La noche que nunca llega a Campus Party

Crónica nocturna del evento de tecnología más grande de Colombia.

Justo a la medianoche se oyeron los aplausos, los pitos y la algarabía. Entre el fulgor digital de miles de pantallas de computador había una vela, fuego en la mitad de un vasto campo de cristal líquido. Y todos gritaban feliz cumpleaños y hubo torta y besos y abrazos; fotos posadas para subir a Facebook, gorritos puntiagudos, confeti y serpentinas.

A unos pasos de distancia todo esto era un evento desconocido, como si acaso sucediera en otra ciudad. Allí, otro grupo de personas miraba un televisor con tal atención que parecía que estuviera mostrando imágenes traídas de un futuro desconocido para todos. Lo que sucedía era una demostración de cómo enfriar con nitrógeno líquido el procesador de un computador para que rinda más. Con asombro uno de los observadores dijo: “Mire, está corriendo casi tres veces más rápido”, una afirmación que deducía de una serie cambiante de números sobre un fondo azul que bien podría ser información contable o cualquier otro tipo de lenguaje hecho para ser entendido por iniciados y maniáticos.

El nivel de ruido comenzaba progresivamente a subir y los gritos, las risas y la música empezaban a propagarse como la forma natural de comunicación a lo largo y ancho del gran hangar de Corferias en el que 3.500 personas conviven desde el lunes, y hasta el domingo, bajo la bandera de Campus Party: una reunión de 12 años de antigüedad para los seguidores del evangelio del electrón y la fibra óptica.

En la primera noche de la segunda versión de esta congregación en Colombia, un poco después de las 12:00 a.m., sonaron fuerte las notas del fallecido ‘Rey del pop’, quien desde el más allá de una consola de juego gritaba “Just beat it, beat it, no one wants to be defeated…”, mientras dos personas intentaban seguirles el paso al endemoniado solo de guitarra y al persistente ritmo de la batería jugando Rock Band, el popular videojuego en el que el usuario, guitarra de plástico en mano o batería de caucho en frente, se transforma por unos instantes en el rockstar que todo el mundo quiere ser.

“Uno acá pierde la noción del tiempo, como si no existiera”. Quien habla es uno de los muchos “campuseros” que llegó a Corferias con su computador bajo el brazo. Tiene razón, en este lugar los horarios no aplican: las manecillas del reloj y el diario recorrido del Sol son factores que afectan a quienes están por fuera del Campus, aquellos que no duermen en uno de los dos pabellones llenos de carpas que recuerdan las imágenes del después de un desastre cualquiera, el ‘Katrina’, el reciente terremoto en Italia o el de hace unos años en Armenia.

A la 1:00 a.m., en una esquina libre de cables, se arma un pequeño partido de fútbol en el que las sillas dispuestas para las conferencias sirven como postes para los arcos. Al mismo tiempo, en otro lugar del pabellón se escuchan los gritos de victoria de varios que dentro del mundo de Quake (un conocido videojuego de combate con armas) masacran a sus compañeros de mesa.

Mientras unos juegan a desmembrarse de variadas formas, otros navegan tranquilamente las densas aguas de la blogosfera en busca de información, relevante o no, para pasar tranquilamente las horas cobijados con los más de seis gigabytes que conectan al pequeño ejército, que vive y duerme en este lugar, con el mundo; un ancho de banda suficiente para proveer de internet a 13.500 hogares, en promedio. Otros tantos siguen con las mismas tareas que harían en el computador de la casa, como revisar compulsivamente Facebook o “chatear” con los amigos por Messenger.

Un poco después, algunas secciones de la arena, que al igual que en el Coliseo Romano es donde sucede toda la acción del Campus, comienzan a desocuparse lentamente. Las blancas y largas mesas progresivamente empiezan a verse más blancas y más largas. Sin embargo, muchos persisten en frente de sus pantallas, en la juiciosa lectura de un tutorial para animar en Flash o en el violento combate cuerpo a cuerpo de Street Fighter. El cansancio vence a algunos, que ya se han envuelto en cobijas y colchas para lidiar con el frío. No hay qué temer. Para todos ellos hay un conveniente, y nutrido, grupo de bellas mujeres que reparten gratis una bebida energizante por todo el lugar. Quienes se muestren dudosos de recibir la lata, cuyo contenido ha sido calificado por varios especialistas como nocivo y adictivo, son informados por estudiantes de comunicación y diseño industrial de que no hay problema, de que la dosis recomendada es un envase cada cuatro horas.

Jon Hall, quien prefiere ser llamado Maddog, caminaba entre los mesones llenos de computadores, conversando un poco aquí y allá, dando entrevistas, posando para las fotos de los aficionados. Uno de los más notorios representantes del movimiento de software libre en el mundo, y director ejecutivo de Linux Internacional, pasaba revista a un lugar que para él “permite que los gamers hablen con los desarrolladores, estos con los diseñadores y así: estas reuniones sirven para comunicar diferentes versiones y aproximaciones a la tecnología que pretenden construir un mundo mejor”.


Además de los juegos, los torneos, los premios, Campus es uno de los eventos sociales del año más relevantes para la creciente colonia de amantes de la red. Algo así como la tradicional carrera de caballos de Ascot, sólo que en vez de sombreros de copa y carros lujosos, sus asistentes llevan computadores modificados y enormes pantallas LCD. “A Campus se viene a competir, pero también a hacer amigos, a conocer gente de otros lugares que también está en el mismo mundo”, dice uno de los “campuseros”. Para muchos, esta reunión es la oportunidad de ponerle cara a un nickname (el sobrenombre con el que cada persona se identifica en internet), de darle rostro a una voz que grita dentro de un videojuego las victorias o las derrotas de su bando. Algo similar opina Alejandro Villanueva, director de desarrollo de Google en Latinoamérica: “Campus es el espacio para que mucha gente se conozca y empiece a colaborar, a hablar todos de lo mismo, a ir en un mismo sentido. Es una reunión interesante porque permite el contacto y la expansión de las ideas”.

La noche en el interior de Campus Party gira al revés de como lo hace afuera de los muros de Corferias. Cuanto más tarde se hace, el ruido y el alboroto generalizado suben de tono. El año pasado, cuando se realizó la primera versión de esta reunión, a las 4:00 a.m. se dio inicio a las carreras con costales, como si se tratara de un bazar de colegio. Si bien los torneos oficiales aún no habían comenzado, los entrenamientos de cada clan continuaban. Cada ronda acababa con la celebración de uno y la mirada fija en la pantalla de otros. En un momento una parte de las lámparas fue apagada y entonces el resplandor de las pantallas lo iluminó todo: este es el pueblo del insomnio.

Al final de la noche, o el principio de la mañana, muchos se retiraron hacia sus carpas a dormir cuatro o cinco horas para enfrentar el siguiente de los siete días en lo que se dedicarán a jugar y a compartir con amigos y desconocidos la larga letanía de la tecnología, la interminable verdad revelada en forma de microchip.

Programación académica

Además de los torneos y las competencias que se realizan durante siete días, Campus Party ofrece una variada programación de charlas y conferencias acerca de diferentes temas, que giran todos alrededor del uso de la tecnología y las comunicaciones. Algunos de los invitados más renombrados de este año fueron Kevin Mitnick, a quien comunmente se le conoce como uno de los mayores ‘hackers’ del planeta; Jon ‘Maddog’ Hall, uno de los abanderados del software libre, y  el profesor Michael Carroll, uno de los primeros miembros de la junta directiva de Creative Commons, que es una forma del derecho de autor para entornos digitales.

La innovación en Campus Party

Campus Party no es sólo una reunión de fanáticos de los videojuegos. En el evento hacen presencia diferentes personas con proyectos de tecnología ideados para solucionar problemas de la vida cotidiana, así como nuevos desarrollos en áreas como robótica, diseño web o programación de software.

Dentro del grupo de robótica cabe destacar la participación de los aprendices del Servicio Nacional de Aprendizaje (Sena) con proyectos como una encubadora de huevos construida con materiales reciclados o de bajo costo.

La encubadora está diseñada para rotar los huevos cada cierto tiempo, de la misma manera que lo haría la gallina en el nido. La fuente de calor es el fusor de una impresora, una pieza muy delicada, que cuenta con una cubierta de metal para su protección, que logra calentarse hasta los 160 grados centígrados en cuestión de unos pocos segundos, lo que garantiza una temperatura adecuada para la gestación de los polluelos.

Temas relacionados