23 Mar 2017 - 3:34 a. m.

Gachantivá, el municipio boyacense que le abre las puertas al turismo comunitario

Desde este jueves 23 de marzo y hasta el próximo domingo 26, será sede del Primer Encuentro Latinoamericano de Turismo Comunitario.

María Alejandra Castaño Carmona

Evaristo Villamil es el guía de la cueva  Furatena, un lugar que, dicen, tiene poderes sanadores. / Gustavo Torrijos
Evaristo Villamil es el guía de la cueva  Furatena, un lugar que, dicen, tiene poderes sanadores. / Gustavo Torrijos

El turismo es una de las mejores herramientas para contribuir con la paz y el desarrollo sostenible de las comunidades locales en nuestro país. Sin embargo, muchos coinciden en que debe ser un turismo organizado, de inclusión, con modos de vida sostenibles, de empoderamiento de la comunidad y de transformación. Un turismo comunitario, que cada día cobra más fuerza.

Tanta, que desde este jueves y hasta el domingo 26 de marzo, en Gachantivá (Boyacá) se realizará el Primer Encuentro Latinoamericano de Turismo Comunitario, una oportunidad para mostrar sus costumbres e historia. Lo organiza Travolution Red Global, una entidad sin ánimo de lucro que fomenta y facilita experiencias interculturales que permitan encuentros de mutuo beneficio para los viajeros y las comunidades. Un turismo consciente.

Por meses, la organización estuvo haciendo una gira, reconociendo y fortaleciendo los emprendimientos de turismo comunitario del país, y le llamaron la atención los municipios San Rafael, en Antioquia, y Gachantivá, pero este marcó la diferencia.

“Tiene un proceso asociativo robusto, entre el cual está Turistivá, con intereses importantes que le permiten pensarse como territorio con vocación turística, sin afectar la región”, explica Camilo Alvarado, director de Travolution Colombia. Otra ventaja es que está cerca de una plataforma monstruosa, Villa de Leyva, cuyo desarrollo no es efectivo para el territorio, según la organización, pues lo que hace es generar pérdida de patrimonio, y por último, la amenaza latente de la minería, que cada día se siente con más fuerza, añade Alvarado.

Por eso Gachantivá sorprendió, pero también enamoró a los organizadores. Y no era para menos. El municipio boyacense tiene los tres pisos térmicos; sus habitantes cultivan papa, pero también caña. Son los segundos productores de mora, tienen cuevas, cascadas y avistamiento de aves, entre muchas otras actividades e historias.

Uno de los planes recomendados es la visita a la cueva del Feto, o Furatena, y entrar a las entrañas de la madre naturaleza, donde los muiscas hacían sus rituales de limpieza y sanación. El recorrido dura una hora y media y don Evaristo Villamil es el encargado de llenar de anécdotas y alegrar el corazón de todos los visitantes de esta cueva ancestral que, según dice, “tiene poderes sanadores”.

Murciélagos, espeleones, cangrejos y arañas también acompañan el recorrido, que no dejará que usted salga sintiéndose igual a como entró. Vale la pena visitar la laguna Las Coloradas. Además de la coloración del agua, su nombre se debe a una historia de más de 80 años que poco a poco ha sido recuperada por los campesinos de la región. Justamente lo que anhelan Jorge Rozo y su familia, quienes hace cuatro meses volvieron a la tierra de sus ancestros para construir un refugio al frente de este imponente cuerpo de agua.

Uno de sus objetivos es recuperar el camino real, una vía que, se ha comprobado, fue un paso muisca obligatorio para comerciar con los indígenas guanes, de Santander. En la laguna, además de disfrutar del paisaje y recorrer senderos en medio de un concierto de aves, se disfruta de comida típica de la región, es posible asistir a un taller muisca y jugar a convertirse por un momento en arqueólogo, ayudando a recuperar la historia sin perder la tradición.

“Desconocemos tanto de dónde venimos, que no sabemos que todos somos muiscas. Porque somos personas, ¿cierto? Y la palabra muisca significa eso. Somos personas por palabra y no por significado, porque la esencia  la hemos perdido últimamente y hay que recuperar lo que nos ha hecho buenos”, comenta Rozo.

Otro programa que vale la pena es visitar la finca de Germán Borrás para degustar yogures naturales y asistir a una exquisita cata de quesos madurados,  de aceitunas, pimienta, chile, jalapeño, jengibre, romero, entre otros ingredientes orgánicos, que sorprenden el paladar de los visitantes.

Avistamiento de aves en la finca Rojitama, con el doctor Chavarro, donde también siembra especies nativas que conservan la reserva natural que cuida, y un taller de panadería ancestral, en la posada agroturística Villa Rouse, para aprender a preparar una tradicional almojábana, son otras actividades recomendadas.

Todas con el toque especial de los habitantes de este municipio boyacense, quienes, además de ofrecerle su conocimiento, lo invitan a degustar algunas de sus delicias, acompañadas de historias ancestrales y una gran sonrisa que hace que muchas veces sienta que le están regalando un pedacito de su corazón.

El turismo comunitario es un mecanismo para el desarrollo de las comunidades, sin necesidad de cambiar la vocación del territorio. Un turismo de respeto e inclusión. Vivir la experiencia de una comunidad, aprender de ella y dejarle algo de nuestra vida.

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