30 Sep 2009 - 1:14 a. m.

Despierta emociones

De Nueva York se dice que nunca duerme, pero aun así, la capital del mundo ofrece tanto que en realidad nunca alcanza el tiempo para terminar de conocerla.

Fabián M. Rozo Castiblanco / Nueva York

Por metrópoli se entiende la ciudad principal de cualquier país por importancia o extensión, con marcado desarrollo económico, urbano, social y político. En pocas palabras, un lugar que lo tiene todo.

Entonces ¿qué viene siendo Nueva York si es mucho más que eso? La respuesta se encuentra en la isla de Manhattan, uno de los cinco distritos que componen el condado del mismo nombre, epicentro de rascacielos y que en sus 21,5 kilómetros de largo encierra mucho más que impresionantes edificaciones.

Se puede conocer en ferry navegando por los ríos Hudson y East River, que la bordean, montándose en cualquier bus turístico descapotado y hasta por aire si paga en promedio US$300 y la sobrevuela en helicóptero; pero para el caminante nato, el punto ideal de partida es la Grand Central, la principal estación de trenes locales, ya que basta buscar la salida a la calle 42 y subir tres bloques (léase cuadras) para ser parte de la marea humana que absorbe la famosa y no menos glamurosa Quinta Avenida.

Girando a la izquierda se encontrará con la biblioteca pública y en sentido contrario podrá ver las vitrinas más exclusivas, que lo irán conduciendo a una belleza natural conocida como Central Park, pulmón verde de la ciudad que siempre se presta para romper con la monotonía citadina porque su zoológico es el complemento ideal para desconectarse.

Pero si empieza a echar de menos la convulsión, busque la línea del metro y, tras detenerse en la estación de Canal St., conocerá Chinatown, donde hay tanto movimiento como infinidad de tiendas. Ahora bien, si no sacia su hambre comercial, puede satisfacer su apetito en el Golden Unicorn, restaurante cercano a la estatua de Mao Tse-Tung que ofrece lo más selecto de la gastronomía del país oriental. Allí, sólo si prueba la sopa de aleta de tiburón como entrada y la acompaña de un pato rostizado, podrá sentir que estuvo en Shangái o Pekín.

Con energías recargadas, no hay un mejor lugar para conectarse con Nueva York que Times Square porque un día se hizo la luz y el lugar elegido parece haber sido esta plaza, siempre radiante por los gigantes avisos luminosos que impiden distinguir entre el día y la noche, atravesada además por la avenida Broadway, que aglomera cerca de 40 teatros en los que la oferta de obras, musicales en su mayoría, es tan variada como codiciada.

Y ya que el verano se despide, la mejor bienvenida al otoño la hace el imperdible desfile de Halloween en el bohemio barrio del Village, en el que convergen, más que disfraces, verdaderos diseños cargados de color y originalidad. Un abrebocas de lujo a la temporada decembrina, que llega cargada de fríos vientos y en la que el plan tradicional es ir a patinar al Rockefeller Center y deslizarse al lado del inmenso árbol de Navidad.

Pero si no alcanza a dimensionar la magnitud de la isla, vaya al encuentro del Empire State, localizado en la Quinta Avenida con West 34 Street, y desde el edificio más alto de la ciudad, tras la desaparición de las torres gemelas, suba más de 100 pisos en ascensor y divise una panorámica de postal.

Imponente vista, pero no la única, porque desde otro ícono neoyorquino por excelencia también se puede, siempre y cuando consiga reserva para acceder a la corona de una reina verde llamada Estatua de la Libertad.

Ella es otra razón para estar en Nueva York, en la que no importa la época o el motivo para visitarla porque, en definitiva, el tiempo nunca será suficiente para conocerla. No en vano es la capital del mundo, la ciudad que nunca duerme, pero sobre todo, un lugar que siempre despierta emociones.

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