El sello de la manzana

Desde 1998 la compañía californiana ha venido cosechando multimillonarias ganancias gracias a la sutil combinación de visión, diseño, innovación y el desarrollo de nuevos negocios.

Tan pronto se supo la noticia, las tiendas de Apple comenzaron a llenarse de gente. Depositaron ramos de flores en la puerta, prendieron velas, pegaron mensajes de despedida en las vitrinas y colocaron, ceremonialmente, manzanas junto a las ofrendas de los demás. Adentro, los computadores y tabletas iPads desplegaron el mismo mensaje: “Steve Jobs (1955-2011)”.


Aquella romería espontánea demostró que sus usuarios son –y seguirán siendo– el activo mejor cotizado de Apple, la compañía que ha logrado aglomerar en poco más de una década a un grupo de personas que no necesariamente comparten la misma ideología, creencias religiosos y que, incluso, ni hablan el mismo idioma. Pero todos ellos comparten la experiencia que sus computadores de escritorio (desktops), portátiles (laptops), reproductores de música (iPod), teléfonos móviles (iPhone) y tabletas (iPad) les trajo a sus vidas.


“Su triunfo no está definido por un artículo particular, y no es sólo el triunfo de la ingeniería del iPhone o el iPad. Lo que Apple ha construido es un ecosistema de dispositivos que funcionan entre sí y con los servicios en línea de la compañía (principalmente la tienda iTunes), que proveen un fácil acceso a un mundo amplio de medios y aplicaciones, originalmente orientados al entretenimiento personal pero con un atractivo creciente para el mundo corporativo”, explica Bruce Berls, consultor informático, en su blog personal Bruceb Consulting.


Las claves de este éxito son diversas. Podrían rastrearse hasta 1976, cuando un adolescente Jobs invitó a su amigo de juventud Steve Wozniak, un ingeniero con cierto recorrido en cadenas electrónicas de ensamblaje, a formar una compañía que ensamblara computadores en el garaje de su casa. Pero no aquellos armatrostes gigantes, cuyo peso se medía por toneladas, con cientos de bombillos y que funcionaban a partir de tarjetas perforadas. No, lo que Jobs quería era un computador lo suficientemente pequeño y liviano para que ocupara el espacio de una máquina de escribir. También debería ser lo suficientemente capaz como para procesar el trabajo cotidiano de un día de oficina.


Aquel sueño propio de un visionario derivó en un lucrativo negocio. Sucedió lo mismo casi 30 años después, cuando Jobs, tras ser despedido de su propia compañía y haber iniciado dos nuevas empresas que fueron un éxito absoluto (la fabricante de hardware Next y Pixar, la hoy mítica productora de filmes animados por computador), retomó el control de Apple para iniciar una nueva revolución tecnológica.


Comenzó en 1998 con la puesta en venta del iMac, el primer computador personal que logró fusionar el diseño vanguardista (formas curvas, colores brillantes y transparencias), un sistema operativo de alta funcionalidad (el Mac OS, que no tardó en dejar atrás a Windows), una gran capacidad de procesamiento (memoria RAM de 32 MB y disco duro de 4 GB, todo un lujo en aquellos años) y una asombrosa capacidad de reinvención (posteriormente abolió la noción de la CPU y se convirtió en herramienta de culto para los diseñadores).


Fue un éxito instantáneo, que vendió 800.000 unidades en tan sólo cinco meses que aportaron US$6.134 millones a la compañía y significaron un importante repunte de 3% en sus ingresos tras dos años de balances negativos. Cifras que se quedan cortas con lo sucedido tres años después, cuando el propio Jobs le presentó al mundo un pequeño reproductor de música llamado iPod. Reuniendo las mismas características del iMac, Apple consiguió vender 100 millones de unidades en los siguientes seis años.


Más tarde, en 2003, abrió su tienda virtual iTunes, que le ofreció a sus ahora fieles seguidores la posibilidad de que los usuarios pudieran adquirir una canción por 99 centavos de dólar en lugar de todo un CD por 15 veces más dinero. Así lideró una transformación en la industria de la música, que pasó de sumar pérdidas por culpa de la piratería a idear un nuevo mercado de distribución y ventas a través de internet. De hecho, para junio de 2008, iTunes contabilizó su descarga número 5.000 millones y es hoy la mayor tienda de música en el mundo.


Pero no hay que dejar de lado otro aspecto revolucionario, su capacidad de reunir, a tiempo y al mejor costo, diversos componentes en un sofisticado artículo. Cualidad que también puede rastrearse a aquel garaje californiano de los años 70, y sobre todo a su primer gran negocio: cuando la cadena de tiendas electrónicas The Byte Shop ordenó 500 unidades del computador Apple I, Jobs de inmediato selló un acuerdo con un importante distribuidor de partes electrónicas para cumplir con su pedido.


Una lógica que sigue siendo parte del sello de la compañía. “Apple se apoya hoy en día en innovaciones externas. Intel y Nvidia la suplen de procesadores. Empresas como Toshiba y LG aportan sus pantallas. Programadores externos han contribuido al sistema operativo OS X. Y en China, ensambladores como Foxconn lo agrupan todo”, explicó el periodista tecnológico Brian Caulfield en la revista Forbes.


Y por último, el que es quizás un sello aún más importante: la creación de contenido. Cuando Apple adquirió en 1996 a Next por US$429 millones, se abrió paso a una serie de compras estratégicas para el futuro de la compañía que volvía a dirigir su fundador. Justo antes de la exitosa irrupción de YouTube en la red, la empresa de la manzana se hizo con Final Cut, el software de edición de video de Macromedia. En 1999, tras un fuerte proceso de desarrollo, sacó a la venta dos editores dirigidos a nichos: iMovie para aficionados y Final Cut Pro para la industria audiovisual, ambas herramientas valiosas que fomentaron la creación de contenidos, su publicación en línea y la consolidación de redes sociales especializadas en el lenguaje de las imágenes y el sonido. A comienzos de 2007, la compañía reveló que 800.000 personas los habían adquirido.


El preámbulo perfecto para la revolución que lideró la compañía con las aplicaciones: programas de bajo costo y descarga en línea que transformaron la industria de los teléfonos móviles y le abrieron paso al lucrativo negocio de las tabletas. Gracias a ellas, una persona puede saber hoy en día el mejor lugar para adquirir tecnología barata, conocer las noticias de último minuto, acceder en instantes a su correo y redes sociales preferidas e, incluso, pasar las horas jugando. Y, por supuesto, engrosar las ganancias de Apple.


A través de su tienda virtual de aplicaciones, Appstore, la compañía ingresó en 2010 más de US$1.700 millones. Al 7 de julio pasado, tenía disponible en su catálogo más de 425.000 aplicaciones de todo tipo, y las descargas de los usuarios (que pagan un precio mínimo de 99 centavos de dólar) sobrepasaban los 15.000 millones de dólares. Cabe aquí anotar que su último gran lanzamiento, el iPad, vendió 15 millones de unidades en tan sólo nueve meses, y que en dos días se agotaron en Estados Unidos las existencias de la segunda versión del dispositivo.


En suma, el regreso de Jobs significó la consolidación de Apple como una compañía con una inmensa capacidad de reinvención e innovación, capaz de generar una nueva forma de interactuar, tanto con las personas, como con la red.


Hoy en día los altos ejecutivos prefieren asistir a sus reuniones con un iPad, con el que pueden acceder en segundos a la información relevante, tomar notas y agendar sus siguientes compromisos; los niños pasan horas desplazando sus dedos por las pantallas táctiles de sus dispositivos jugando, navegando en internet o hablando con sus amistades; los desarrolladores de software y los músicos han encontrado la forma de, a través de las ventas en línea, sacudirse un poco de las pérdidas causadas por la piratería; y las redes sociales crecen diariamente con los contenidos que sus usuarios añaden a ellas minuto a minuto desde sus iMacs, iPhones y/o iPads.


Todo esto simplemente ha sido el fruto que un hombre plantó 40 años atrás, cuando imaginó que los computadores podían ser más amables e instalarse en un pequeño escritorio como parte de la vida diaria hasta ser la vida diaria.