Murió el creador del correo electrónico, pero no su producto (por desgracia, para algunos)

Aunque su popularidad creció lentamente, esta es una de las herramientas de comunicación más usadas debido a su omnipresencia en cualquier plataforma, a la vez que es odiada por lo intrusiva que puede llegar a ser.

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Ray Tomlinson murió y una cierta parte de internet lamentó su muerte. Una parte que, en cierta medida, ha construido o ayuda a manejar internet, gente como Vinton Cerf (el hombre detrás del TCP/IP) o el equipo de Gmail. (Lea "Fallece el creador del correo electrónico")

Tomlinson es reconocido como el padre del correo electrónico y quien primero introdujo el signo @ como una forma para señalar hacia dónde debía encaminarse un mensaje enviado a través de este sistema que, como tantas otras cosas en internet, nació de la mano de Darpa, el ala de investigación y desarrollo de los militares en EE. UU.

Se estima que, diariamente, son enviados 205.000 millones de mensajes de correo electrónico a unas 4.400 millones de direcciones habilitadas para utilizar un servicio que comenzó siendo una forma de comunicación entre académicos (la población que probó la primera versión de internet, Arpanet). Las proyecciones dicen que, para 2019, se enviarán 246.000 millones de correos diarios.

El correo electrónico se ha convertido en una de las herramientas de comunicación indispensables actualmente y, en cierto sentido, definen qué es eso que llamamos vida moderna.

Con el auge de las redes sociales y las aplicaciones móviles, el correo también se transformó en una especie de certificado de nacimiento digital para los usuarios de la red: ¿quiere formar parte de un servicio determinado?, claro, suscríbase con una dirección de e-mail y una contraseña.

La herramienta ideada por Tomlinson, quien admitió varias veces que fue un proyecto en el que se supone no debía estar trabajando, tenía como fin acortar distancias y propiciar la colaboración entre los usuarios. Y en buena parte lo ha hecho. Esta es quizá la forma más universal de comunicación actualmente y uno de los caminos más seguros para intentar hablar con alguien a quien, usualmente, jamás se ha visto en persona.

También es un servicio que estimula la comunicación entre diferentes organizaciones, pues prescinde de protocolos o herramientas establecidas entre un grupo u empresa. Y, claro, con la entrada de la era del teléfono inteligente, también se convirtió en una herramienta presente, 24 horas del día, siete días de la semana.

Pero, para todas sus ventajas, el correo electrónico se ha convertido en uno de los aspectos más molestos y, acaso, inservibles de la vida digital. Omnipresente, interminable, intrusivo y, peor aún, irremplazable (al menos hasta el momento). El sitio PC World lo incluyó en su lista de los peores 25 productos tecnológicos de todos los tiempos.

En un reporte de 2014, el Instituto Global McKinsey encontró que el usuario común dedica 13 horas semanales a interactuar con su correo electrónico: revisando, leyendo y, más que todo, borrando mensajes que en buena medida parecían importantes antes de ser abiertos y después ya no tanto.

¿Por qué la gente revisa su correo o, mejor, por qué lo sigue usando si resulta tan odiado?
La psicología del e-mail resulta fascinante pues, al parecer, está muy conectada con la parte más responsable y acaso compulsiva de nosotros: puede que haya algo bueno entre los 200 mensajes que llegaron esta mañana al buzón de mensaje. Esta es una de las hipótesis que ha esgrimido el doctor Larry Rosen, autor de libros como “iDisorder: understanding our obsession with technology and overcoming its hold on us”.

Como escribió un usuario en internet, “tener una bandeja de entrada con cero correos sin leer es un poco como encontrar el santo grial”.

Y también hay otros factores. Un estudio de 2010, publicado en Applied Psychology, encontró que la gente es más propensa a mentir al comunicarse por correo electrónico, que en una carta escrita a mano. Un dato que puede tener varias interpretaciones, tantas, quizá, como intérpretes.

La cosa es que, para bien o para mal, el correo electrónico parece haber redefinido de cierta forma la interacción humana, principalmente en el entorno laboral. Y esto resulta interesante porque, para ser una herramienta de trabajo, el e-mail se presenta abrumador e incluso problemático para trabajar.

Esta molestia constante, acaso una “inutilidad programada” (el término es de un comentador en un foro de Reddit) por desgracia se está contagiando a las otras formas de comunicación digital de hoy, notablemente a las aplicaciones de mensajería instantánea. Por estos lares es muy popular Whatsapp, aunque puede que el mismo problema lo tengan los usuarios de Wechat en China o de Line o KakaoTalk en Corea del Sur.

La constante intromisión en la vida de los demás es un efecto colateral del deseo (también podría llamarse capricho) de comunicarse y entregar información. El punto es que este anhelo a veces bienintencionado es una constante interrupción de las tareas de la vida diaria. No sólo de la meditación en la mañana o los momentos de silencio a media noche, sino, en general, de cada instante en el que una persona intenta ser productiva o al menos pensar en paz.

Una investigación de 2002 encontró que, después de leer un correo, un usuario promedio tarda poco más de un minuto en recuperar la concentración, el tren del pensamiento se pone a andar 64 segundos después de que se detuvo porque alguien puso URGENTE en el asunto de un e-mail.

Claro, hay aplicaciones y servicios que intentan mejorar la comunicación en el trabajo y, en general, en la vida. Slack (una aplicación de mensajería en tiempo real) es uno de los ejemplos más notables en un grupo de iniciativas que, quizá sin querer reemplazar el corre, ciertamente tratan de hacer un trabajo más definido.

Una de las mayores debilidades del correo, desde el lado de la tecnología, es que resulta un formato que puede ser utilizado para mucho: comunicación básica, transmisión de archivos, edición de textos, calendario, notificaciones de calendario… Esa abundancia de oferta, claro, lo vuelve una herramienta robusta, pero también inoperable e inacabable en últimas.

En últimas, como sucede con buena parte de la tecnología, el problema no es sólo un tema de diseño, interoperabilidad o adaptación a plataformas, sino también es un asunto humano. La forma como manejamos el correo podría mejorar todo este sistema de comunicación. ¿Entonces, debería Más cuidadosa, concentrada en una tarea específica, más consciente del tiempo y las necesidades del otro? Tal vez.

En buena parte, el problema con el e-mail es, como lo dijo Stewart Butterfield, cofundador de Flickr y Slack, en una entrevista con Fast Company: “Uno tiene que hacer mil millones de putas cosas en la vida y el correo es el destilado de lo que otros quieren que uno haga”.