4 Jul 2020 - 7:57 p. m.

¿Cómo es viajar en tiempos del coronavirus?

La argentina Milagros Prudente es una de las turistas que hizo parte de los primeros viajeros post- lockdown en Europa, en un viaje a Praga desde Berlín. El kit indispensable: tapabocas y alcohol.

Mientras que hace unos meses las principales noticias del sector turismo eran los cierres de fronteras, hoteles, museos, atracciones mundiales y aeropuertos, ahora, y aunque no se ha superado la pandemia, decenas de países del mundo han reabierto sus puertas a los turistas internacionales.

Sin embargo, las noticias de las millonarias pérdidas continúan. La introducción casi universal de las restricciones de viaje por la pandemia provocó una caída del 97 % en las llegadas de turistas internacionales, luego de una disminución del 55 % en marzo, según cifras de la Organización Mundial de Turismo (OMT).

Pero, en la medida que los países alrededor del mundo logran hacerle frente y controlar la actual pandemia, se va poniendo en primer plano la necesidad de reactivar la economía y para eso se recurre a los sectores que más la dinamizan y uno de los principales es el turismo, el cual de acuerdo con cifras del Consejo Mundial de Viajes y Turismo (WTTC), representa el 10,3 % del PIB y genera uno de cada diez empleos en el mundo.

Si bien, la reapertura en cada país va a una velocidad distinta, es importante que cada uno estructure los protocolos de seguridad y sanidad, y establezca el momento indicado para abrir las puertas a los turistas, teniendo como prioridad la protección de las personas. Sin olvidar, que viajando responsablemente, contribuimos con la economía de cientos de familias que viven del turismo en todo el mundo.

Esta es la historia de la argentina Milagros Prudente, @milagrosprudente, una de las turistas que hizo parte de los primeros viajeros post- lockdown en Europa.

Así es viajar en la “nueva normalidad”

Un kit de aventura muy especial: seis tapabocas de tela, alcohol en gel en los compartimentos de las mochilas y los documentos con los tickets a mano.

Estaba todo chequeado desde las páginas oficiales del gobierno checo, pero, aun así, no podía dejar de dudar: ¿nos dejarían pasar? Soy argentina y ciudadana italiana, y mi pase mágico para viajar en pandemia fue residir en Alemania. En junio eran pocos los países que habían abierto sus fronteras, pero en todas las listas, Alemania siempre estuvo beneficiada. Decidimos entonces, con mi pareja, aprovechar el privilegio.

Así empezamos nuestro viaje el 18 de junio, en un tren desde Berlín, a lo largo del río Elba, con destino a Praga. Lo más esterilizados posible, con más miedo a infringir reglas que a contagiarnos del virus.

No conocíamos a nadie que ya hubiera salido de Alemania por turismo. Nos dimos cuenta que seríamos parte de la primera ola de turismo post- lockdown. Teníamos muchas dudas sobre cómo sería todo, pero, sobre todo, si nos preguntarían, o no, si nuestro viaje había sido por razones esenciales.

Abordamos, nadie nos preguntó nada, no nos pidieron más que los boletos en el tren.

Una voz por el parlante del tren nos agradece por guardar distancia de los demás pasajeros, pero debo decirlo, es muy fácil tenerla habiendo tan pocos pasajeros.

El tren arrancó y miré a mi pareja riéndome: ¡había menos gente que en el tren que tomo a diario para ir al trabajo!

Finalmente, llegando a Praga, seguimos sonriendo y respiramos, nos quedó claro que nadie iba a venir a chequear quienes éramos, dónde vivíamos o de donde veníamos. Pero el shock fue más impresionante cuando nos bajamos del tren y vimos a la gente, en la calle, sin tapabocas. Eso nos hizo viajar en el tiempo, a los tiempos donde la COVID-19 no es protagonista. Eso sí, en transporte público todos con las mascarillas puestas. Nadie quiere contagiarse, o pagar una multa.

Llegando al hotel, en la recepción, nos esperaban nuestras llaves junto con un cartel que decía: “Por favor desinfectarse las manos al entrar”. Un hotel, en otra ciudad, en otro país, la ilusión ya era una realidad.

Noches calurosas, calles con gente paseando, terrazas llenas e interiores vacíos. Más tarde nos enteramos que después de las 11:00 de la noche solo podían abrir los lugares de comida que tuvieran terraza, y, aun así, muchos igual cerraban.

La camarera del café donde desayunábamos en las mañanas, nos dijo una frase ya escuchada: “no hay suficientes clientes para abrir doble turno”.

Llegamos al Castillo de Praga, donde, no se puede entrar sin mascarilla a ninguna atracción. La entrada principal es gratuita, para entrar al circuito uno, en cambio, hay que pagar, pero todo vale la pena por ver tantas catedrales, museos y torres, todos hacen parte del complejo del Castillo.

Se me empañaban los anteojos mirando la pintura de las Mininas, en el Palacio Lobkowicz. No paraba de suspirar, entre la limpieza de las calles y la belleza de la arquitectura: que lujo, majestuosidad y elegancia.

El Castillo y el Puente de San Carlos parecían desnudos sin gente. La experiencia no podía ser más íntima y cercana a la cultura, estábamos agradecidos. Ese era el aire que se respiraba. La belleza de Praga encontraba ahora una intimidad antes inimaginable.

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Frente al Reloj Astronómico de Praga, el reloj medieval más famoso del mundo, esperábamos no más de 20 turistas el desfile de los doce apóstoles, que se produce cada vez que el reloj marca las horas. Espléndido.

Paramos a comer. La misma energía se repetía: todos los trabajadores de restaurantes y cafés mostraban su gratitud con su buena atención. Han sido tiempos difíciles para todos.

También fuimos al encuentro de un Free Walking Tour. Hicimos una caminata inolvidable por el centro histórico. La capital de República Checa, la ciudad de las cien torres, monumento de la Unesco, es una de las más visitas a nivel mundial, por eso, de pronto, nuestra guía que no paraba de recordarnos lo afortunados que éramos de ver Praga con los precios tan bajos y tan poca gente.

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Éramos su primer tour formalmente después de la cuarentena. “Difundan que estamos abiertos, por favor”, nos dijo Amanda, nuestra guía, quién también nos contó que el bono que les ofreció el gobierno alcanzaba para poco más que la renta y que por eso estaba agradecida de reanudar actividades.

Hicimos todo lo que quisimos y más. También gastamos menos y vimos menos gente que la que vemos a diario en Berlín.

Ser parte de la primera ola de turistas, después del Lockdown, no sólo me pareció seguro, sino que también lo vi como una necesidad para volver a reanudar la actividad del sector turístico en general, que genera tantos empleos y contribuye con el desarrollo económico de tantos países.

Este momento es histórico, mi novio y yo fuimos parte de él, responsables, y sin arrepentimientos. Fue un primer paso a la “nueva normalidad” de la que tanto están hablando.

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