Humanidades digitales, una oportunidad para pensar la tecnología en Colombia

Este campo de estudio busca generar capacidad crítica sobre la forma como se integra la sociedad en la era digital.

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En tiempos de transformación tecnológica se habla de automatización del trabajo, productos como servicio y economía naranja. Algunos de estos términos son de creación reciente y otros se han redefinido para acomodarse a la era digital. Más que cambios de lenguaje se trata de averiguar qué significa y cómo opera algo una vez se introduce la variable de internet, y todo lo que esta conlleva en la ecuación.

El término humanidades digitales entraña justamente este deseo: buscar una suerte de sentido existencial cuando se añade el plano de existencia digital, que viene con sus propios parámetros y posibilidades.

Casi por definición, el término está profundamente anclado en la academia, lo que puede explicar la introspección de este campo de estudio, pero también define algunos de sus objetivos finales. Hablar de humanidades digitales puede ir desde alfabetización digital de las propias humanidades hasta la explicación de realidades sociales que pueden ser afectadas por políticas o herramientas digitales.

Y aquí es donde el asunto se pone realmente interesante. “La red y el campo buscan solucionar problemas con la utilización de herramientas digitales en el interior de las humanidades, por un lado. Pero también quieren poder explicar cuáles son los problemas y las realidades sociales que se pueden solucionar desde el punto de vista de la ingeniería y el desarrollo digital”. Stefania Gallini es doctora en historia de América y profesora de la Universidad Nacional, y cuando habla de la red se refiere a la Red Colombiana de Humanidades Digitales, de la cual es parte.

Más que una institución, con las formalidades de oficina, recepción y horarios de trabajo, la red se puede entender mejor como un grupo de investigación. En ella se juntan historiadores, artistas, literatos, bibliotecólogos e ingenieros (entre otras disciplinas) alrededor de asuntos como cartografías digitales, datos abiertos, web semántica, archivos digitales o narrativas audiovisuales, por nombrar sólo unos.

La creación de la Red puede rastrearse hasta 2015, aunque comenzó a ser más activa desde septiembre del año pasado, cuando fue presentada oficialmente durante la Semana del Libro y la Lectura en Digital, que se realiza en la Biblioteca Nacional, en Bogotá.

Lo que podría resultar realmente subversivo de este campo, en la mejor acepción del término, es que sus intereses parecen ir mucho más allá de la academia: se trata de entender para qué sirve el enorme superávit de tecnología y aplicaciones digitales que define al mundo moderno. Y este propósito, aunque suene obvio, es una de las necesidades más urgentes en el ecosistema digital colombiano y de muchos otros lugares.

El tema con la tecnología es que, bajo una visión que ha tomado tracción entre empresas e instituciones públicas, se piensa como solución para cualquier problema. Y esto, a su vez, tiene un vicio de fondo: no todo es susceptible de mejorar con más servidores, computadores, tabletas, ancho de banda, drones, big data.

Si hay algo cierto en el mundo digital es que una talla no funciona para todos, o sea, que no hay soluciones ni fórmulas mágicas para operar en un mundo que continúa definiéndose.

Criticar la fe ciega en la tecnología puede llevar a un mejor entendimiento de cómo operar digitalmente, cómo optimizar recursos, cómo redefinir roles y distribuir cargas. “En la Biblioteca involucramos ahora a los diseñadores, los desarrolladores y los ingenieros desde las primeras etapas de un proyecto. No se trata sólo de que implementen un concepto, sino que participen en su creación. Una de las cosas que tienen las humanidades digitales es que integran oficios muy diversos, que pueden ser muy solitarios, para poner a todos a trabajar en grupos. Y de ahí salen discusiones mucho más interesantes”. Tata Méndez es parte de la Red y del equipo de Desarrollos y Humanidades Digitales de la Biblioteca Nacional.

Una de las funciones esenciales de la Red, en palabras de Gallini, es compartir conocimiento y experiencias sobre temas digitales entre distintos profesionales e instituciones: operar como una suerte de punto de contacto entre varios saberes y perspectivas. Este es un ejercicio de cooperación en el que “la ignorancia es legítima; lo que no es legítimo es no colaborar y no escuchar”, dice.

El interés por las humanidades digitales ha crecido al punto en que instituciones como la Universidad de Boloña (Italia) y el King’s College (Inglaterra), entre otras, ofrecen estudios de posgrado en este campo. Los Andes inauguró su propia maestría sobre el tema recientemente.

Gallini finaliza diciendo: “Como en todo, es urgente la formación de crítica hacia la tecnología. Tenemos muy poca reflexión sobre por qué hacemos lo que hacemos en términos digitales. También tenemos mucho miedo de los cambios y los peligros que traen estas transformaciones. Pero tenemos que pensar en todo esto. No es una tarea que le podemos dejar a un par de filósofos”.