En 1820 el estado colombiano puso en marcha un plan para acabar con el segundo lago más grande de Latinoamérica. Dos siglos después, aunque hay enormes esfuerzos para frenar el desastre, tal vez sea demasiado tarde.

En 1822, Simón Bolívar le hizo un regalo a José Ignacio París. El regalo, que se emitió desde la Secretaría del Interior de la recién creada Gran Colombia, eran las 13.000 hectáreas que en ese entonces hacían parte de la Laguna de Fúquene. El regalo, eso sí, tenía una única condición: París debía secar hasta la última gota de la Laguna de Fúquene y convertirla en un pastizal ganadero.

La empresa no era sencilla: en ese entonces, la Laguna de Fúquene cubría prácticamente todo el Valle de Ubaté. Estimaciones de inicios del siglo XIX señalan que la laguna tenía unas 19,000 hectáreas (ha), incluyendo un área inundable de 15,800 ha y un cuerpo de agua de 3,200 ha. Era un imponente lago andino, solo superado por el lago Titicaca, en Perú.

Sus aguas, que llegaban hasta Ubaté y rozaba las afueras de Chiquinquirá, eran el hogar de 307 especies de plantas y animales. En ella, 37 especies de pájaros migratorios paraban para recuperar fuerzas en sus largas travesías para huir de los inviernos en los hemisferios Norte y Sur. Durante todo el año, siete especies de aves endémicas nadaban y anidaban en sus juncales.



José Ignacio París

Santa Fe de Bogotá [1780-1848]

Amigo íntimo de Simón Bolívar, este prócer independentista fue además un ávido comerciante. Heredó las minas de esmeraldas de Muzo, que había sido de propiedad de su bisabuelo, Salvador Ricaurte León. Antes de intentar desecar la laguna de Fúquene, ya había emprendido una empresa similar en la laguna de Guatavita.

Cuando París recibió la Laguna, los robles que la rodeaban empezaron a caer. De acuerdo con la investigadora Lorena Franco Vidal, con dos árboles grandes de roble se cargaban diez bultos de carbón vegetal, que se usaba para cocinar. La iglesia de San Miguel de Sema, las canoas de los pecadores y los puentes para que cruzaran las peregrinaciones hacia el Santuario de Chiquinquirá, también fueron acabando con los robles nativos.

Mientras París trataba de drenar los suelos cenagosos de la laguna, en las laderas peladas campesinos y finqueros siguieron talando el bosque nativo. Encinas, ayuelo, cuharo, ciros, gaques, robles y laureles cayeron para darle paso cultivos a de maíz, papa, habas, rubas, ibias, calabaza, col, fríjol, entre otros. El suelo comenzó a erosionarse, y a caer, con cada lluvia, dentro de la Laguna.

Cuando murió, París había fracasado rotundamente en su empresa. Pero el gobierno colombiano no se dio por vencido. El 27 de junio de 1844, el Congreso expidió un decreto en el que le regaló a militares heridos en combate y que llevaran más de 20 años en el Ejército, tierras baldías por todo el país. Entre esas, las que rodeaban la Laguna de Fúquene.

Los militares siguieron talando, sembrando, metiendo vacas. Para 1850, prácticamente todos los robles nativos habían caído. El paisaje se llenó de árboles exóticos.

Estas especies no solo se utilizaban por su apariencia “europea” para separar las fincas que ya iban robando terreno a la Laguna, sino porque sus raíces secan los suelos. Así, las Lagunas de Cucunubá y Palacio -antes interconectadas con Fúquene- quedaron aisladas del sistema lagunar. Ambos cuerpos de agua ya desaparecieron.

En 1873, tras la muerte del último de los descendientes de París, José María Saravia Ferro se convirtió en el dueño de las aguas. Fue él quien se tomó en serio la orden que se había impartido desde tiempos de Bolívar : desecar la Laguna.

Dos años después de convertirse en su dueño, en 1875, creó la Compañía de Fúquene, cuya función era “el desagüe de la Laguna”. Con la Compañía,  Saravia Ferro logró secar 643 hectáreas. Al mismo tiempo se diseñó la primera gran obra para dejar sin agua a la laguna de forma definitiva: un enorme túnel que iba hasta San Miguel de Sema para drenarla.

Pero las obras del túnel no avanzaron. La laguna lo inundaba antes de terminarse. Ante la inminencia de este nuevo fracaso, el gobierno, obstinado, recuperó la propiedad sobre Fúquene en 1880. Declaró su desecación un proyecto de interés nacional. En 1887, hizo los primeros “estudios científicos” y de ingeniería para justificar su desecación. En 1905 el presidente Rafael Reyes expidió un decreto que regresó las aguas de la Laguna oficialmente a manos del Estado.

El plan era sencillo: convertir al ecosistema en un enorme pastizal. Por esos años, las brigadas sanitarias calificaron a la laguna como un “pantano infecto”.

Al desapacible aspecto de las ciénagas sucedería el risueño y saludable de las tierras secas y feraces”.

Escribió el ingeniero civil Manuel Peña a finales del siglo XIX. Él fue el encargado de planear las obras desecación de esos años, respaldadas por el Gobierno.

Para lograrlo, en el gobierno de Laureano Gómez se introdujo el pasto kikuyo, una planta exótica traída desde Kenia. Cuentan que las semillas fueron lanzadas desde avionetas. Esta planta, como reseñó el biólogo Tomás Estévez en 2002, partiría en dos la historia de los suelos sabaneros.

En África, apenas sobrevive en competencia con otras hierbas agresivas. Aquí se encontró a sus anchas, sin competidores y con los mejores suelos del mundo. Formó colchones tan densos que impidieron la regeneración natural, exterminó hierbas originales, rompió tuberías de gres, agrietó muros”.

Tomás Estévez en “Thomas Van Der Hammen, una vida en defensa de la Naturaleza” (2002)

También ese año empezó la construcción del Ferrocarril a Chiquinquirá. Al menos 100,000 árboles se derribaron para construir los durmientes del tren que fue terminado en 1925. Con esta nueva línea, la producción de carbón a partir de especies nativas aumentó, así como la cacería de aves, la extracción de sal (para vender en Bogotá y el resto del país) y aumentó aún más la desecación de áreas del humedal.

Quienes viajaron en el tren, cuentan que el agua llegaba hasta sus rieles. Uriel Parra fue el fundador del primer movimiento por la recuperación de la Laguna de Fúquene. Así recuerda sus primeros viajes por la Laguna a través de las vías del Ferrocarril:

Uriel Parra

Periodista y fundador del primer colectivo ciudadano por la defensa de la laguna

Recuerda cómo se relacionaba la gente con el cuerpo lagunar cuando él era niño, en los años 50.

La muerte definitiva

Para los sesentas, las fincas ganaderas se habían tragado buena parte de sus orillas cenagosas, rellenándolas de tierra y pastos para vacas. Un distrito de riego encauzaba su agua, y la de sus afluentes. Fernando Ruiz, biólogo y experto en temas ganaderos, explica que la agricultura en Colombia se ha basado en “la importación de modelos de producción útiles en ecosistemas europeos”. Mientras que en Europa tiene sentido la producción de monocultivo en grandes extensiones de tierra, en el segundo país más biodiverso de la Tierra, ese modelo implica destruir los ecosistemas nativos.

Los humedales son los cuerpos que más han sufrido esas “adecuaciones”. Y es que convertirlos en potreros implica acabar con una de sus funciones más importantes, dice Ruiz: la de regular el flujo del agua. “Como una esponja, la tierra porosa de los humedales absorbe el agua en épocas de invierno, evitando inundaciones. Y, en épocas secas, libera toda esa agua absorbida en temporadas lluviosas de manera gradual, garantizando un suministro de agua constante”, explica. Por eso, desde entonces y hasta hoy, las inundaciones en esta laguna destrozada han sido un dolor de cabeza para agricultores de la región.

Nada de esto importó en ese entonces. Cuando en 1961 se creó la Corporación Autónoma Regional de la Sabana de Bogotá y de los Valles de Ubaté y Chiquinquirá (CAR Cundinamarca), continuó con las mismas políticas desecación que en años anteriores, según documentos de la misma entidad, así como el testimonio de Uriel Parra. “A uno le llegaba la factura de los servicios públicos con el impuesto de desecación”, dijo. Ese impuesto se usaba para mantener funcionando el distrito de riego que evitaba las inundaciones causadas por la ocupación de los terrenos lagunares.

A esta situación se añadió la construcción de compuertas sobre el río Ubaté y el río Suárez, para regular la entrada y salida del agua hacia las fincas. “La Laguna dejó de ser un cuerpo con un movimiento de agua natural. El caudal se empezó a definir según las necesidades de regulación del distrito de riego”, explica Mauricio Valderrama.

Por esos años, la “revolución verde” terminó de asfixiar a Fúquene, con el uso masivo de pesticidas para fumigar cultivos, y el uso de tractores y maquinaria para adecuar potreros. El pasto kikuyo creció aún más fuerte alimentado por fertilizantes, las vacas -y los humanos- eran cada vez más, y sus excrementos iban a parar a la laguna sin tratamiento alguno.

Este exceso de nutrientes “fertilizaron” las aguas de Fúquene: las plantas acuáticas, como el buchón y la elodea, empezaron a crecer sin control. Ansiosas por seguir expandiéndose, estas plantas se quedan todo el oxígeno disponible en el agua y, además, impiden la entrada de luz. Bajo ellas se crean parches de agua podrida, sin oxígeno. Si un pez entra en uno de estos parches, muere.

“La situación de la Laguna es tan grave, que las mortandades de peces son recurrentes, por lo menos dos veces al año hay muerte masiva de peces, de carpa y de guapucha especialmente”, explica Mauricio Valderrama, director de la Fundación Humedales, quien trabaja en ese territorio desde hace tres décadas.

El problema se ha agravado en los últimos 15 años, como se observa en el siguiente gráfico, elaborado por la Fundación Humedales con datos de monitoreos realizados junto a los pescadores de la zona. En tan solo cinco años (de 2005 a 2010), las capturas pasaron de 18 toneladas de pescado al año, a seis. Cifras del 2011, calculan que desde el año 2000, la pesca se redujo en un 80%.



En 1984, añade Valderrama, se planeó la construcción del canal perimetral, para que fuera un hito físico para evitar la desecación por parte de los propietarios de predios aledaños.

“ Pero ese canal fue un error gravísimo, pues recoge las aguas del río Ubaté y las lleva directamente hasta el Suárez. Cambió completamente el régimen hidráulico de la Laguna y eso contribuyó a su desecación. El agua ya no se distribuye como lo hacía naturalmente”, explica Mauricio Valderrama.

Además, dice en el libro “Memorias del comité de expertos para la recuperación de la Laguna de Fúquene”, publicado por la misma CAR en 2003, el canal aisló el cuerpo de agua central del resto del ecosistema, por lo cual, los niveles de agua que hoy circulan en toda la cuenca depende, exclusivamente, de las compuertas y canales.

Entre los ochenta y noventa, la apropiación ilegal de tierras en la Laguna de Fúquene siguió creciendo, así como la ganadería. Fue por esos años cuando las plantas flotantes se multiplicaron y la laguna se secó a un ritmo acelerado. Uriel Parra cuenta la forma cómo la gente se adueñaba ilegalmente de los terrenos de la Laguna:

Uriel Parra

Periodista y fundador del primer colectivo ciudadano por la defensa de la laguna

Relata la forma cómo los habitantes de los municipios aledaños a la laguna se apropiaron de forma ilegal de los terrenos inundables de Fúquene. Muchas de esas tierras luego fueron legalizadas por el mismo Estado. 

En el siguiente gráfico es posible ver cómo, a partir de los setenta, el cuerpo de agua de la laguna disminuye a un ritmo más acelerado que en décadas anteriores.

0 1892 1905 1917 1930 1943 1955 1968 1980 1993 2005 Espejo de agua libre Vegetación flotante y enraizada Vegetación palustre Sistemas agropecuarios 0 10 20 30 40 50 60 70 80 90 100 2.000 4.000 6.000 8.000 10.000 12.000 14.000 16.000 18.000 1890 (Franco, 2007) 1940 (Garzón, 2005) 1955 (Garzón, 2005) 1963 (Garzón, 2005) ÁREA (Ha) PORCENTAJE AÑO 1978 (Garzón, 2005) 1987 (FH, 2011) 1993 (Garzón, 2005) 1999 (JICA, 2000) 2003 (FH, 2005) 2005 (FH, 2011) 2009 (FH, 2011) Entre 1892 y 2009 Estructura de hábitats de la laguna 0 1892 1905 1917 1930 1943 1955 1968 1980 1993 2005 0 10 20 30 40 50 60 70 80 90 100 2.000 4.000 6.000 8.000 10.000 12.000 14.000 16.000 18.000 ÁREA (Ha) PORCENTAJE AÑO Espejo de agua libre Vegetación flotante y enraizada Vegetación palustre Sistemas agropecuarios Entre 1892 y 2009 Estructura de hábitats de la laguna 1892 1930 1968 2005 0 20 40 60 80 100 2.000 6.000 10.000 14.000 18.000 ÁREA (Ha) PORCENTAJE AÑO Espejo de agua libre Vegetación flotante y enraizada Vegetación palustre Sistemas agropecuarios Entre 1892 y 2009 Estructura de hábitats de la laguna

Un lento renacer

Marzo, 1999. Un grupo de siete japoneses se sienta en el centro de una mesa en la alcaldía de Chiquinquirá. Los japoneses, pertenecientes a la Agencia de Cooperación de Japón (JICA) están a punto de emprender una investigación sin precedentes:el primer gran diagnóstico sobre el estado de la Laguna de Fúquene.

Durante un año recorrieron la Laguna, recogieron información en el lago, midieron sus caudales, sus aguas y levantaron datos sobre fincas, cabezas de ganado, pescadores, deforestación y sedimentos. Con esos datos en la mano, debían diseñar un plan para salvar la laguna.

Su diagnóstico fue escalofriante. 

El informe concluyó que para salvar la laguna, el estado debía invertir 28 millones de dólares. Sin embargo, un año más tarde, los hallazgos parecían quedarse en el papel.

Tito y Henry Ávila, dos hermanos de Chiquinquirá veían con impotencia cómo la laguna seguía secándose y cómo su municipio sufría cada vez más por la falta de agua potable. Por eso, en 2001 interpusieron la primera acción legal para salvar la laguna.

La acción popular, que se interpuso por el derecho a un medio ambiente sano, fue fallada a favor de los hermanos por el Consejo de Estado en 2006. El fallo condenó a los departamentos de Cundinamarca y Boyacá, así como a los municipios de Simijaca, San Miguel de Sema y Chiquinquirá. Ordenó la construcción inmediata de plantas de tratamiento de aguas residuales.

Hoy, doce años después de la sentencia, la orden sigue sin cumplirse.


Meses más tarde se creó el primer documento que diseñó una política pública para Fúquene: el CONPES 3154. Allí se recogieron las investigaciones previas y se planteó un nuevo plan de acción, esta vez con un valor de 331.046 millones de pesos.

Todo parecía estar dispuesto para cambiar el rumbo de la historia de la Laguna. Pero, nadie sabe muy bien por qué, nada pasó. Lentamente, la laguna siguió degradándose, a pesar de la orden judicial.

La Fundación Humedales encontró que entre 2003 y 2008 la vegetación acuática cubrió 64 nuevas hectáreas cada año. A ese ritmo, señaló la entidad en 2016, para 2025 no habría ni un centímetro de espejo de agua sin vegetación en la Laguna. Un espejo de agua completamente ahogado por estas plantas condenaría a la muerte definitiva a todas las especies que aún dependen del cuerpo de agua.

Para 2011, la profundidad máxima era de 2,5 metros. Así, como la Laguna ha perdido el 50% de su capacidad de almacenar agua. Para ese año, de acuerdo con monitoreos de la fundación Humedales, el panorama era peor del que vaiticinó el informe del JICA en 2001: en solo diez años, el 90% de los pescadores censados a principios de siglo habían abandonado la pesca.

Tuvo que pasar más de una década para que, una vez más, se pusiera en acción un plan para salvarla.

¿Y ahora qué?

“Este es un momento extremadamente clave e ideal, pues la autoridad ambiental, después de muchas peleas, tomó la decisión de proteger a la Laguna”, dice Mauricio Valderrama, director de la Fundación Humedales. Valderrama explica que desde la fundación llevan cerca de una década abogando por declarar a Fúquene bajo alguna figura de protección.

En 2015, la CAR decidió tomar cartas en el asunto. Ese año empezó a planear la declaración de un Distrito Regional de Manejo Integrado (DRMI) en la  Laguna de Fúquene, para generar su recuperación. En palabras sencillas, un DRMI es una figura que permite dividir un ecosistema -como una torta- para distintos usos que sean armónicos con su conservación ambiental.

Lo primero que hizo fue delimitar la Laguna y los 400 predios que hoy limitan con ella. De esta manera,  junto a la Agencia Nacional de Tierras, ha logrado recuperar 60 hectáreas adicionales a las 600 que ya en 2003, el Incoder había recuperado de quienes habían extendido (de forma ilegal) sus fincas ganaderas rellenando los terrenos pantanosos de la laguna de Fúquene.

En 2017, la CAR, la Gobernación de Cundinamarca y la Gobernación de Boyacá firmaron un acuerdo llamado ‘Pacto por la recuperación de la laguna de Fúquene’, en el que se comprometieron a conseguir $405.000 millones para invertirlos en seis líneas de acción.

Hasta el momento, hay la mitad de ese dinero:

Para llevar a cabo esta tarea, la CAR adquirió una draga híbrida que permitirá remover entre un millón y un millón doscientos metros cúbicos de sedimentos al año. De acuerdo con Adriano Chaparro, funcionario encargado del proyecto de la CAR, el ingreso de sedimentos cada año es de 500.000  metros cúbicos anuales. “Hemos empezado un proceso en el cual, hoy en día, podemos decir que ya estamos deteniendo el deterioro”, explica.

Sin embargo, para algunas personas consultadas, el enfoque de la CAR es insuficiente. “Lo que está haciendo la CAR es como cortarse el pelo: vuelve a crecer. Mientras no se ataque la fuente del problema –la sedimentación y contaminación por exceso de nutrientes– , es muy difícil recuperar de manera definitiva la laguna”, le dijo a este diario Conchita Guerra, una fotógrafa y ambientalista que lleva 20 años trabajando en la región. Preocupaciones similares expresaron los miembros del colectivo Salvemos la Laguna de Fúquene.

Más allá del ejercicio ambiental de nosotros solos, ahí se necesita una política de tecnologías limpias que se incorpore a la zona, y eso es del resorte del Ministerio de Agricultura, de las Secretaría departamentales de agricultura, de los municipios, del ICA… aquí confluyen una cantidad de autoridades adicionales a la CAR”.

Adriano Chaparro, si bien está parcialmente de acuerdo con esas afirmaciones, dice que cambiar las prácticas ganaderas de la región sobrepasa las funciones de la CAR.

En las conversaciones con cerca de 18 personas, desde ambientalistas, pasando por agricultores, pescadores, ganaderos, biólogos, ingenieros, funcionarios públicos y hasta periodistas, siempre se mencionó la ausencia del gobierno central. Todos manifestaron que las entidades del nivel central jamás se han interesado por la laguna, más allá de las palabras y las promesas. Uriel Parra recuerda que su colectivo estuvo en el Congreso de la República y en la Casa de Nariño a finales de los noventa, después de que los informes de los japoneses demostraran la gravedad de la situación. “Nos prometieron de todo. Pero nunca pasó nada”, recuerda.

Además, las asociaciones ganaderas no se han interesado por los procesos de recuperación de la Laguna. Múltiples fuentes confirmaron que jamás aparecieron en los procesos de delimitación del Distrito de Manejo Integrado, a pesar de que muchas de las obras los benefician directamente, como el mantenimiento de los 150 canales del distrito de riego. Aunque intentamos contactarlos durante tres meses, no fue posible hablar con ninguno de sus representantes.

Otra preocupación es la del poco énfasis que se le ha dado a la reforestación de la cuenca. En 2011, la Fundación Humedales realizó una investigación que demostró que a menos de que se reforeste -como mínimo- el 36% del bosque de la cuenca de la Laguna, el cambio climático afectará de manera grave el suministro de agua de todos los municipios que dependen del río Suárez. Hasta ahora, la CAR ha reforestado 5 hectáreas.

No hay grises respecto a la laguna. Para los más pesimistas, como el colectivo Laguna de Fúquene o Conchita Guerra, este es el principio del fin de la Laguna.

La CAR ve a la laguna como un bien de tipo económico y un bien de uso, no lo ven como un ecosistema y ese es el problema que tienen todas las obras y adecuaciones que han venido haciendo en los últimos años”.

Conchita Guerra, fotógrafa y ambientalista. Trabaja en la Laguna de Fúquene desde hace 25 años.

Para los más optimistas, como los mismos funcionarios de la CAR y Mauricio Valderrama, de la Fundación Humedales, lo que está pasando podría partir en dos la historia de la Laguna de Fúquene. Para ellos, este podría ser el principio de un camino para desandar 200 años de crímenes ambientales.

Créditos:

Texto e investigación: María Paula Rubiano.
Diseño: El Espectador.
Fotografías: Cristian Garavito – Gustavo Torrijos
Fuentes para gráficos: 

  • Estudio sobre el Plan de Mejoramiento Ambiental Regional para la cuenca de la Laguna de Fúquene  de la Agencia de Cooperación Internacional del Japón (JICA) (2000).
  • Documento Conpes 3451: Estrategia para el manejoa ambiental de la cuenca Ubaté – Suárez
  • Fundación Humedales
  • Corporación Autónoma Regional de Cundinamarca (CAR)  
  • Empresas Públicas de Cundinamarca