Sin mayores grandilocuencias, este martes Apple terminó por redefinir una nueva línea de tecnología que, aún con los clásicos límites físicos de un aparto, estará más íntimamente conectada al usuario. ¿Para qué sirve esto? Bueno, esa tal vez es otra discusión. Lo que resulta innegable es que la introducción del Apple Watch termina por cimentar un sector que, con algunos avances, hasta el martes parecía más una aventura, un terreno de prototipos, que un terreno establecido sobre el cual se desarrolla la innovación.
Las especificaciones aún son algo difusas para un producto que, sorpresa, sólo estará disponible hasta el próximo año: un costo sin confirmar de US$350, la inclusión de un giroscopio, un chip de procesamiento encapsulado en una especie de contenedor que lo protege, y una serie de lentes para medir el pulso. Esto además de un cristal de zafiro que resguarda el frente de un reloj que, por supuesto, es más que un reloj.
Es un esfuerzo de computación en pequeño que resulta nuevo y refrescante. Una interfaz pensada en pro del objeto y, por ende, del usuario. Apple arrancó por el principio de rediseñar la interfaz y así terminó por no reducir el sistema operativo de un iPhone e incrustarlo en la muñeca, sino acercar las capacidades de procesamiento y funcionalidad de un computador portátil (como un teléfono) a un empaque pequeño, tan pequeño que presenta problemas obvios en la forma como la gente puede interactuar con una cantidad de información que aparece mucho más grande que el repositorio en el cual se despliega.
El principio de interfaz, si se quiere, es el mismo del teléfono: una pantalla táctil que, sin embargo, siente diferencias entre tocar y presionar, entre rozar y casi que empujar. Ambos gestos producen resultados diferentes en la interacción con el dispositivo que se apoya duramente en un elemento físico para interactuar con el usuario. Una rueda (muy similar a la que ajusta la hora en un reloj convencional) permite hacer zoom en las aplicaciones y opera también como botón que remite a una pantalla principal. Un toque clásico que parece más que necesario.
El acabado del empaque es liso y elegante. Los bordes, por ejemplo, se asemejan mucho a las curvas de atrás del modelo clásico de iPod, redondeado y pulido en una sola pieza de aluminio (¿sí es aluminio?). Viene en dos tamaños y en una serie de ediciones que permiten un grado amplio de adaptabilidad para un producto que se fabricará en masa para el gusto individual de, quizá, millones de usuarios.
Este no es un asunto mínimo, pues un reloj es en buena parte un tema de diseño y responde a un nivel más íntimo de cómo un usuario se expresa a través de objetos (cierto, aunque puesto así suena algo patético). No es un computador (un modelo que pueden tener varias personas en la misma oficina, por ejemplo), sino un artefacto que para muchos resulta esencial a la hora de montar el performance constante de su imagen pública.
Además de su interfaz, que parece ir varios saltos más delante de los modelos de Samsung o Sony (quizá hasta hoy los jugadores más fuertes en el tema de este tipo de tecnología), el nuevo reloj de Apple integra temas de mensajería instantánea, música, mapas y otras aplicaciones en un dispositivo que, aún con su tamaño restringido, promete convertirse en una forma más de acceder a la información de una vida diaria cada vez más codificada y compleja (incluso complicada).
Claro, el dispositivo hace un enorme énfasis en ser una especie de diario de actividad física para una sociedad que crecientemente se entrega más al ejercicio y a la vida sana, o al menos a ir a gimnasios a horas improbables. El reloj, por ejemplo, también se conecta a Siri, el asistente virtual de la marca, y en este punto la nueva gama de usuarios quizá le inyecte más vida a esta herramienta que, para algunos, aún parece un intento fallido. El Apple Watch promete ser más que un aparato para ir a hacer ejercicio y quizá ahí está su mayor ganancia y su promesa más brillante, pues no es un dispositivo sólo para quienes hacen deporte, sino una nueva forma de interactuar con la extensión digital de la vida.
El nuevo reloj de Apple podrá conectarse al mundo, y a la vida de sus usuarios, a través de la nueva generación de iPhone, dos nuevos teléfonos que llegan con pantallas significativamente más grandes y con procesadores más poderosos y eficientes (un chip 25% más rápido). El diseño de estos nuevos teléfonos (iPhone 6, con 4,7 pulgadas, y iPhone 6 Plus, de 5,5 pulgadas) es, sin embargo, más delgado que su predecesor (iPhone 5S, cuatro pulgadas). Al parecer, el reloj también podrá acoplarse a los modelos superiores al iPhone 5, o sea, el 5C y el 5S.
Más allá de esto, se supone que al recibir este rediseño físico, la batería de los teléfonos mejorará por cuestiones obvias: es más grande, aunque a esto hay que sumarle el incremento en la eficiencia del procesador que llega hasta 87% por encima del modelo anterior y los ajustes extra que traerá el próximo sistema operativo, iOS8, que con seguridad deberá incluir un apartado entero de aprovechamiento de ciclos de carga de la batería.
Pero el punto básico en este tema es que a menos de que la industria produzca una nueva aleación, un nuevo metal capaz de retener más energía que el ion de litio, la frontera de innovación en telefonía móvil, en lo que tiene que ver con baterías, es prácticamente la misma para todos los fabricantes. Pueden seguir haciendo teléfonos más grandes para incorporarle baterías más poderosas. Y bueno, pantallas más grandes y a mayor resolución consumen más energía, así que la ecuación termina por balancearse con resultados muy similares.
En términos de diseño a nadie parece importarle demasiado que el nuevo iPhone, con sus acabados redondeados en los bordes, quizá comience a parecerse levemente a alguno de sus competidores, como el bello HTC One M8, un modelo de una marca que no tiene mayor aceptación en Colombia, pero que cuenta con una gran base de usuarios en Asia, hogar de algunos de los mercados más grandes para telefonía celular. Peor bueno, este es un detalle nimio.
Además de mejor procesador y un diseño agrandado (¿demasiado grande, tal vez?), la otra mejoría notable en los nuevos modelos de iPhone es la introducción de una cámara con un sensor más poderoso, con capacidad de hacer tomas a bajas velocidades (mediante el disparo de más fotogramas por segundo) y la introducción de un dispositivo para contrarrestar el movimiento en las fotografías, sólo disponible para iPhone 6 Plus, pues en el iPhone 6 este mecanismo es un truco digital a través del software y no una corrección física sobre el lente de la cámara.
Quizá la nueva línea de iPhone no impresionó a muchos por aquello de seguir una tendencia ya establecida por fabricantes como Samsung, cuyo Galaxy S5 tiene 5,1 pulgadas de tamaño en la pantalla. Pero con cierta seguridad sí impresionará a los usuarios: sólo en China (el mercado de dispositivos móviles más grande del mundo) el 20% de los teléfonos vendidos el año pasado tenía más de cinco pulgadas de pantalla.
Haber entrado a la era de los teléfonos grandes (de nuevo, tal vez demasiado grandes) pondrá a Apple en un nivel de juego similar al de sus competidores, pero que en alianza con el nuevo reloj quizá le dé un valor agregado suficiente para cimentar su liderazgo en un terreno que aún permanece largamente inexplorado. Se estima que al menos 19 millones de relojes inteligentes serán vendidos en 2015, al tiempo que este año se entregarán más de 1.200 millones de teléfonos inteligentes. La unión de ambas cifras, a futuro, permite ver un terreno competido en el que la compañía fundada por Steve Jobs puede jugar un papel determinante. Quizá.
iWatch: computación a pequeña escala
El nuevo reloj presentado por Apple, en conjunto con su nueva línea de teléfonos, podría representar una jugada ganadora para la compañía.
Redacción Negocios
09 de septiembre de 2014 - 07:46 p. m.
Foto: AFP - JUSTIN SULLIVAN
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