21 Jan 2014 - 9:45 p. m.

El paraíso políglota

Además de sus playas exóticas, esta isla caribeña tiene para ofrecer una agenda completa de actividades, como la visita a cavernas y el encuentro natural entre el desierto y el mar.

Juan Carlos Piedrahíta B. * / Aruba

Aruba es tan seductora en la profundidad como en la superficie. Con una careta aficionada, con un casco casi de astronauta para caminar debajo del agua y sumergirse en el colorido universo de los peces, o con un equipo completo de buceo, se ven las mismas maravillas que teniendo la pupila alerta en tierra.

El Antilla o Barco Fantasma, de origen alemán y que prestaba auxilio a los submarinos en los tiempos de la Segunda Guerra Mundial, es la más exótica compañía para aquellos turistas que desde la comodidad de un catamarán o impulsados por el vértigo de alta mar miran hacia abajo y pueden relacionarse con esa imponente estructura, reina y señora del lugar ubicada a tan sólo cuarenta metros de profundidad.

Ese monstruo submarino de acero, símbolo de que Holanda no estaba dispuesta a ceder su conquista americana, es comparable con la particularidad de los parques desérticos de la isla. Formaciones rocosas, pintadas únicamente con el verde de los cactus que las circundan, son testigos de la unión mágica entre los siete colores del mar Caribe y el amarillo encendido de la arena arubeña.

Los deportes acuáticos extremos, las actividades de máxima acogida por parte de los turistas que muchas veces duplican y triplican el modesto número de nativos de la isla (104 mil habitantes), tienen su similar en tierra. Se trata de los paseos en jeep por trochas viables sólo para camperos conducidos por diestros guías, cuya misión es hacer patinar las llantas en las curvas, dominar profundos huecos y potenciar el vértigo de los visitantes, en su mayoría europeos y norteamericanos.

Durante esos safaris a campo traviesa se pueden observar puentes naturales en roca, algunos de ellos convertidos en reserva después de que uno de los más importantes sucumbió hace un par de años ante las inclemencias del tiempo y la sal marina. El panorama azul es virgen y no es apropiado para bañistas, porque, según se informa en varios idiomas (inglés, español, holandés, francés y papiamento), son huecos capaces de succionar grandes moles de toneladas completas.

El escenario, digno de postales en las que se hace realidad la frase del mar de siete colores, se vuelve accesible gracias a la denominada piscina natural (Natural Pool), una especie de alberca rodeada de rocas inmensas y resbalosas que no permiten establecer la procedencia de las olas. Así como pueden aparecer de frente, pueden llegar de cualquier costado y ese atractivo salvaje, indómito, multiplica el encanto de la isla como destino para la práctica y el deleite de actividades extremas.

El safari por parajes inhóspitos se complementa con la visita a cavernas singulares en las que se mezclan el arte rupestre, las formaciones naturales como estalactitas y estalagmitas, y la presencia intimidante de murciélagos que reaccionan al sentirse invadidos. Además, estas extrañas edificaciones con diseños milenarios son escenarios perfectos para las fotografías, dado el carácter luminoso otorgado por huecos ubicados de manera estratégica.

Aruba, en mar y en tierra, como escenario paradisiaco o como destino para actividades intrépidas, es una joya invaluable en el Caribe. En esta isla se condensan todos los idiomas para establecer un sinónimo visible de la palabra “belleza”.

  

jpierahita@elespectador.com

* Invitado por ATA (Aruba Tourism Authority) y la Oficina de Turismo de Aruba en Colombia.

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