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Los surcos del acetato

William Martínez le ha dedicado 33 años a los acetatos. Además de venderlos, los colecciona. Se apasiona hablando del sonido, la magia y el regreso de la fascinación de la gente por los discos.

W records, almacen de vinilos de William Martínez, está ubicado en el centro de Bogotá. Cristian Garavito.

Estaba metido en un cubo lleno de carátulas. Tenía alrededor a cuatro personas que le preguntaban precios, cogían los discos, lo afanaban para pagarle, intentaban tocar la tornamesa de su estante o se quedaban mirándolo mientras hablaba. No era difícil perderse en su método. A cada cliente lo miraba a los ojos y lo convencía de que esa iba a ser la mejor compra de su vida. William Martínez, dueño de W Records, una tienda de acetatos en el centro de Bogotá, intercambia tesoros por dinero, así que tampoco considera que cobre mucho por cada vinilo. 

“¿Y usted va a grabar lo que le voy a decir con un celular? Porque lo que yo voy a decirle no es para que quede por ahí”, me dijo. Yo le respondí que quería hablar con él para un texto que saldría en un periódico, que solo necesitaba una grabadora. “Pero traiga cámaras profesionales, señorita”, insistió.

Accedió cuando le dije que sí, que al otro día llevaría las cámaras pero que por los permisos y papeleos no habían logrado llegar. “Bueno, porque lo que yo le voy a contar no se lo ha dicho nadie”, concluyó. 

Martínez tiene 48 años, de los que ha usado 33 vendiendo acetatos, como prefiere llamarles a los vinilos. Cuando comenzaron a reemplazarse por los CD, tuvo que comenzar a archivar los discos que comenzaron a despreciar en cajas. No los botó, no pudo. La gente los regalaba o los vendía a precio de huevo. Martínez fue incapaz de restarle el valor a esos objetos que lo sostuvieron por tantos años. Esas joyas, que antes se mimaban con recelo comenzaron a ser relegadas. La gente se desprendió fácil de la idea de poner la aguja suavemente en el inicio del disco. 

La pasión por los vinilos va mucho más allá del gusto por la música. Tiene que ver con la fascinación por la pieza, con el valor de tener el objeto en físico, que, a demás de contener sonidos, carga con magia del diseño, de la estética. Gracias a la especial atención que se les dio a las portadas de los vinilos, los diseñadores o directores de arte comenzaron a reclamar un estatus que antes no tenían. Muchas veces, y, seguramente todavía, los amantes de estas piezas compraron el acetato por su carátula. La música muchas veces no influyó en el motivo de la compra. Lo pagaban, lo llevaban a su casa y lo ubicaban en un lugar visible. Eran cuadros. Estos casos se repitieron con álbumes como Sticky fingers, de The Rolling, o The dark side of the moon, de Pink Floyd. 

Ni a Martínez ni a los coleccionistas de vinilos les preocupan las descargas de la música por internet, ni mucho menos desconfían de que las nuevas generaciones sean las causantes de que este hábito se pierda, al contrario. El mayor porcentaje de compradores que tienen las tiendas de vinilos en Bogotá no ha cumplido los 35 años. “Yo a veces veo a los chinos con sus vinilos y siento que lo que tienen en la mano son platillos voladores. Se ve como si ese disco fuera muy ajeno o muy antiguo para ellos, pero les encanta. Se emocionan. Yo los entiendo porque así fue que comencé yo”, dice Martínez, que me sigue regañando por no llevar todo preparado para fotografiarlo. 

Entre más tiempo pase desde el momento en el que se lanzó el disco hasta el día de su compra, mayor será su valor. Hay reliquias que cuesta vender, como el disco de The Spekears que no pudo conservar debido a que se la pasa debatiéndose entre la pasión de vender o la de coleccionar. 

¿Y usted se imaginó que iba a poder volver a vivir de los vinilos? 

Acetatos, señorita. No, a mí nunca se me cruzó por la mente que se iba a volver a vender el LP. Algo presentí porque no los boté. Yo tengo en mi casa cajas llenas de discos de esa época. Cada rato tengo que destapar para traer discos que ya no existen, que no volvieron a hacer.

¿Y cómo o por qué cree que volvió la fascinación por ellos? 

Nunca desaparecieron ni los dejaron de hacer. Afortunadamente, en Estados Unidos siempre se mantuvieron gracias a los DJ de música electrónica que nunca dejaron morir el vinilo. Eso sí nunca se lo han contado a usted. Ese cuento de que los dejaron de hacer es falso. 

¿Qué opina de lo que se dice del sonido que sale del acetato? ¿Sí es mejor?

Claro. La gente comprendió que el verdadero sonido está en el acetato. Pa’ no gastar aguja, a veces pongo el CD, pero, señorita, ponga un CD que le guste a ver si siente lo mismo. Le aseguro que no. Es como si usted se hubiera tomado una copa de vino para sentir ese CD más rico. Con el LP no necesita eso.  

A Martínez alguien le hizo una entrevista hace mucho tiempo, no recuerda cuánto. “Llegó una señorita, así como usted, a pedirme permiso para grabar”. Él les dijo que sí. Le pregunté que cómo se llamaba el programa, pero tampoco recordó. Mientras la cámara se paseaba por el almacén, él preguntó si lo iban a grabar, pero le dijeron que no porque generalmente en la producción no salían personas, solo imágenes y una voz en off. “Y yo con esas ganas de hablar, señorita”, me confesó. Después de mucho insistir, la persona que estaba al frente de la nota le dijo: “Pues si quiere hable, pero no le garantizo que vaya a salir”. Él aceptó, pero quedó sin muchas expectativas porque le anticiparon que no él no iba, que ese no era el estilo del programa. “¿Sabe qué pasó después, Señorita?”, me dijo, y le dije que no, que me contara. “Pues me sacaron en los cinco minutos del capítulo porque lo que dije fue toda una sorpresa. Oiga bien, les respondí que la diferencia entre el CD y el acetato era la siguiente”, y con unos ojos bien abiertos y el tono de la voz más elevado me dijo: “Pues que en los CD’s no hay alma, el los CDs hay tecnología”.