26 Aug 2015 - 3:42 a. m.

Curazao, para vivir y contar

A menos de dos horas de Bogotá, una isla de tonos intensos, vibrantes atardeceres y gente sonriente sorprende con su centro histórico declarado Patrimonio de la Humanidad. Conozca los planes y la cultura del corazón azul del Caribe.

Marcela Díaz Sandoval *

Querido lector: si es de los que cuando emprende un viaje espera divisar minutos antes del aterrizaje un mar azul cristalino, que baña una playa de arena blanca y muchos colores provenientes de la arquitectura del lugar, Curazao es para usted. Algunos lo definen como uno de los secretos mejor guardados del Caribe, otros como un paraíso en medio del océano y están quienes lo consideran un destino extraordinario por su patrimonio histórico. Y sí, la isla de los vibrantes atardeceres es todo eso pero también diversión, cultura y romanticismo.

Está ubicada en el sur del mar Caribe, es un territorio autónomo de los Países Bajos y pertenece al grupo de las islas ABC: Aruba, Bonaire y Curazao. Pero tranquilo, sin importar su nacionalidad los habitantes lo harán sentirse como en casa. Hablan español, holandés, inglés y papiamento, su lengua nativa, una mezcla entre africano, español, holandés, francés, portugués, inglés y arhuaco. Prestando un poco de atención no será tan difícil entenderles.

¿Por dónde empiezo a contarles de Curazao? Esta pregunta ha rondado en mi cabeza desde que aterricé y la respuesta es muy sencilla. De un destino lo primero que se quiere conocer es la gastronomía, seguido por los planes, los lugares imperdibles, el hospedaje, el clima y de ahí en adelante, todo. Así que empezaré en orden. Debido a que la mayoría de productos son importados, la comida de la isla goza de una gran variedad de ingredientes europeos y americanos. La recomendación para probar platos autóctonos es visitar el mercado viejo donde el menú incluye: estofado de cabrito, de carne, de gallina, arroz de mariscos y sopa de giambo.

Pero si se trata de comer algo durante una caminata por las plazas, las opciones van desde los kala (el pasaboca más antiguo de Curazao hecho a base de fríjol), los típicos batidos colombianos con sabores a papaya, sandía, borojó, guanábana, níspero, parchita y otras frutas que se venden en pequeños quioscos, hasta las cocadas y la tentalaria, los dulces tradicionales.

El centro de la isla, declarado por la Unesco Patrimonio de la Humanidad, está dividido en dos: Punda, en el este, y Otrobanda en el oeste. Basta con cruzar el puente flotante Queen Emma para sentirse en un pueblo provincial del siglo XVII, de calles estrechas, rodeado de antiguos y coloniales edificios, parques, reconocidas tiendas de marca y almacenes de souvenirs. Cuentan sus habitantes que la razón por la cual todas las casas tienen sus fachadas de colores es porque hace años un gobernador dio la orden de pintarlas. El blanco era demasiado agresivo para los ojos.

Estando aquí, los planes son más bien culturales. Los mercados se convierten en un atractivo imperdible si lo que se quiere es experimentar algo de la cotidianidad. Venezolanos y haitianos exhiben sus mercancías. Fruta fresca, vegetales y pescado están a la orden del día. No es raro ir tomando, bajo los 29°C, agua de coco o jugos tropicales mientras pasa una “chiva rumbera”. A pocas cuadras del ruido está la sinagoga Mikve Israel-Emanuel, la más antigua de ese lado de la isla. Unos minutos de silencio y tranquilidad relajan el cuerpo.

Curazao cuenta con su propia fábrica de licor, emblema de la isla por ser el ron azul uno de los pocos productos elaborados por los curazoleños, un plan que sin duda es imperdible tanto como la visita al Acuario, en donde delfines, flamingos, tiburones, focas y rayas, entre otras especies del mundo marino, son protagonistas. Vale la pena destacar que aquí está instalado uno de los centros de terapia e investigación con delfines más importantes, en el que se ofrecen terapia asistida y programas de rehabilitación a menores de edad con autismo o síndrome de Down.

Curazao, la isla del sol, también es llamada el corazón azul del Caribe y lo es por sus innumerables, claras y pintorescas aguas. Uno de los sitios imperdibles para disfrutarlas es playa Kenepa; tranquila, pequeña e ideal para hacer buceo, snorkel, kayak o recorridos en bote. Un escenario totalmente opuesto se encuentra en el Parque Nacional Shete Boka, donde las olas blancas rompen contra una gruta subterránea generando impactantes sonidos e imágenes. El plan es mirar desde las terrazas de piedra las inolvidables postales.

No se puede ir de Curazao sin conocer la historia que guarda el Museo Kura Hulanda, un viejo barrio convertido en hotel que preserva la arquitectura holandesa de los siglos XVII y XVIII. Un recorrido con guía le permitirá entender con lujo de detalles cómo fue la comercialización de los esclavos.

De manera innegable, esta isla es diversa, variada y apetecible, lo es con los planes de entretenimiento que ofrece y con el abanico de posibilidades que brinda para hospedarse. Será cuestión de gustos y de presupuesto elegir entre un hotel cinco estrellas como el Santa Bárbara Resort, el más grande de la isla, el Hotel Ávila, con 66 años de servicio, un Marriott Beach Resort a la vanguardia o un Kura Hulanda Village & Spa lleno de historia. Pero si de algo se puede estar seguro es que sin importar el alojamiento, los habitantes lo van a recibir con una gran sonrisa, una charla de bienvenida y por qué no, un caluroso abrazo. Y es que así son ellos: sencillos, cercanos y familiares.

*Invitación de la Oficina de Turismo de Curazao.

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