ese momento vendían cerca de $30.000 millones anuales. El crecimiento ha sido constante desde entonces, pero más notorio en los últimos tres años. El 2018 lo cerraron con $98.000 millones vendidos, un crecimiento de 22 % en comparación con 2017, cuando, a su vez, registraron un aumento del 30 % frente al período anterior.

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De hecho, en 2013 ganó el premio Ave Fénix, que entregan la Superintendencia de Sociedades y la Universidad del Rosario por su proceso de recuperación.

La estrategia detrás de eso, cuenta Molano, ha estado basada en pasar de un modelo de empresa familiar a prácticas corporativas más estructuradas, que han implicado el uso y seguimiento de indicadores e inversiones, en la planta y los equipos, por cerca de $17.000 millones.

Talento humano, modernización de la infraestructura física de más de medio siglo, nuevas tecnologías para la pasteurización, empaque y refrigeración, tratamiento de aguas residuales, entre otros, han estado entre las necesidades para sacar adelante la empresa en un sector competido con marcas fuertes, reconocidas y de portafolios amplios como Alpina, Colanta, Algarra y la misma Alquería, que también superó una dura crisis financiera en los años noventa.

Hoy El Pomar genera cerca de 280 empleos directos y acopia la leche de 250 familias ganaderas de Cundinamarca y Boyacá.

Nelson Molano señala los retos de productividad que tiene Colombia en este sector, lo que, dice, no la hace competitiva para exportar. En el primer eslabón de la cadena el país registra cerca de 5,6 litros por vaca, frente a 20 que cuenta una potencia láctea como Holanda.

Los productores primarios enfrentan sus propios retos, como los costos de producción, que gremios como Fedegán afirman que no se compadecen con el incremento en el precio base de la leche, que se fija desde una resolución expedida por el Gobierno. El ordenamiento de la producción en esta cadena, para evitar las famosas “enlechadas” (excesos en la oferta), es uno de los propósitos que se ha trazado el actual Ministerio de Agricultura y Desarrollo Rural.

Con la perspectiva empresarial, Molano afirma que, pese a los esfuerzos de la reciente ley de financiamiento, la carga tributaria en el país sigue siendo alta. Aun así, cree que Colombia es atractiva para la inversión y que, por lo menos en el sector lácteo, hay un potencial para crecer en el mercado interno. Nacionalmente, hay un consumo per cápita de 147 litros al año, mientras que la recomendación de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) es de 170.

El gerente de El Pomar se muestra, además, confiado en que el sector lácteo quede excluido en el tratado de libre comercio que se negocia con los países aspirantes a asociados de la Alianza del Pacífico. No hacerlo implicaría enfrentarse a la competencia de Australia y Nueva Zelanda. Según cifras que tiene Asoleche, el gremio de procesadores al que pertenece El Pomar, entre 2016 y 2017, Nueva Zelanda procesó 20.700 millones de litros de leche, es decir, 6,5 veces el acopio formal de leche cruda en Colombia y llegó al mayor nivel de productividad que ha registrado.

De cara al consumidor, entre los desafíos que tienen las empresas, incluidas las de esta industria, está satisfacer las exigencias de aquellos que se preocupan por el origen de lo que compran: si el precio al productor es justo, si los procesos son ambientalmente sostenibles, si el alimento es saludable, si es asequible.

Según Molano, El Pomar vende 10 % más económico en comparación con el estándar de la categoría. Se distribuye en tiendas y supermercados de barrio, almacenes de cadena y más recientemente en los conocidos como “hard-discount” –como D1– y canales digitales como Merqueo, apuntando precisamente a los nuevos tipos de consumidores. La presencia en redes sociales, afirma, también ha sido parte de la estrategia.

El gerente de esta empresa es consciente de que hay personas que se cuestionan sobre el consumo de leche, por lo que asegura que están evaluando la posible incursión en nuevos tipos de productos, aunque no entra en más detalles.

El Pomar cuenta con una ventaja: la recordación que aún tiene la marca en padres y abuelos, por lo menos, en Bogotá. Ellos mismos lo han estudiado a través de investigaciones. De esta manera, otros de sus desafíos, sin duda, seguirá siendo cómo fusionar ese poder de la tradición con la necesidad de estar innovando constantemente en un sector que depende de la tecnología que implementa, de otros eslabones de la cadena, de consumidores cambiantes y mercados internacionales competitivos, por mencionar solo algunos.

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Redacción Economía.

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