¿Niñas hedonistas o niñas condenadas?

DURANTE LA ADMINISTRACIÓN de Sergio Fajardo, la Alcaldía de Medellín ideó el programa "Sol y Luna", con el propósito de promover prácticas responsables en la sexualidad.

Iniciativa por demás necesaria, pues las altas tasas de embarazos adolescentes se han venido constituyendo, en la ciudad y en el país, como una gran trampa de pobreza y discriminación. Sin mencionar, por supuesto, el incremento en los riesgos en la salud de las menores tanto por las enfermedades a las que se exponen como por los riesgos del embarazo mismo. El proceso de gestación en niñas es, por obvias razones, más complicado. De aquí, entonces, la bondad innegable del programa “Sol y Luna”, que comenzó en noviembre de 2006 con una inversión de 3.558 millones de pesos, cofinanciado por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y la Agencia de Cooperación Española. No obstante, la Iglesia Católica, a través de la Arquidiócesis de Medellín, ha venido censurando el proyecto.

Poco importó que el número de embarazos adolescentes en la ciudad, que giraban alrededor de los 8.300 por año, se hubieran reducido a 7.800; tampoco importó que para 2008 el programa ya hubiera logrado implementar 30 Consultorios Amigables para jóvenes y, mucho menos, que se hubiera llegado a cientos de adolescentes para darles cátedras sobre educación sexual y reproductiva. A la Iglesia simplemente le pareció una estrategia errada. El arzobispo de Medellín, monseñor Ricardo Tobón, criticó duramente el proyecto durante la reciente presentación del libro Antropología en pañales, en la que se refuta el texto ¿Quién pidió pañales?, elaborado por la Alcaldía. El padre Emilio Betancur, después de descalificar este último texto, añadió, a su vez: “Tenemos que evitar que la formación de la juventud y la orientación de las familias se sometan al criterio del gobernante o de su familiar de turno”.

Es cierto que la Iglesia tiene una forma especial de ver la sexualidad y tiene derecho a fomentar sus valores; sin embargo, no deja de preocupar que se pronuncie de esa forma contra políticas estatales de salud pública. Y no sólo porque esté transgrediendo los límites de su poder y desautorizando incluso a los mismos padres sobre la forma de educar a sus hijos, sino porque insiste en condenar a las mujeres a una vida ardua y difícil. No por “deseos pecaminosos” una de cada cuatro adolescentes en el país ha resultado embarazada. El problema es mucho más complejo y requiere de serias políticas públicas. Las relaciones sexuales no tienen por qué ser una condena a la pobreza, a la discriminación o, en el peor de los casos, a la enfermedad.

En Colombia, según un informe de la ONU, más del 50% de los hijos que tienen las adolescentes no son deseados. Esto significa que el embarazo se presenta sin buscarlo y, por ello, no está dentro de los planes de vida de la menor. Tal evento le cierra los planes de estudio y trabajo y la somete a una dura discriminación por parte de amigos y familiares. El resto de embarazos en adolescentes, esto es, cerca del 42% de ellos, sí son deseados, pero lo son por motivos equivocados. Según informes de Profamilia, porque consideran que su única función en la vida es ser madres o creen que quedar embarazadas es la única forma de salir de su casa. Este último caso es usual en las familias que evidencian una fuerte violencia intrafamiliar. ¿Hedonismo? No parece. Y si lo fuera, ¿qué importaría? Lo fundamental no es reprobar los deseos, sino conducirlos de forma sana y segura. Ojalá la Iglesia decidiera algún día ayudar en este propósito.

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