Por: Fernando Araújo Vélez
El Caminante

Sin llegar a un final

Vi líneas, millones de líneas por todos los caminos que recorrí. Líneas invisibles pero repletas de significado que separaban el vivir del ser vivido, el actuar del reaccionar. Algunas veces las atravesé para actuar y para vivir, y actué y viví a mi manera, como decía la vieja canción. Sin embargo, por más que las cruzara y creyera que eran parte de lo pasado, las malditas líneas volvían a aparecer, volvieron a aparecer, cada vez más fuertes, infranqueables, hasta que por cobardía o por cansancio o escepticismo, un día me dejé estar y me quedé en el lado de acá, el lado de los autómatas, que era como decir de lo fácil y lo cómodo, y ahí canté lo que todos cantaban, lo que estaba de moda, y dije lo que todos decían y lo que todos querían oír, y pensé como pensaban todos y tuve “éxito”.

Ahí tuve paz, la paz de los demás, y fui feliz con la felicidad que me vendían, y un triunfador a la manera de los triunfadores de este lado de la línea. Entonces despotriqué contra los que estaban del otro lado. Los llamé ilusos, idealistas, aburridos, e incluso rompí algunas fotos de los tiempos en los que fui capaz de estar con ellos. Hasta me burlé de mis ropas de penúltima moda y de mis libros, y tarareé con sarcasmo algunas de las canciones que solía cantar. Fui absolutamente puntual, absolutamente prolijo, y aprendí, de los tantos manuales que conseguí, a saludar como se debía saludar y a caminar como lo dictaban las normas, siempre del lado de acá de la línea, e ignorándola con vinos muy añejos y gafas oscuras tipo Ray Ban o Cartier.

Viví por muchos años en lo seguro, en lo predecible, lo matemático y lo medible, convencido de que la vida era una perfecta sucesión de sumas y restas cuyo resultado era siempre exacto, pero cuando uno ha estado del otro lado de la línea así haya sido una sola vez, ya no puede seguir haciéndose el idiota el resto de la vida, y una noche todos aquellos castillos de “perfección” comenzaron a desmoronarse por un carro que pasó a mi lado del que salía una canción de Serrat, “pero los muertos están en cautiverio, y no nos dejan salir del cementerio”. Apenas se alejaron el carro y la canción, me vi muerto, tan muerto como había estado tantos y tantos años.

Me sentí muerto, y desde aquella muerte en la que ya no tenía nada que perder y nada que ganar, volví a ver las líneas de antes. Las crucé, aunque supiera que si las atravesaba iban a volver a aparecer, una tras otra. La vida, vivir, comprendí entonces, era atravesar líneas y líneas y volver a atravesarlas, una y mil veces, sin llegar jamás a un final.

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2020-01-11T18:30:00-05:00

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