Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Hace tres años me fui de mi país. Esta historia comenzó luego de dar una opinión en una publicación de Facebook, justamente sobre que nadie debería meterse a dar soluciones y opiniones sobre asuntos que no conocían. Fue un debate en línea duro y difícil, pero gané un “me gusta”, un like, y luego de éste mi vida cambió.
Había terminado una relación tormentosa con una persona manipuladora, así que lo que había en mi buzón de entrada no me agradaba mucho: era un halago de alguien que estaba al otro lado del mundo cuando no quería volver a intentar nada con nadie; una relación a distancia era de lo que regularmente me burlaba. Pasó el tiempo y el extranjero logró hacer lo que muy pocos a mi alrededor lograron: arrancarme suspiros. (Vea también: "Compartir todo en línea estaba arruinando mi relación de pareja")
Pasamos a Whatsapp porque queríamos hacer más íntimo lo que vivíamos y tal vez darle un estatus de relación. Nos escribíamos todos los días, casi las 24 horas, sin importar la diferencia horaria (de casi ocho horas). (Vea: Lo que pasa cuando encuentras al gran amor de tu infancia en Facebook)
Pasamos a Skype para poder siquiera tener una imagen vívida de la persona que tanto amaba. Así vivimos el idilio, volviéndonos exclusivos hasta que llegó la hora de tomar seriedad y decidirnos si íbamos a continuar o no: de hacerlo, tendríamos que juntarnos porque una relación de más de un año por Facebook, Whatsapp y Skype no estaba en mis planes.
Nos alejamos unas semanas porque definitivamente era un cambio drástico, ya no podíamos estar lejos el uno del otro, pero había temor de intentarlo porque no sabíamos cómo seríamos al vernos frente a frente: convivir y conocer los defectos del otro no es fácil y simplemente no podíamos calcular si la atracción iba a seguir en pie. Incluso mi familia se oponía por cuestiones del miedo al tráfico de personas, que era el boom del momento en el país. (Vea: Cuando te enteras por Facebook de que a tu novio le gustan los hombres)
Tomé mis maletas y dejé mi país para pasar tres meses de vacaciones con él, pues teníamos que darnos esa oportunidad de ver si definitivamente era nuestro destino estar juntos. Después de un día de viaje llegué a mi destino y ahí estaba él: nos besamos en pleno aeropuerto y fue lo que selló nuestra decisión. Ya no nos separaríamos más.
Un mes después estaba embarazada. En Colombia me habían confirmado un diagnóstico de problemas de fertilidad, pero al llegar a tierras lejanas comprobé todo lo contrario. Y aquí estoy con familia y un amor sincero, como el que muy difícilmente hubiese conocido en Colombia.
No ha sido fácil vivir en el extranjero, en un país con idioma y costumbres diferentes, pero cada vez que me preguntan por esta historia solo puedo sonreír y decir que fue el “me gusta” más significativo de mi vida.