Por: Fernando Araújo Vélez
El caminante

Si es cuestión de honestidad, solo yo podría escribir mi historia

Si algo he aprendido por escribir es a tratar de comprender en vez de juzgar. A buscar en los ladrones las razones de fondo que los llevaron a robar, y en el asesino, ese primer resquemor que luego se transformó en odio y, más tarde, en muerte. Aprendí que las grandes decisiones de los grandes personajes surgieron de pequeños detalles, y que las venganzas fueron en principio un juego de niños perdido por trampa. Que muchas veces, el primer amor, aquel primer amor de infancia, es el amor que buscan algunos el resto de sus vidas, y que detrás de los amores cobardes, como los llamaba Silvio Rodríguez, suele haber una necesidad de seguridad en aquellos que jamás se sintieron seguros, pues nadie los hizo sentir seguros, y que nunca lograron comprender que en realidad la seguridad, por el otro o por lo otro, pero mata.

Que en el fondo, los grandes culpables no pudieron vivir con las reglas que les impusieron los hombres, por soberbia o por locura, que es casi lo mismo, y que los santos de todas las religiones fueron primero, y antes que nada, pecadores. Aprendí, o sigo aprendiendo todos los días, que el estar haciendo es preferible al terminar, porque es en el camino y en la incertidumbre del camino donde más vivo me siento, y que las metas, las mediciones y la producción son las mentiras más eficaces para seguir explotándonos. Aprendí y sigo aprendiendo que una cosa es la verdad, la justificación, el discurso, que tiene sabor a cinismo, y otra la verdadera verdad, esa que en realidad y en secreto nos mueve y que es la que nos lleva a tomar todas las decisiones que tomamos.

Aprendí, sigo aprendiendo, que todos somos el resultado de dos o tres detalles mínimos que nos deslumbraron cuando éramos niños, aunque no hayamos sido capaces de descubrirlos, y que con mayor o menor voluntad, no hacemos más que tratar de volver a esos detalles el resto de nuestras vidas para volver a deslumbrarnos, para salvarnos. Por eso el arte salva. Aprendí que el asesino sabe más de muerte y de culpa que el poeta, y que el dolor no se puede enseñar en un aula de clases. Aprendí a buscar mis palabras y mis ritmos, sobre todo, porque aprendí que solo yo podría escribir mi historia, con mi pasado, mis ilusiones y decepciones, mis pulsiones y mis mentiras, y que parte de esa historia está en todos los textos que he escrito y escriba, y que los más honestos son aquellas que están en primera persona, más allá de que algún crítico haya dicho y siga diciendo que la primera persona es ególatra. 

Aprendí, en fin, que lo que escribiera sería y será, siempre, el resultado de lo que soy en esencia, sin calificativos, sin mejor ni peor, porque cuando escribo no puedo ser ni dar lo que no soy.

 

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