Trepar sin cuerda, apoyo, ni protección externa los 508 metros y 101 pisos del edificio que domina el horizonte de la capital y ciudad más poblada de Taiwán: el Taipei 101. Alex Honnold no experimenta el miedo como la mayoría de las personas y eso es lo que demostrará este 24 de enero cuando se mida a su mayor hazaña como escalador. Con un elemento adicional: su aventura será transmitida en vivo por Netflix. Aunque inicialmente se había programado el evento para la noche del viernes 23, tuvo que ser pospuesto 24 horas debido al clima.
Coronado por una aguja que lleva su altura total hasta los 508 metros, el Taipei 101 figura entre los rascacielos más altos del mundo y es, además, uno de los edificios ecológicos más altos del planeta. Fue el edificio más alto del mundo entre 2004 y 2010, hasta ser superado por varios rascacielos, entre ellos el Burj Khalifa, que hoy lidera el ranking global con sus 163 pisos.
Para Honnold, el desafío no pasa únicamente por la altura ni por la ausencia total de protección. “Aunque la idea suena aterradora —el edificio tiene 101 pisos y no tendré cuerdas—, la parte más difícil no es un solo movimiento peligroso, sino lo que se va acumulando piso tras piso”, explicó el escalador en declaraciones a Tudum. El objetivo: trasladar -en la medida de lo posible- la lógica de la roca al concreto, el acero y el vidrio.
Porque a diferencia de las paredes impredecibles de los 914 metros de granito que coronó en El Capitán, en el Parque Nacional Yosemite —hazaña inmortalizada en el documental Free Solo—, el Taipei 101 presenta un obstáculo distinto: un diseño arquitectónico que Honnold define como “boxeadores de bambú”.
El Taipei 101 no es una torre lisa ni uniforme. Está formado por bloques apilados uno sobre otro, un diseño que recuerda a una pagoda, a un tallo de bambú —símbolo de fortaleza y continuidad en la cultura china— y también a las antiguas pilas de lingotes que se usaban como dinero. Visualmente es armónico; para un escalador, es todo lo contrario.
Cada uno de esos bloques introduce salientes, cambios de forma y pequeños techos que rompen el ritmo del ascenso. No hay una subida recta ni predecible: cada tramo obliga a detenerse, cambiar de posición, recalcular el equilibrio y volver a empezar.
Las figuras curvas representan para Honnold superficies irregulares y agarres inciertos, detalles que complican aún más una escalada sin cuerdas ni margen de error. La palabra clave es precisión. No hay momentos para relajarse. No hay lugar para improvisar.
“Hay un balcón cada ocho pisos, así que en muchos sentidos se siente como un largo de escalada. Es un esfuerzo duro durante casi 30 metros, luego un balcón. Otro esfuerzo duro durante casi 30 metros, y otro balcón. En muchos aspectos, eso es exactamente lo que se siente al escalar roca: escalar una longitud determinada y luego parar”, dijo a Tudum.
El evento marcará un hito adicional: Honnold será la primera persona en escalar el Taipei 101 en modalidad libre, sin ningún tipo de protección en su estructura exterior. Al final se trata de otro capítulo en una carrera construida sobre lo imposible por alguien que decidió no atarse nunca a nada.
¿Quién es Alex Honnold?
Alex Honnold nació en Sacramento, California, en 1985, y desde hace años camina —o mejor, escala— en los límites de lo posible. Es considerado uno de los mejores escaladores de roca de todos los tiempos, no solo por lo que hace, sino por cómo lo hace: con una calma casi incómoda frente al riesgo extremo.
En junio de 2017 logró una hazaña que reescribió la historia del deporte: escaló El Capitán, una pared vertical de casi 900 metros en el Parque Nacional Yosemite, sin cuerdas ni ningún tipo de protección. Free solo. Tres horas y 56 minutos de precisión absoluta. Esa escalada quedó inmortalizada en el documental Free Solo (2018), nominado a los Óscar y a los BAFTA, y convirtió su nombre en sinónimo de lo impensable.
Pero su legado va mucho más allá de una sola pared. Batió récords de velocidad en El Capitán, completó travesías alpinas de enorme dificultad y encabezó proyectos híbridos que combinan resistencia, carrera y escalada, como el Honnold Ultimate Red Rock Traverse. Cada proyecto parece empujar un poco más la frontera entre el cuerpo, la mente y la montaña.
En 2012, mientras vivía en una furgoneta en la que ni siquiera podía ponerse de pie, Honnold tomó otra decisión radical, esta vez lejos de la roca: donar un tercio de sus ingresos para apoyar proyectos de energía solar. Ese gesto sencillo se convirtió con el tiempo en la Honnold Foundation, dedicada a impulsar el acceso a energías limpias y la justicia climática.
Fiel a una vida de simplicidad y coherencia, empezó a moverse cada vez más en bicicleta, adoptó una dieta basada en plantas y pasó sus días de descanso leyendo sobre crisis climática, políticas energéticas y cambio sistémico. La misma disciplina que aplica en la pared la trasladó a su forma de habitar el mundo.
Meticuloso hasta el detalle, Alex registra cada noche las rutas que escala en una libreta que los escaladores llaman ticklist. Una lista, línea por línea, que no solo cuenta ascensos, sino una vida construida con foco, austeridad y una valentía poco común.
La hazaña en El Capitán
La magnitud de lo que hizo Honnold en Yosemite explica por qué cada nuevo anuncio suyo genera expectativa... y algo de vértigo. En 2017, el escalador completó el primer ascenso en solitario libre de El Capitán, una pared de granito casi vertical de más de 900 metros de altura, considerada una de las más imponentes y difíciles del mundo. Lo hizo por la ruta Freerider, una línea técnica que exige fuerza, precisión milimétrica y resistencia mental extrema.
Honnold no utilizó cuerdas, arneses ni ningún sistema de seguridad: un error, un resbalón o un agarre mal calculado y la hazaña habría terminado en una caída mortal. Su éxito fue el resultado de años de un estudio -casi obsesivo- de la pared: memorizó movimientos, apoyos y grietas. Como resultado logró completar el ascenso en 3 horas y 56 minutos, un tiempo que puede ser hasta recurrente en una escalada con protección, pero que en este caso tenía un peso mayor por haberse logrado bajo el riesgo absoluto del free solo.
Un año después, esa proeza quedó registrada en el documental Free Solo, que mostró no solo la escalada, sino también la preparación física y psicológica necesaria para enfrentar un desafío de ese nivel. La película -ganadora del Óscar a la Mejor Película Documental en 2019- dejó ver a un Honnold meticuloso, casi quirúrgico, que convirtió una pared de granito aparentemente imposible en una secuencia calculada de movimientos perfectos. Una danza milimétrica en un monolito vertical de más de 900 metros. Para muchos especialistas, ese ascenso es la mayor hazaña en la historia de la escalada deportiva.