Los grandes retos del gobierno mexicano

El nuevo México de López Obrador

Mientras los países del continente americano tienen un viraje hacia gobiernos de derecha, los ojos del mundo están sobre México, con la llegada del mandatario izquierdista.

Andrés Manuel López Obrador, mejor conocido por sus iniciales AMLO, busca desmarcarse de la clase política que ha gobernado México. / AFP

El de hoy será un día histórico para México: Andrés Manuel López Obrador (AMLO), primer político de izquierda que llega al poder en la historia reciente, se posesiona como presidente de México, luego de una victoria aplastante el 2 de julio. Ese día, más de 30 millones de ciudadanos les pasaron cuenta de cobro a los partidos tradicionales y decidieron apostarle a la posibilidad de un nuevo país.

AMLO prometió la “Cuarta Transformación” de México; la primera, explicó durante su campaña, se dio durante la Independencia; la segunda, en la Reforma, para detener el avance con la Revolución. Está seguro de que será él quien logre marcar el cuarto momento de cambio, mejorando la calidad de vida de 53,4 millones de mexicanos que viven en la pobreza y la desigualdad.

Una apuesta arriesgada para AMLO, quien entró en la arena política en 1976, cuando tenía 23 años. Comenzó militando en el Partido Revolucionario Institucional (PRI), del que se desligó años después por diferencias ideológicas. Junto con otros políticos fundó el Partido de la Revolución Democrática (PRD) en 1989, con el que llegó a ser alcalde de Ciudad de México y candidato en las elecciones presidenciales de 2006 y 2012.

Durante su alcaldía, entre 2000 y 2005, sus niveles de aprobación fueron los más altos registrados en un gobierno local, y obtuvo evaluaciones de desempeño anuales por encima del 85% de conformidad de los ciudadanos. No en vano obtuvo en 2004 el reconocimiento al segundo mejor alcalde del mundo, otorgado por la Fundación Internacional City Mayor. Uno de sus proyectos que consistía en la creación de una pequeña pensión para personas mayores de 70 años, también fue ampliamente reconocido y, al poco tiempo, adoptado a nivel nacional.

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Pero en 2005 sufrió un fuerte golpe cuando enfrentó un proceso de desafuero por presunto desacato hacia un juez. Convocó una movilización popular que provocó la eliminación de la medida y, además, lo convirtió en el beneficiario de la insatisfacción nacional.

Ese reconocimiento permitió que meses después dejara el cargo para presentarse a las elecciones presidenciales, que tampoco estuvieron exentas de polémica. Tras perder frente al candidato Felipe Calderón por una mínima diferencia del 0,62 % (equivalente a 243.000 votos), López Obrador y sus seguidores desconocieron el resultado y durante tres meses instauraron un campamento permanente en la Avenida Paseo de la Reforma, una de las principales vías de la capital. En septiembre de ese año, el mega plantón de Zócalo autoproclamó a AMLO como “presidente legítimo”, una figura netamente simbólica, pero que dio a conocer la magnitud el apoyo popular con la que contaba el candidato.

Pese a que muchos consideraron las elecciones de 2006 como la muerte política para López Obrador, en 2012 volvió al ruedo. Fue derrotado por Enrique Peña Nieto; sin embargo, el PRD se ubicó como la segunda fuerza electoral.

Insuficiente para AMLO, cuyo sueño era llegar a la Presidencia. Entonces fundó el Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), con el que, por fin, consiguió la Presidencia y algo más: ganó también las mayorías en ambas cámaras del Congreso y se quedó con cinco de las ocho gobernaciones más importantes de México. La denominó “el triunfo del pueblo bueno, en contra de la mafia del poder”.

El nuevo mandatario ha demostrado ser un líder de multitudes. Con sus llamados decenas de miles de personas llenan las plazas públicas, lo que ha llevado a asemejarlo al expresidente de Venezuela, Hugo Chávez, y al mandatario estadounidense, Donald Trump. Pero, para él, no hay nada más alejado de la realidad. “No nos inspiramos en ningún gobierno extranjero, ni Maduro, ni Trump, para que quede claro. Nos inspiramos, y lo decimos con respeto, en los padres de nuestra patria, los que nos dejaron lecciones para luchar por la justicia, por la democracia, por la soberanía nacional”, afirmó López Obrador.

Para Juan Pablo Galicia, politólogo y analista mexicano, “en nuestro país la izquierda está más afincada en la ideología del nacionalismo revolucionario, que habla de darles voz a los desprotegidos y cumplir demandas históricas, siempre bajo un discurso de unidad nacional. Esa es la izquierda que representa Morena”.

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Los programas sociales han sido la bandera del líder izquierdista, que recibe un país con elevados niveles de pobreza, desigualdad, récord histórico en el número de homicidios, una galopante crisis de corrupción, además de una economía muy lastimada.

A partir de hoy, que comienza su sexenio, López Obrador no la tendrá fácil. Por un lado, deberá responder a las expectativas desmesuradas de sus votantes, quienes ponen en él la responsabilidad de resolver los problemas estructurales del país. Y, por otro, deberá enfrentar la desconfianza de los mercados internacionales con los gobiernos de izquierda. Eso sin hablar del reto de cambiar la mala imagen que han dejado los gobiernos de izquierda en la región.

Queriendo cumplirles a los primeros, AMLO promovió consultas populares (ya realizó dos) antes de iniciar su mandato. “Vamos a consultar a los ciudadanos los proyectos. Parecería innecesario, redundante, pero siempre vamos a estar buscando mayor legitimidad, que significa apoyo y respaldo ciudadano”, dijo en su canal de Youtube.

Ha moderado su tono radical al llegar a acuerdos con grandes empresarios de su país, afirmando que “México va a ser un país seguro y que va a dar mucha confianza a la inversión, porque no solo vamos a utilizar la inversión pública, necesitamos también la privada, la nacional y aumentar la extranjera”.

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AMLO también se ve decidido a transformar las relaciones internacionales de México retomando la Doctrina Estrada, que rigió a principios del siglo XX, bajo la cual el gobierno mexicano respetaba la autodeterminación de los Estados, aplicaba los principios de no intervención y se rehusaba a juzgar a gobiernos extranjeros (dinámica contraria a la que impulsó el presidente saliente, Enrique Peña Nieto, quien se sumó a la presión contra Nicolás Maduro). Por eso, frente a las críticas por la invitación al mandatario de Venezuela, López Obrador ha respondido: “Nosotros vamos a mantener una política de amistad con todos los pueblos y todos los gobiernos del mundo”.

A partir de hoy, el nuevo presidente deberá enfrentarse al gran desafío de hacer coincidir sus programas sociales con las promesas de campaña, manteniendo las buenas relaciones con los empresarios. Durante años López Obrador se alzó como el opositor legítimo de la élite política y económica mexicana. Hoy deberá lidiar con ella para poder cumplir “o irse a la chingada”, como él mismo sentenció.