Turismo

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3 Sep 2022 - 4:35 p. m.

De travesía por el río Meta

Durante tres días, más de 50 navíos, entre embarcaciones y motos acuáticas, recorrieron el río Meta entre Puerto López y Orocué. Uno de los participantes comparte lo que fue su experiencia en esta mezcla de turismo y deporte.

Juan Daniel Sánchez Arbouin, especial para El Espectador

La caravana de botes recorre el río Meta durante la travesía desde Puerto López hasta Orocué.
La caravana de botes recorre el río Meta durante la travesía desde Puerto López hasta Orocué.
Foto: Juan Daniel Sánchez Arbouin

Luego de llevar las lanchas por carretera, disfrutando de pintorescos paisajes, desde el Sisga, Cundinamarca, hasta Puerto López, Meta, el 11 de agosto de 2022 atravesamos en planchón por el río Meta las lanchas que al día siguiente surcaríamos navegando en el paso de Cabuyaro.

Entre más de 50 navíos participantes, tres lanchas del equipo Arbouin se disponían a hacer la travesía por el Meta. El 12 de agosto, luego de ponerlas a navegar, nos embarcamos y empezamos la tarea.

A menos de 15 kilómetros de la salida, los bajos del río exigían la destreza de los capitanes y el rigor de los embates empezaron a marcar límites en la capacidad de navegación de algunas embarcaciones.

La corriente fuerte hacía difícil acercarse a ayudar sin que el río cobrara más emplayados. Pero la solidaridad hace que cualquier problema sea solucionable. El ánimo de los equipos se mantiene súper alto, aunque uno de los navíos ya presenta problemas con el sistema de levante del motor, tan necesario para la navegación en los ríos pandos.

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Otros botes de la caravana tienen afectaciones en la trasmisión o en los sistemas de refrigeración, taponados por el barro y la taruya (pedazos de residuos vegetales, pasto, buchón, ramas, etc.).

Cabuyaro nos espera con gasolina, bailes, mecánicos y algunas cositas más.

Salimos después de un delicioso pescado y nos embarcamos rumbo a Puerto Gaitán.

La falta del elevador del motor nos exigía toda la atención porque los bajos del río no daban tregua.

Al agua patos, varias veces, recitó el capitán para levantar la lancha y lograr pasar los apuros de los bajos. El equipo, sólido, demandó todas las energías que solo fueron recargadas con la gran belleza del atardecer y el cálido aparecer de la luna que nos llenaba de ánimo.

Llegamos a Puerto Gaitán navegando en la noche y sumando una gran experiencia para todas la tripulaciones.

Amaneció el sábado 13 de agosto y al río.

Ya habiendo recuperado totalmente la navegabilidad de los botes, la navegación volvió a ser fácil, permitiendo que nos dedicáramos a placeres más mundanos.

El río nos acogió con grandeza, pudiendo nadar y gozar de paisajes y avistamiento de fauna y flora espectaculares. La unión con la caravana de lanchas nos dejó compartir un gran momento de relajamiento o “relajo” y pudimos tomarla suave y llegar un poco enfiestados a Orocué. Un gran recibimiento, con joropo y calidez, dejó algunos navegantes bailarines al borde del calambre.

Amaneció el domingo 14 de agosto y el agua hizo poderosa presencia; llovía a cántaros y, aunque la salida de la etapa se retrasó una hora y media, el agua siguió presente y nos obligó a simplemente ignorarla.

Las gotas, como dardos, calan en la piel y ver cuesta el doble de trabajo.

En la entrada a Santa Rosalía, paramos a esperar al resto de la caravana de lanchas y tuvimos la oportunidad de aprender un poco de la familia que vivía al borde del río. El padre caleño, de unos 40 años, la mujer paisa, de unos veinticinco, y una bebecita santarosaliana, que con sus dos añitos nos empezaba a conquistar.

Entre los tres no sumaban 100 kilos, y en sus pieles las marcas del hambre y de la dura lucha por la supervivencia tocaron fuerte nuestros corazones. Con su gran dulzura y animosidad nos dejaron llenos de alegría, conciencia y felicidad.

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Llegamos a Santa Rosalía y la banda del pueblo nos dio la bienvenida. Joropo, danzas nativas y por supuesto ternera a la llanera acompañaron la muestra artística y artesanal de la zona.

El disfrute pleno de algunos niños cincuentones, paseando más niños de todas las edades en las lanchas, llenaba de gritos y alegría ese inmenso muelle.

Luego de bajarse, los niños recibieron la purificación del gran río, brindado por el campeón mundial de carreras de lanchas en río, quien al sacar el nivel del motor y acelerar a fondo bañó en bautizo colectivo a todos los pequeñines que perseguían el agua a lo largo del muelle.

En la tarde, tomamos rumbo nuevamente hacia Orocué, donde pudimos disfrutar la salida magistral de la luna, mientras alistábamos los botes para la siguiente jornada. El agotamiento no dio campo para nada más.

El lunes 15 de agosto, empezamos la danza de la gasolina desde las seis de la mañana, logrando zarpar un poco antes de las 9 am, luego de un rico desayuno orocueceño.

Nos reabastecimos de gasolina en San Miguel y luego en Cabuyaro, en una mañana sin contratiempos. Pasamos por las bocas del Manacacías antes del mediodía, logrando disipar las dudas de si sacábamos las lanchas en Puerto Gaitán.

La gran mayoría de lanchas y motos llegaron a Puerto Gaitán como destino final.

Algunos pocos seguimos rumbo a Puerto López, pero luego de tanquear con pimpinas, a bordo en río, el agua y el mugre en las gasolinas hacían intermitente la navegación. El almuerzo se barajó y tocó mecatear en las lanchas para no perder tiempo.

La noche asomaba, el destino estaba lejos y la navegabilidad del río en este tramo es la más exigente.

Salimos de Cabuyaro cerca de las cinco de la tarde y la solidaridad volvió a hacerse presente. Quien tenía la ruta marcada en su GPS engrandeció al departamento de Boyacá esperándonos en Cabuyaro para poder seguirlo y no padecer encallados en los bajos.

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El líder, con gran destreza, marcaba el paso y la ruta era seguida por el resto de navegantes al milímetro. Todas las lanchas en juiciosa fila india danzaban en rítmico silencio, cada una, un compás más atrás de la otra.

Al atardecer los arreboles que nos emocionaban le hacian contrapeso a los nervios que se tensaban al ir perdiendo la visibilidad.

Las luces de navegación fueron opacando los tonos púrpura y la noche nos abrazó, dejándonos en manos de la tecnología y la buena onda de los navegantes.

El cauce se va cerrando al acercarse a Puerto López, el acceso al pueblo es angosto y turbulento y la oscuridad hace que la cercanía de las lanchas deba estar al límite, con el riesgo de encaramársele al de adelante.

Por fin apareció el embarcadero y logramos hacer tierra sanos y salvos con el espíritu recargado y los cuerpos absolutamente exhaustos.

El 16 de agosto retornamos a nuestros lugares de origen con las lanchas remolcadas y vacias y nosotros llenos de felicidad.

Un abrazo a toda la familia de navegantes y a las personas que pudimos conocer en el camino dejándonos tocado el corazón.

Nos encontraremos en una próxima aventura.

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