Una historia que muestra por qué es pésima idea darle las claves de tus redes sociales a tu pareja

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Gracias a la tecnología me he separado en dos ocasiones de la misma persona y he vivido situaciones que hoy en día me tienen al borde de irme lejos de mi país. Hace casi cuatro años conocí a una persona por medio de Facebook y de algunos amigos en común del barrio en donde vivía. Ella tenía una hija de tres años y estaba separada del papá de la niña, o al menos eso me dijo en su momento. Toda la situación para mí era nueva, pues crecí en un hogar en donde la ética y la moral decían que no estaba bien visto que una persona como yo (soltero, profesional y con un buen trabajo en una multinacional) se involucrara con una persona que ya había tenido un fracaso amoroso y que, mas allá de eso, tenía una responsabilidad que al final también terminaría asumiendo yo.

Contra todo pronóstico, me enamoré de esta persona, sin saber las muchas dificultades que implica estar con alguien que debe tener contacto con su expareja todo el tiempo. No esperé ni siquiera a cumplir el año de relación y tomé la decisión de organizarme (irnos a vivir juntos) con ella y con su hija, desconociendo lo duro que iba a ser para mí salir del hotel mamá después de 27 años. Todo empezó como en un cuento de esos de Disney. Por esa época empezaba a estar de moda el tema del PIN, estábamos en pleno furor de los Blackberry, y ahí empezaron los problemas de confianza, pues el uso del celular se prolongaba hasta altas horas de la noche y empezamos a ejercer un control desmedido el uno sobre el otro, desconociendo que somos personas libres y que, si estamos unidos por amor, la confianza debería ser suficiente como para evitar caer en el juego de los celos y la falta de amor propio.

La convivencia empezó a enseñarnos que las cosas no son tan fáciles como decir “si hay amor, todo se puede”. Vinieron las situaciones difíciles en donde no puedes corregir a una hija que no es tuya, pero tampoco la puedes dejar por fuera de tus planes pues ya son una familia. Asimismo vinieron los mensajes al celular de ella a horas indecentes para un hogar de personas adultas, y nuevamente la desconfianza se apoderó de nuestras mentes y corazones.

Los reclamos iban y venían. Los estados en las redes sociales intentaban decir algo del otro hasta el punto en que decidimos eliminarnos de cada una de las redes sociales por miedo a terminar discutiendo y a que la situación se volviera insostenible. Pero eso sólo empeoró las cosas y lo que empieza mal termina mal. Fue así como esta mujer, en un ataque de celos y después de una semana de discusiones acumuladas, terminó golpeándome tan fuerte que Medicina Legal me incapacitó por tres días, y con esta era la tercera vez que me golpeaba.

Obviamente, en mi trabajo tuve que inventar una historia en la que incluía una acción heroica frente a un ladrón que nunca existió y claramente no denuncié, pues no quería ser el payaso de turno ante las autoridades de una sociedad en la que ser golpeado por una mujer sin responder con la misma violencia es sinónimo de ser estúpido.

Nunca nadie en la vida me había golpeado tan duro y debo decir que el dolor físico fue lo de menos. Tal vez lo que más me ha dolido fue haber perdido la dignidad como la perdí en ese momento, pues no contenta con la golpiza, ella decidió pedir perdón y, como todo ser humano que no escucha, decidí creer en su inocencia y en su arrepentimiento.

Las noches se volvieron un karma, y si mi celular sonaba o vibraba después de las 10:00 p.m. era la señal inequívoca de que habría una pelea. Fue ahí cuando empecé a cometer el error de intentar generar confianza en alguien que no confiaba ni en su propia hija.

Ella empezó a exigir cosas fuera de contexto, como las claves de mi correo y hasta la clave de mi celular. Yo, en un intento de ser honesto (o más bien estúpido), accedí y le entregué las llaves de mi privacidad con la tranquilidad de no tener nada oculto. No contaba con que una persona celosa puede encontrar la mas mínima excusa para desconfiar de su pareja, y exactamente eso fue lo que pasó. Descubrió una conversación con alguien de mi pasado (antes de conocerla a ella) con quien había tenido una pequeña aventura y que decidí no contarle, pues para mí no significó nada.

Fue el detonante de muchas cosas y, de ahí en adelante, si mi celular sonaba o vibraba era la oportunidad perfecta para que mi pareja hiciera un comentario sarcástico o para discutir sobre quién era la vieja que me estaba escribiendo.

Como era de esperarse, la relación se vino a pique hasta el punto que me cuestionaba por tener mi teléfono celular en modo vibrador y no en sonido, según ella, porque yo intentaba esconder algo, y después de tres años nos separamos, mandamos todo a la basura. Vinieron los reproches en las redes sociales y los respectivos bloqueos en Whatsapp, Line, Messenger y en cuanta aplicación de mensajería usábamos.