25 Nov 2015 - 4:00 a. m.

Buque Monarch, el monarca del Caribe

Con un servicio de primera, el buque Monarch recorre cinco destinos de sol y playa con las comodidades de un resort y en medio de un paisaje único, que sólo ofrece el mar.

Germán Gómez Polo*

Mi contacto más cercano con un crucero había sido con Titanic, a través del cine, y con un cariño especial hacia esos dos que se amaban en la película, así como el que, seguramente, muchos siguen sintiendo. Los cartageneros vivimos de espaldas al mar. A él van los pescadores de La Boquilla, a veces llegan los jóvenes a jugar fútbol en la arena o en ocasiones una familia que escoge una carpa tambaleada por la brisa y bajo el sol para disfrutar de un fin de semana. Sin embargo, lo que está más adentro en ese inmenso Caribe, lo que se puede ver a bordo de un crucero, es desconocido para una gran mayoría de la población, esa de la que hago parte.

Eran las seis de la tarde del 24 de octubre y varios periodistas de Colombia, Argentina, Chile y Uruguay abordábamos al buque Monarch, de Pullmantur, en el puerto de Cartagena, para emprender un viaje de ocho días que nos llevaría a Curazao, Bonaire, Aruba y Colón —en un itinerario llamado “Antillas y Caribe Sur”— y nos regresaría de nuevo a La Heroica.

Lo que veríamos al salir hasta donde el agua choca con los cimientos sería impresionante. Un crucero enorme —aunque no el más grande— atracado en el muelle. Doce cubiertas, es decir, doce pisos; 268 metros de eslora, desde la proa hasta la popa, y 32 metros de ancho, con 1.193 camarotes para llevar a 2.766 pasajeros. Un gigantesco hotel en alta mar.

Entrada, ascensor, piso seis. Una habitación exterior con una pequeña ventana ovalada que miraba al mar, como para darse cuenta de que, en serio, nos estábamos moviendo por el Caribe. Quienes recién llegábamos debíamos dejar el equipaje de mano y subir a la cubierta del piso siete para realizar un breve simulacro sobre cómo actuar en caso de emergencias: tomar los salvavidas de los camarotes, formar y escuchar las instrucciones de la tripulación.

Partimos con un movimiento imperceptible. Fuimos dejando la bahía de Cartagena, pasamos por los edificios de Bocagrande y nos adentramos en la oscuridad. Ya a bordo la experiencia es otra cosa, con una tripulación nutrida de 34 nacionalidades que habla español, inglés y portugués, principalmente, y los idiomas de sus respectivos países. Es así como al llegar a la puerta de mi habitación me sonreía una mujer de Filipinas, en el bar nos atendían una colombiana y un brasileño, en la cena nos servía con amabilidad un hombre sencillo de la India y el barco lo dirigía un señor de Polonia, que se llamaba Arkadiusz Branka, cuyo nombre no hacía sino llevarme a las letras de García Márquez. Una multiculturalidad que desterritorializaba cualquier espacio del barco y lo dejaba sin fronteras.

Si hay algo que tiene este crucero, es que la tripulación brinda, sin mucho esfuerzo, una atención que lleva una amabilidad y una diligencia que no es común en otros lugares, como si la orden de arriba fuera hacer feliz a los pasajeros. Y seguro que lo es. Se siente en los restaurantes, donde la carta es variada y hay opciones para el más amante de las carnes o el más vegano; en la zona de la piscina, con una animación incansable; en cada presentación teatral, con músicos que afinan cuidadosamente y bailarines vigilantes de cada paso sobre la madera que hacen la puesta en escena con una categoría muy superior.

La primera estación es Curazao. Apenas se llega, el puente Reina Juliana, de 54,4 metros de alto, se impone en el paisaje, pero no alcanza a opacar su arquitectura llena de colores que forman su ya famosa postal. Se dispone de unas ocho horas, antes de tener que regresar al barco, para un pequeño recorrido por el lugar, comer algo típico, visitar sitios históricos o hacer algunas compras. En esta ocasión el sol no jugó a nuestro favor y se escondió entre nubes de lluvia.

Al siguiente día llegamos a Bonaire, un pequeño territorio holandés en el que, al igual que en Curazao, se habla papiamento y el agua es tan transparente que —aun al lado del barco— se ve el fondo. En realidad, la zona urbana se puede visitar muy rápidamente, sin embargo, lo que uno no debe dejar de disfrutar es su atractivo ecoturístico ni sus aguas para hacer esnórquel o tomar un poco de sol en alguno de los bares y restaurantes ubicados a lo largo de su costa.

La tercera parada es en una Aruba en la que desde la cubierta se aprecia el cambio drástico de tono de un mar que parece irreal: azul oscuro, azul más claro, turquesa. ¡Mi dushi! En esta isla, uno de los planes que no tiene pierde es realizar una expedición bajo el agua en el submarino Atlantis, para observar la barrera de corales, la cantidad de peces y los naufragios que reposan en el fondo a casi 50 metros. Puede costar unos US$100 para los adultos, pero es un submarino, y los vale.

Ya a pocos días de terminar la travesía, el Monarch atraca en Panamá, específicamente en Colón, una ciudad portuaria donde está la zona libre y en la que muchos artículos se pueden encontrar a precios relativamente bajos. Es un destino para comprar y es recomendable llevar unos dólares extras para los antojos. La otra opción es viajar una hora hasta Ciudad de Panamá, un poco más turística, y así conocer el canal y, si se organiza bien el itinerario, ver algunos barcos cruzando por las esclusas desde el océano Pacífico hasta el mar Caribe.

En todos los destinos los pasajeros tienen la posibilidad de realizar sus visitas de forma autónoma o comprar una excursión con el mismo crucero, una opción recomendable para quienes puedan sentir algún temor en lugares desconocidos.

Tras un día completo de navegación desde Panamá, en un trayecto en el que el movimiento del barco se siente más y muchos pueden sufrir un leve mareo, a las 10 de la mañana del sábado 31 de octubre ya se ve Cartagena en el horizonte. Y no sólo se ve, sino que se hace notar. La Heroica logra que se llenen las cubiertas de turistas con cámara en mano a la espera de las fortalezas en Bocachica y de la silueta de una ciudad que desde el mar se ve bastante mágica. Y no es porque haya nacido allá, es porque a unos cuantos kilómetros del puerto de Manga pasan embarcaciones más pequeñas al lado del buque, con champeta sonando duro y repletas de pasajeros que saludan al Monarch, como si se tratara de una entrada triunfal.

Ocho días navegando en el Caribe pueden ser tan maravillosos como cada quien se los proponga. Es una oportunidad para disfrutar de lo que nos pertenece y de lo que no nos cierra las puertas. Un paseo que, contrario a lo que muchos podrían pensar, no lleva la intención de romper el bolsillo.

*Invitación de Pullmantur.

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