17 Feb 2010 - 4:07 a. m.

Desde Colombia a Suramérica

Recorrido de Bogotá hasta La Paz, en Bolivia. Primera entrega.

Antonio Alarcón

Para un colombiano común que ha permanecido su vida entera dentro del territorio nacional, salir por primera vez del país es mucho más que timbrar el pasaporte, tomar un avión y aterrizar en un mundo completamente distinto al suyo. Por esa razón, el recorrido a través de algunos países suramericanos que quedará impreso en estas páginas, como en la memoria de cada uno de los viajeros y lectores, es una aventura que día a día y palabra por palabra, exhibe la bella experiencia de viajar por una parte de nuestro continente.

Partiendo de Bogotá y teniendo como última llegada La Paz, ciudad capital boliviana, cruzando las calles, pueblos y carreteras del sur de Colombia, la riqueza turística de la nación vecina de Ecuador, los desiertos, playas, despojos arquitectónicos e islas incrustadas en el medio del lago Titicaca en Perú, con tan sólo una maleta repleta de ropa y un manojo de expectativas en el bolsillo, inicié una maratónica carrera que terminó veintitrés días después.

El primer capítulo se escribió en el aeropuerto El Dorado rumbo a la ciudad de Pereira, allí tomamos un bus hasta Santa Rosa de Cabal, en donde un buen plato de chorizo santarrosano y el cálido servicio de su gente esperan por visitantes. Una parada técnica para saludar familiares y amigos de una región reconocida por su gastronomía y aguas termales.

Al día siguiente, pasamos por la Basílica de Buga, municipio del Valle del Cauca, a dos horas de Cali. Un templo religioso de gran porte y talla que recibe multitudes provenientes de todo el país que llegan a rezar a los pies del Señor Caído de los Milagros. De vuelta, en Santa Rosa, disfrutamos del calor de hogar, que días más tarde añoramos  a kilómetros de distancia. Una noche de descanso es suficiente para partir a la Ciudad Blanca de Colombia.

Pasando por la terminal de transportes de Cali, punto de encuentro con otro grupo de viajeros, arribamos a Popayán y tras unas horas de tranquilidad recorriendo las aceras empedradas, nos topamos con cientos de historias, porque Popayán es mucho más que la Semana Santa, sin robarle el valor e importancia que esta celebración merece. Es el Parque Caldas, el Puente del Humilladero, el Pueblito Patojo, La Ermita, Belén, un sinfín de iglesias en cada calle y, desde luego, los tamales y las empanaditas de pipián. Un lugar de ensueño alumbrado con farolitos que descubren una ciudad romántica y que nos daba ruta para salir hacia San Juan de Pasto, con su Carnaval de Negros y Blancos, en el departamento de Nariño, y a seis horas de viaje en bus.

En esta festividad todos se visten con ropa vieja y desgastada, salen a la calle armados con harina, témperas de colores y carioca —espuma envasada en un frasco que dispara a presión— para disfrutar junto a paisanos y turistas una jornada de música tradicional y jolgorio en donde lo necesario es la  buena actitud.

Al caer la noche, cuando el frío apremia, lo mejor es visitar Las Peñas, donde agrupaciones de música andina y una jarra de guayusa caliente prenden la fiesta y ponen a bailar a todos. El hospedaje en San Juan de Pasto es relativamente fácil de conseguir y varía desde hostales con cómodos precios hasta hoteles con gran reconocimiento en la región.

A dos horas y media de la capital nariñense está Ipiales, ciudad que revela un atractivo turístico único y que está ubicado a tan sólo 10 minutos del centro metropolitano: el Santuario de Las Lajas, prominente construcción empotrada sobre el cañón del Guaítara, considerada como una maravilla nacional. Para llegar, hay que caminar por una calzada de piedra que en cada curva cuenta su historia y la de miles de peregrinos que han llegado para rendirle una plegaria a la Virgen, esa misma que nos esperaba dentro del templo. El transporte que lo lleva se puede conseguir fácilmente en la terminal  de Ipiales, donde también se parte hasta Rumichaca, el último tramo dentro del territorio nacional, a 10 minutos de distancia.

Ya, en la oficina de migración, a tan sólo unos metros del Puente Internacional Rumichaca, donde se separan las dos naciones, aparece un letrero gigante que da la bienvenida al país vecino, el ritmo cardíaco aumenta y una descarga de adrenalina recorre la humanidad desde la cabeza hasta la punta de los pies.

Poner un pie por fuera del país genera una cadena de extrañas sensaciones. Cierto regocijo y ansiedad cubiertos por una incertidumbre inquietante de ya no estar bajo el cuidado de la patria al sumarse a la fila interminable de ciudadanos del mundo. Un hambre insaciable por conocer lo que del puente para allá puede ofrecer esta nación a un desconocido. La plenitud de haber conseguido lo que en muchas ocasiones no fue más que un sueño que se esfumó entre pasillos de oficina. En fin. Luego de haber cambiado unos pesos colombianos por dólares, y realizar los respectivos trámites migratorios en cada costado, el siguiente rumbo es Tulcán, a quince o veinte minutos de Rumichaca, en donde el paisaje sigue siendo el mismo pero nuevos aires pegan en el rostro.

La ruta internacional


El transporte, entre otras cosas más, es económico. Para llegar a Otavalo, la siguiente parada a cinco horas de Tulcán, se paga un dólar con cincuenta centavos. Asimismo, el precio de la habitación en un buen hostel (hotel en Ecuador) oscila entre cinco y diez dólares por persona. Paseando por las angostas calles de esta ciudad atractiva para el turista por la oferta artesanal de la región a muy bajo costo, se evidenció la diferencia cultural entre los dos países: sabor de la comida y del agua, acento y atención de su gente.

En el mapa de destinos, a dos horas y media de Otavalo, apareció Quito, la capital ecuatoriana. Una ciudad que en su entrada por el norte recibe a los visitantes con un paisaje cubierto de fachadas y techos grises pareciendo ser un lugar triste y abandonado por el mundo. Sin embargo, a medida que se avanza por entre las avenidas, el color y la vida irrumpen en el panorama. Un centro histórico repleto de plazas, iglesias, balcones y calles adoquinadas, contrastado con una urbe de edificios altos, restaurantes de lujo y tránsito pesado, que por momentos parece una extensión de tierra estadounidense en el centro del planeta.

Las terminales de transporte terrestre ecuatorianas son pomposas construcciones que pueden pasar por centros comerciales equipados con todos los servicios, no obstante, se puede salir de la ciudad desde varias empresas ubicadas en distintas zonas. Una de ellas es Transportes Ecuador, en el centro, de donde se puede tomar un cómodo bus hacia Guayaquil, una ciudad costera de gran importancia para el país,  ubicada a nueve horas de distancia de Quito.

Guayaquil es un punto clave para salir hacia el sur hasta Huaquillas, limítrofe entre Ecuador y Perú, y también para ir al occidente hacia Montañita, espacio único en el globo, a tres horas de distancia. Esta provincia toma vida propia durante la noche, así que quienes llegan en horas de la mañana pueden encontrar algunos vestigios del día anterior. El complejo hotelero gravita principalmente en hostels de todos los precios. Una recomendación en este punto es conseguir alguno que se mantenga relativamente alejado de la calle principal por el ruido que en ésta se produce.

Esta provincia, que no sobrepasa diez manzanas, alberga turistas provenientes de todo el mundo que en algún momento llegaron y se quedaron a vivir por años. Ahí está Walts, un danés de cuarenta y pico de años, dueño de varios hostels, quien hace casi una década llegó a Montañita de vacaciones y se dejó intoxicar por sus seductores y fascinantes atractivos.

El mar azul es fuerte, de olas grandes y agua fría. En las playas la gente baila, juega a la pelota, surfea y disfruta del impresionante panorama que crean las siluetas y figuras perfectas de las mujeres más bellas procedentes de todos los rincones del planeta. La comida en esta zona es sencillamente deliciosa. Pescado, langostinos, mariscos, menestra y camarones son reyes de los mejores platos.

Al caer la noche, un impresionante banco de aves se posa sobre los cables de luz, mientras los turistas empiezan a llenar poco a poco la calle principal del pueblo. Un grupo de gitanos anima los transeúntes con un show de fuego, malabares y algo de música. Hippies ofreciendo manillas, pulseras, collares y trenzas posan sentados en cada esquina esperando por una moneda que les sirva para pagar una noche más en este paraíso del Pacífico. Los toldos cocteleros suben la persiana para recibir a los afanosos viajeros en busca de mojitos, margaritas, caipirinhas y demás. Reggaetón, cumbia, techno, reggae y roots suena a todo volumen por todo lugar.

La noche transcurre tan rápido como la gente que pasa por nuestro lado. Los hombres en busca de las mejores chicas y ellas a la espera de la conquista. Un policía uniformado y borrachín caminando en zigzag sin un rumbo claro aparece detrás de un grupo de argentinas que se prepararon tres meses para el verano. Un oriental pasado de años vestido con camisa a cuadros y gafas de mucho aumento, bailotea al ritmo de la música. Algunas fogatas en medio de la playa alumbran un poco la noche sin luna a la vista. Cae la lluvia, vuela la ropa y la fiesta continúa con un tren de gente que con las manos en la cadera de otro desconocido, ríe a carcajadas y levanta la cabeza para recibir algunas gotas en el rostro.

Las parejas y grupos empiezan a abandonar el lugar. El fuego se apaga. Las risas se desdibujan a la distancia con el viento. Sale el sol. Fueron tres días los que se pasaron en Montañita, llenos de fiesta en un mundo de aires, colores y sabores que nadie se podría imaginar. Después de esto, un bus llega en la madrugada a recoger los cuerpos agotados de quienes estuvieron en uno de los mejores lugares del planeta para volver hasta Guayaquil y continuar con la travesía que en poco tiempo continuaría en Perú.

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