1 Oct 2019 - 5:53 p. m.

Cuando la comida es sabrosura en Cartagena

“Buscamos tener un restaurante tranquilo en una ciudad donde la gente viene al mar y a relajarse. Aquí te acuerdas de la buena vida que llevas en el Caribe”.

Pedro Mendoza / Cartagena

La comida estaba servida, los platos de colores matizaban el ambiente de una casa perfectamente adecuada para la buena vida del centro histórico de la heroica.

En la mesa, combinación de sabores del Caribe junto con la tradición cartagenera.

Gabi Arenas se sienta a la derecha, su hijo José esta al lado. ¿Explícame cómo es eso de la gastronomía y los restaurantes cuando todo el país te conoce como una gran diseñadora de cueros? Con una gran sonrisa me dice que todo se lo debe a sus tres hijos, Guillermo, Alberto y Jose Augusto, quienes se fueron al exterior y luego volvieron con nuevas ideas y una de ellas la comida.

“Yo les había dicho que el último negocio que tendría en mi vida sería un restaurante, a mí se me quema hasta el agua” le dice a El Espectador esta empresaria que logró realizar un primer sueño con el restaurante Candé, el cual se caracteriza por tener la comida 100 % cartagenera. “Se necesitaba un restaurante insigne que mostrara todo, la cultura, las costumbres, las personas con su gastronomía y las danzas”.

La historia empezó con sus tres hijos, doce años atrás, hasta cuando el local abrió, “el universo y el cosmo se unió. Ya son varios años con Candé, afirma Gabi.

Llega a la mesa un plato de Caracoles al Coco, están “gratinados en una salsa semi dulce de coco y jengibre con patacones de plátano popocho” dice Jose, su hijo menor, que junto con su mamá y sus hermanos conformaron el Grupo Empresarial Llamas Arenas -GELA- que acaba de abrir su restaurante: Buena Vida, Marisquería Caribeña & Rooftop.

Están muy satisfechos de su nuevo proyecto, ubicado en una esquina del centro histórico, al lado de la Universidad de Cartagena, donde García Márquez estudió en la Facultad de Derecho.

El Nobel, como dice el Centro Gabo, sabía de sabores, arepa de huevo y el arroz con coco. “Uno pasaba por las calles a las tres de la tarde y oía el ruido que hacía el rayador del coco en todos los patios”.

De estas y muchas otras tradiciones sí que sabe el hijo menor de Gabi, Jose, que sin ser chef aprendió del oficio de organizar la industria de los restaurantes, estudió contaduría en Estados Unidos, donde pasaba mucho tiempo en restaurantes. Le gusta más contar olores, sabores, gustos y colores en los platos y estar atento a las finanzas. Se devolvió porque “sintió el llamado de su familia, de su ciudad”.

El sitio es una bella casa antigua remodelada con una vajilla marcada. Siempre en las mesas hay unas botellas de vidrio grueso, antiguo, donde se sirve el agua. Se puede pedir un vino francés o los peruanos que están de moda. Jose dice: “los extranjeros no vienen a buscar más de lo mismo”. Se refiere a que ellos ofrecen lo diferente, una carta de comida cartagenera y caribeña y un sitio en el que “buscamos tener un restaurante tranquilo en una ciudad donde la gente viene al mar y a relajarse. Aquí te acuerdas de la buena vida que llevas en el caribe”.

El lugar es fresco con la “sabrosura” del mar, sin manteles pero “sin olvidar el buen servicio”, sostiene este joven gerente. “Mi mamá fue la de la gran idea, después llegaron los otros a aportarle”.

En el primer piso, Yajaira, una morena con un delantal de color café decorado con hojas verdes habla con una joven extranjera y su acompañante, les explica el plato que acaba de traer, tortillas de harina fritas rellena de un guiso de toyo fresco, un tiburón pequeño, suero, crema de aguacate y el tradicional queso costeño rallado. “Te das cuenta, eso es lo que la gente le gusta, lo de nosotros, lo de esta ciudad”, dice Gabi mientras me entrega la carta del restaurante.

Y es que tener comida cartagenera es el diferenciador en una ciudad en donde la cocina presenta diversas fusiones, muchos restaurantes con gustos españoles, mexicanos, peruanos, libaneses, árabes entre otros, pero muy pocos con comida típica del Caribe y la ciudad. Además, trabajan con productos que cuidan el medio ambiente.

Hablamos de los más de 616.000 visitantes que trajeron los cruceros a la ciudad en la temporada 2018-2019, un estudio de la Business Research and Economic Advisors, calcula que cada turista de cruceros gasta en Cartagena en promedio 122,43 dólares. Sin embargo, me dice que además de esos turistas, los que llegan en avión u otro medio en su restaurante hay muchos comensales cartageneros.

“Me da mucho orgullo ver en Buena Vida, que quienes están comiendo aquí son de mí ciudad junto con los turistas, eso me encanta”, dice Gabi, quien me habla de la importancia de sus empleados. Todos se capacitan en el servicio, el conocimiento del producto y la disciplina, la gran mayoría de sus equipos de trabajo se han formado en el oficio. “De verdad, de verdad en el grupo GELA nos encanta generar trabajo no nos da miedo”.

Se hace tarde luego del postre y un café, Gabi debe ir a a su tienda de marroquineria, no te olvides me dice: “ ¡Ajá! empezó la sabrosura de la buena vida, realmente toda la gente del Caribe es gente con sabrosura. Desde que tú llegas la decoración es una sabrosura, cuando te traen la comida es una tremenda sabrosura, cuando escuchas es sabrosura, tú no te quieres ir porque estás sabroso”.

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