5 Jul 2017 - 8:26 p. m.

El arte del coleo

Las planicies del Meta no solo cautivan por su infinidad y sus atardeceres multicolores. El coleo, el deporte autóctono de la región, es una muestra del arte criollo, que seduce y enamora a locales y foráneos.

Sebastián Ríos González

Cuando se suelta una res en una manga de coleo, sale en busca de la libertad que solamente puede ofrecerle la descomunal sabana. Y justo ahí, para contrarrestarla, están los jinetes llaneros, que, fuertes y valerosos, ponen en primera plana su destreza para derribar, coleando, al arisco animal.

Desde mediados del siglo XVI, cuando el deporte empezó a dar sus primeros pasos en Colombia, el coleo se convirtió en un factor determinante de la llanura por su peculiar manera de configurar la forma de vida de los habitantes del departamento del Meta. Incluso, desde la infancia, a los pequeños metenses se les enseña a ensillar y montar a caballo. 

En un ejercicio donde el animal realiza el 80 % del esfuerzo, los curtidos padres llaneros son conscientes de la importancia del caballo en el paisaje del departamento. Por esto, son ellos mismos los que se encargan de tomar las riendas cuando se trata de enseñar a los chicos a colear y arrear las reses que, salvajes, deambulan por la pampa.

Para los niños del Meta, entender que el caballo es su mejor amigo es algo esencial durante su crecimiento, y no solo por su utilidad, sino también por la compañía leal que este le proporciona al montador durante las largas jornadas a la deriva en la extensa llanura. Por eso, bañarlo, herrarlo y alimentarlo de manera adecuada son trascendentales para suministrar un buen cuidado al equino.

En este deporte autóctono, los llaneros no tienen competencia. Según la Federación Colombiana de Coleo, no importa en qué posición se encuentre el caballista, en Colombia y Latinoamérica, no hay quien esté cerca de derribar un animal de 300 kilos o más con tanto desparpajo. El talento de estos montadores es natural en cualquier modalidad, desde las coleadas a una mano, a media silla, a medio estribo, hasta la muy compleja guesiada (técnica del coleo). 

Cuenta la historia que ni siquiera los españoles, que durante la conquista prohibieron a los mestizos del llano colombiano andar a caballo, pudieron evitar que se juntaran estas dos potencias, que se ocuparon de darle inicio a una revolucionaria invención de la cual, después, serían casi imposibles de destronar.

Y las competencias internacionales cumplen con su misión de confirmar la distinguida calidad de los deportistas locales. Muestra de ello es el Encuentro Mundial de Coleo, que se realiza en Villavicencio, Meta, desde 1997. 

Cerca de seis países se reúnen en este escenario cada octubre para condecorar al mejor representante del coleo universal. El más reciente campeón de estas disputas mundiales celebradas en Villavicencio es Ómar Gustavo Ladino Camacho, oriundo de San José del Guaviare y ganadero de profesión.

“Sin importar la condición del clima o la indumentaria que lleve, salir diariamente a recorrer la planicie es un ritual sagrado para cualquier nativo de esta despensa agrícola”, así lo afirma uno de sus personajes más célebres, El Cholo Valderrama, para quien es indispensable un paseo diario de tres o cuatro horas encima de su caballo.

No importa su nombre, el coleo, que en otros países de la región recibe otras denominaciones, será por siempre una forma de arte criolla en el territorio colombiano. Valorarla y apreciarla va mucho más allá de un simple espectáculo; es la muestra de tradición de aquellos llaneros que, cuando se suben a su bestia, hacen relumbrar la planicie metense. 

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