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Y después de la conectividad en Colombia, ¿qué viene?

Hay un movimiento, principalmente en la academia, que busca entender qué hacer con la tecnología: encontrarle nuevos y mejores a unas herramientas que son mucho más que sólo bienes de consumo.

Catalina Holguín Jaramillo *

29 de abril de 2017 - 09:00 p. m.
Flickr - Reynermedia
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Quizás usted está leyendo este texto en su teléfono. Si es así, tiene en sus manos uno de los 53 millones de conexiones de telefonía celular que existen en Colombia (sí… hay más celulares que habitantes). O quizás está leyendo este texto en su computador, en la comodidad de su oficina, y en ese caso será uno de los 15 millones de colombianos que, según el Mintic, paga servicio de suscripción a internet. En cualquiera de los dos escenarios, es uno de los 24 millones de colombianos que tiene acceso a internet. O no. A lo mejor usted se encuentra en su casa, frente al tinto mañanero, y tiene el periódico de papel desplegado sobre la mesa, el periódico que le llega todas las mañanas y que lee mientras escucha la emisión de noticias en la radio. Ha construido un ritual en torno a esta lectura y se enorgullece, incluso, de apreciar aún la textura del papel.

En torno a todas las tecnologías se crean rituales: modifican nuestro comportamiento y la forma como nos aproximamos al mundo. Y por tecnologías me refiero no sólo al teléfono inteligente con datos 4G que tiene en la mano, sino también al periódico impreso, que es otra tecnología de transmisión de información que tenemos tan normalizada, tan integrada a nuestra manera de ver el mundo, que cuando nos hablan de tecnologías de la información y la comunicación en lo último que pensamos es en estas páginas de papel. (Lea "Streaming de libros infantiles)

Pero todo depende de donde se mire, y para muchos de los 24 millones de colombianos que ya están online —y en particular, para los colombianos nacidos después de 1991, cuando se liberó al uso público el primer navegador de páginas web del mundo— pensar en un mundo sin internet es imposible. Sus rituales de lectura, su forma de conseguir pareja, su aproximación al dinero y a la comunicación global, incluso su manera de trabajar en una oficina, son radicalmente distintos. Para muchos de ellos lo normal es ver el mundo a través de una pantalla conectada a internet.

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Reconocemos este cambio y todos los días se anuncia un nuevo apocalipsis en cada sector (¡el fin de libro!, ¡el fin del papel moneda!, ¡el fin de la prensa!), y recibimos datos de conectividad y penetración tecnológica que crecen como la espuma. Porque el negocio de las telecomunicaciones es ese: infraestructura, penetración y consumo de datos. Colombia ha sido a nivel global un buen jugador de ese juego: nuestros 24 millones de internautas nos ponen en el puesto 27 de países conectados; somos uno de los países de Latinoamérica con más usuarios pegados a Twitter y Facebook; somos, en breve, un destino atractivo de consumo de tecnología, software y contenidos.

La buena noticia es que algunas estrellas de la constelación digital en este país se están alineando para replantear la manera como nos paramos frente a esa tecnología, para que ésta nos sirva para educarnos, para expandir nuestra imaginación, para crecer económicamente, para pensar. Recientemente, la Universidad de los Andes abrió una maestría en humanidades digitales, al tiempo que surgió entre un grupo de estudiantes y profesores de varias universidades la Red de Humanidades Digitales de Colombia. Entre tanto, en la Universidad Jorge Tadeo Lozano el programa de diseño gráfico abrió una bifurcación llamada diseño interactivo, y el Instituto Caro y Cuervo inauguró una maestría de edición con espacio para un enfoque digital.

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Este junio, la Universidad de Caldas celebrará la edición número 16 del Festival Internacional de la Imagen (enfocado en arte electrónico y cultura digital) y en la Universidad Javeriana el Centro Ático cumple siete años de operación dedicada a la enseñanza y creación multidisciplinaria en nuevas tecnologías. Al mismo tiempo, mientras que la Secretaría de Cultura de Bogotá contempla en su plan de desarrollo la creación de una biblioteca digital de Bogotá, el Banco de la República continúa con una apuesta sofisticada y valiosa de virtualización de servicios y contenidos colombianos que atrae cerca de 23 millones de visitas al año.

Esta enumeración no es exhaustiva: es simplemente un paneo rápido de lo que veo a diario en mi trabajo como editora y productora de contenidos digitales culturales. Y es, a mi juicio, una muestra considerable de un grupo de ciudadanos y entidades que buscan dar respuesta y abrir caminos a la pregunta de qué hacer con tanta conectividad y cómo ponerla al servicio de la educación, el desarrollo y la cultura. Por ese motivo, es fundamental que con la misma capacidad de decisión y diligencia con la que el Mintic ha conectado a este país, se tomen acciones sistemáticas y concertadas, respaldadas por una inversión seria y sostenida por parte del Gobierno, que permitan cultivar un mercado de contenidos, software y servicios digitales colombianos.

Es eso, o vernos abocados, de nuevo, al destino de ser una nación de consumidores juiciosos, aplicados y endeudados.

* Editora de publicaciones digitales. Es la directora editorial de Manuvo Colombia.

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Por Catalina Holguín Jaramillo *

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