1 Oct 2013 - 10:00 p. m.

Filadelfia, cuna de la libertad

Conocida como el centro de la historia estadounidense, la ciudad reúne los vestigios del pasado y los símbolos de la modernidad.

Jahel Mahecha Castro

El viento corre entre calle y calle de la ciudad mayor de Pensilvania. La inmensidad del río Schuylkill refleja un potente complejo de edificios que se apoderan del centro. Los rascacielos cubiertos de acero y vidrio son protagonistas de una impresionante panorámica que se funde tímidamente con la naturaleza. Aunque de entrada parece una urbe fría y perfectamente calculada, cada rincón de Filadelfia esconde recuerdos, historias y grandes leyendas.

La ciudad más grande de la época colonial, además de gozar entonces de un importante valor social por encima de Nueva York y Boston, fue el centro político donde se forjó el concepto de democracia moderna. Fue allí donde en 1776 se reunió el Congreso Continental de las 13 colonias y declaró su independencia de Gran Bretaña. Por eso Filadelfia está cargada de grandes construcciones emblemáticas que se exhiben orgullosas en el casco histórico.

Dos monumentos recuerdan esa génesis: el Salón de la Independencia, lugar donde se redactó la primera Constitución Nacional, y la Campana de la Libertad, símbolo de autonomía que repicó una y otra vez para dar lectura a la Declaración de Independencia.

Pero la riqueza histórica de Filadelfia no para allí. Uno de sus íconos, el Benjamin Franklin Parkway, es la columna vertebral de la metrópoli. Sus amplias calles adornadas con luces y banderas de cientos de naciones reúnen algunos de los complejos religiosos y artísticos más importantes, como la basílica de San Pedro y San Pablo, la Biblioteca Pública de Filadelfia, la Academia de Ciencias Naturales, el Museo de Rodin y el reconocido Museo de Arte de Filadelfia, uno de los más grandes del país.

Sus colecciones incluyen más de 225.000 objetos y anualmente se realizan más de 20 exposiciones especiales a las que acuden cerca de 800.000 personas. Sus escaleras, famosas por la película Rocky, animan a diario a los turistas a imitar la memorable carrera del boxeador y a tomarse fotos junto a su estatua. Desde ese punto puede apreciarse la gran urbe en su máxima expresión. De noche, el paisaje se tiñe de romance.

La “ciudad del amor fraternal”, como la llamaba su fundador, William Penn, también revive el pasado a través de la arquitectura. Elfreth’s Alley, la calle residencial más antigua de Estados Unidos es un valioso ejemplo de preservación. Tras sus puertas y fachadas esconde los secretos de la clase trabajadora del siglo XVIII. Otro tesoro de la ciudad es el Ayuntamiento, una construcción de 1871 que cuenta con 167 metros de altura y hoy funciona como sede del gobierno.

La Vieja Ciudad, que surgió entre fábricas y bodegas de almacenamiento, es actualmente un reconocido destino culinario. Con más de 300 restaurantes, Filadelfia ofrece todo tipo de platos nacionales y extranjeros. Sin duda, uno de los más representativos de la región es el llamado philly cheesesteak, un sándwich que contiene carne de res, hongos, cebolla y queso fundido. Y delicias como las donas glaseadas endulzan a visitantes y locales.

Otro paraje que define la diversidad de Filadelfia es Chinatown, que bajo un gran arco, símbolo del intercambio cultural, ofrece una variada lista de restaurantes con lo mejor de la cocina taiwanesa, cantonesa y vietnamita. Al atardecer, un buen plan es caminar por South Street, una calle bañada de colores, cómics y música, perfecta para tomar una cerveza y conocer nuevas personas.

Basta un par de días para conocer Filadelfia, una ciudad que aunque no se enmarca entre las predilectas de los viajeros del mundo, tiene el título de haber sido el punto de partida de la historia estadounidense.

 

 

jmahecha@elespectador.com

@jahelmahecha

 

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