26 Dec 2010 - 1:45 a. m.

Caballos en El Dique

Gustavo llevaba meses diciéndole a su hermano que lo iba a vencer, que el día que cumpliera años, el 24 de diciembre, se le iba a terminar su reinado de pacotilla.

Fernando Araújo Vélez

El día del duelo, pactado para las ocho de la mañana de una Navidad, casi ni durmió. Imaginó mil maneras diferentes de celebrar su victoria. Él con los brazos al viento y Aguardiente resoplando de felicidad, él con una mueca de provocación hacia su hermano, él y un grito que se escuchara hasta el mar, él, y el hipotético gesto noble de darle la mano al vencido y decirle buena carrera, muchacho, muy buena carrera. Al despertar, sus pulsaciones corrían a mil, como sus nervios. Hacía frío aún. Orlando se despertó como si nada. Aquel era un día más, ni mejor ni peor que los otros. Fue en busca de Mangoverde.

¿Listo?, preguntó Gustavo en la línea de partida. Orlando asintió con la cabeza. A la cuenta de tres, sentenció Gustavo. Bueno. Y contó uno, y contó dos, y contó tres. Los dos jinetes azotaron con sus varitas a los caballos en el anca. Aguardiente arrancó, como siempre, de primero, con un salto descomunal y un reguero de tierra tras de sí. Mangoverde se le pegó a la cola, un poco abierto hacia su derecha. Si lo dejaba ir demasiado, estaría perdido. Gustavo miraba hacia adelante, concentrado en no ilusionarse con la posibilidad cada vez más cercana y real de un triunfo, pero los árboles, los matorrales, el sol, el piso, las piedras, todo, se convertían en su mente en celebrantes cómplices de su hazaña.

Orlando lo tenía en la mira, a menos de 10 metros. Él, que también había diseñado su plan de carrera, estaba seguro de que en la mitad del camino empezaría a acortar distancias. Pasaron por un puentecito angosto, doblaron hacia la derecha y luego a la izquierda. Estaban justo en la mitad de los dos kilómetros de recorrido. Aguardiente seguía de primero, aunque su ventaja no era tan grande como Gustavo pretendía. Sin embargo, 200, 250 metros más adelante, mantenía la misma diferencia. Eran ocho o diez metros, seis u ocho. Cada vez que Mangoverde se acercaba, su contrincante pegaba un brinco que lo volvía a alejar.  Faltarían 100 metros para la meta, que era una casucha vacía a orillas del Canal del Dique que debía estar ahí desde los tiempos de don Pedro de Heredia, cuando alguien que ni Orlando ni Gustavo alcanzaron a ver abrió un portón escondido detrás de una Ceiba, y del portón brotaron cientos de vacas y toros y terneros y caballos que se mezclaron entre Aguardiente y Mangoverde, obligándolos a desviarse y a perderse entre ellos y el polvo que habían levantado. Los caballos relincharon, las vacas mugieron. Todo ocurrió en menos de 60 segundos. Gustavo veía a su hermano a lo lejos, rodeado de animales, con el sombrero en la mano. Una y mil veces lo agitó, igual que él, para espantar a los intrusos. Lo miraba abrir y cerrar la boca, también como él. Dibujaba gritos que no se escuchaban, groserías. Él intentaba acercársele, perseguido por la ira. Sacaba los pies de los estribos para patear las cabezas y las colas de lo que se encontraba. Nada parecía moverse. Maldecía, chillaba. Sudaba. Lloraba. De pronto, el aluvión de patas que le había robado la gloria desapareció. Todo fue silencio. A seis cuerpos estaba Orlando, y él lo vio reírse, lo vio espolear con sus talones el vientre de Mangoverde para que corcoveara. Los vio a los dos reírse de él.

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