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Del tabaco al ron: un viaje por el alma del norte de República Dominicana

Lejos del azul intenso de las aguas de Punta Cana, la región del Cibao transcurre entre montañas, hojas de tabaco, barricas de ron y calles llenas de historia.

Andrés Montes Alba

02 de septiembre de 2026 - 01:38 p. m.
No hay mejor maridaje para un cigarro dominicano que el ron.
Foto: Cortesía MINTUR
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En Latinoamérica existe la particularidad que un país puede ser muchos países en sí mismo. Y este viaje por el norte de República Dominicana está un poco lejos de esa imagen de playas y mar Caribe. El norte es el brazo industrial de la isla, en especial la región del Cibao, y su capital, Santiago de los Caballeros, es la mejor forma de ingresar a esta parte del país que, vista desde el aire, dista mucho de esas famosas playas de Punta Cana y el intenso azul de sus aguas. Acá son montañas brumosas, de extensos verdes, y con ese ritmo de las grandes metrópolis. La conexión de Copa Airlines, con escala en Panamá, es la mejor forma de llegar desde Bogotá.

Ya en Santiago, como ciudad, se abarca desde diferentes ámbitos, uno de ellos es el turismo médico, donde las cirugías estéticas han ganado espacio y junto al tabaco y el ron, son las principales razones de quienes visitan la segunda ciudad más poblada de la isla, después de la capital Santo Domingo. Además de algunas actividades de turismo de naturaleza como los famosos 27 charcos de Damajagua, un conjunto de cascadas y pozos naturales donde los túneles naturales y saltos de más de cinco metros de altura son ideales para quienes aman este tipo de planes junto a la naturaleza.

El tabaco está muy ligado a esa historia de Santiago y del norte del país. La palabra tabaco en taíno hace referencia a la horqueta que es utilizada para colocar el tabaco, una imagen similar a la de unos dedos sosteniendo el cigarro. Un tour por la ruta del tabaco, en especial por La Aurora Cigars, es quizá mejor forma de entender la importancia de esta industria.

La planta de tabaco llegó de Europa después del encuentro entre el Viejo y el Nuevo Mundo y, con el tiempo, la corona española convirtió su comercio en una actividad de importancia. Ya para comienzos del siglo XIX, España era uno de los principales destinos del tabaco que salía de la región del Cibao.

Pero detrás de un puro hay mucho más que una hoja enrollada. El proceso comienza desde la semilla y continúa en la selección, el secado y la fermentación de las hojas. Durante este último proceso pueden aparecer aromas fuertes, incluso similares al amoniaco. Después entre ocho y doce meses, las hojas alcanzan las condiciones necesarias para ser fumadas. El tabaco, además, tiene propiedades higroscópicas (absorbe humedad y características del ambiente que lo rodea) por lo que las condiciones climáticas terminan formando parte de su carácter.

El clima también determina los tiempos del cultivo. En esta parte del Caribe, el invierno agrícola coincide prácticamente con lo que en otras latitudes es verano.

La construcción del sabor es, en buena medida, un ejercicio de equilibrio. El viso (la parte media) ayuda a balancear el carácter del cigarro y permite crear diferentes combinaciones y experiencias. Incluso el anillo del cigarro puede modificar la manera en que se perciben sus características. La glucosa presente en la hoja contribuye a ese perfil dulce, mientras que los procesos desarrollados por los pueblos taínos forman parte de una tradición que antecede a la industria moderna. Antes de que existiera el cigarro como se conoce hoy, también se consumía la hoja en polvo.

Hay una diferencia importante entre un puro y un cigarro. Un puro corresponde a un producto de un solo origen, mientras que el cigarro puede ser una mezcla de tabacos procedentes de distintos lugares. Esa combinación permite modificar el carácter final y construir perfiles de sabor diferentes. Es común en República Dominicana que se use hojas de tabaco de Honduras, en especial, de la zona volcánica, lo que según afirman, le da un sabor picante al momento de calar el tabaco.

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Ya sea bocanada a bocanada, en un lounge de tabaco, o en la sala de una hacienda dominicana, no hay mejor maridaje para un cigarro dominicano que el ron. Este licor es la muestra del alma del dominicano. Es el protagonista, desde hace mucho tiempo, de las conversaciones, las reuniones entre amigos o de los soleados domingos en la tarde.

El ron es el licor de mostrar a los miles de turistas que recibe la isla. Y en especial si es Brugal, el más prestigioso. Esta casa destilera, en 2008, luego de ser seleccionada entre las 50 mejores bebidas espirituosas, fue comprado por Edrington Group, el grupo escocés dueño de The Macallan, y de otros licores premium del mundo.

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La historia del ron también es la historia de República Dominicana. En el caso de Brugal, su fundador nació en Sitges, España, una localidad vinculada históricamente al tránsito marítimo. Antes de consolidar su negocio en el Caribe, adquirió experiencia en actividades agrícolas y comerciales, entre ellas plantaciones de café, cacao y caña de azúcar, además de un negocio de abarrotes. Todos negocios que fueron creciendo en la isla. Esa mezcla de productos, rutas y conocimientos terminó formando parte de una tradición que se desarrollaría en República Dominicana y que hoy se puede apreciar en su destilería en Puerto Plata donde un tour por sus barricas y una cata guiada son la mejor manera de entender este proceso.

En el Caribe, además, el clima modifica los tiempos. Las temperaturas más altas aceleran la interacción entre el líquido y la madera, haciendo que las moléculas evolucionen con mayor rapidez. Condiciones que hacen de esta isla del Caribe algo especial. Así como Escocia tiene su ruta de whisky, esta quizá es el mejor símil para entender, probar y degustar de una bebida que de la mano de Brugal ha logrado transformarse al punto de sacar ediciones de colección, que se comercializan en miles de dólares.

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El norte dominicano hoy está en la búsqueda de recuperar y proyectar una nueva imagen dentro del turismo internacional. Los guías repiten una frase con fervor: “Todo comenzó por aquí”. Y basta recorrer sus calles, escuchar su particular slang caribeño y detenerse en el ritmo cotidiano para entender que, más que una consigna turística, la frase habla de una zona que conserva una parte importante de la memoria de la isla.

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