10 Mar 2020 - 2:39 p. m.

Goa, un paraíso en la India de playa, yoga y paz

En el más pequeño de los estados de este gigante asiático se encuentra un rincón lleno de tranquilidad y descanso. Un oasis en medio de lo frenético que puede ser el segundo país más poblado del mundo.

El Espectador

En India los oídos, el cuerpo y la mente siempre están alertas. Este país sorprende en cada esquina por su gente, sus múltiples religiones, idiomas y aromas. Es un terreno extenso, con diferencias tan grandes entre sus ciudades y sus templos. Pero nada es tan distinto a la India que Goa, la más antigua de las colonias. Un choque entre oriente y occidente que se diluye por las aguas del Índico.

Llegar a Goa después de estar recorriendo Jaipur, Agra, Delhi, Mumbai o cualquiera de las incontables ciudades que hacen a este país único, es algo casi que terapéutico.

India es gigante. Es un lugar en el que las energías de cualquier viajero se consumen ferozmente, aunque con emoción, entre los pitos, la comida, el tráfico, el comercio y el zumbido de un idioma que de entrada es casi que incomprensible. Aquí existe la sensación de que todo está en caos, pero en orden. Frente a esa impresión de desenfreno, Goa es la calma.

Desde Delhi o Mumbai la mejor forma es ir en avión. En India los vuelos, hasta comprados con poca antelación, no resultan costosos. Si se parte desde Delhi son casi cuatro horas de vuelo. Suena poco en comparación a las 32 horas que dura el mismo trayecto, pero en tren.

Sea cual sea el medio en que se llegue, la primera sensación que entrega Goa es tranquilidad. El aire pasa a oler a mar. Desde la carretera se ven los viejos barcos de carga que servían como descargue cuando el puerto de Vasco da Gama, capital del estado, lo manejaban los portugueses.

La India Portuguesa (Estado da Índia en portugués), hoy Goa, fue una de las colonias más longevas del mundo. Después de casi cuatro siglos y medio, cuando comenzaron los primeros movimientos independentistas en la India, que iniciaron en 1510, fue solo hasta 1961, más de 450 años después, que Goa fue libre del dominio europeo. Un tiempo suficiente para dejar una huella latente a su paso.

Tanto en la Vieja Goa como en el camino al norte, es común encontrarse, entre árboles y pastizales, pequeñas iglesias católicas profundamente blancas y con una cruz en la punta del techo, al igual que mezquitas, templos budistas e hindúes.

Esa convivencia entre oriente y occidente hacen hoy de Goa un sitio distinto. Todo se acepta, nada es extraño. La brisa que trae el océano Índico inunda de paz el alma de quienes llegan buscando descanso. En otras palabras, es un lugar lleno de hippies y amantes del yoga, y rusos, muchos rusos.

En Mandrem, unas de las más de ocho playas que componen el norte de Goa, la zona más turística del estado, se ven a ambos lados del camino muchos sitios que ofrecen, por pocas rupias, lecciones de yoga. Lo mejor es quedarse en alguno de los hoteles cerca a la playa, aunque existen casas un poco retiradas del mar que las rentan por poco dinero. Eso sí, la mejor de las recomendaciones es llevar bastante efectivo. Los cajeros automáticos no abundan y es difícil que acepten algunas tarjetas colombianas.

Antes de rendirse ante el sol, la arena y el mar, se puede visitar en la Vieja Goa la Basílica del Buen Jesús, una iglesia de estilo barroco construida en el siglo XVI. Todo el complejo de la Vieja Goa fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1986.

Pero en Goa no importan mucho los templos sino la playa. Volviendo al norte, la oferta es variada y se ajusta a cualquier gusto. Anjuna es famosa y ruidosa, es donde más se puede ver a los indios y hay bastante comercio. La bahía no es tan extensa y está rodeada de altos cocoteros, incluso se puede sentir que no se está en la India, que es una playa de cualquier lugar, pero con tan solo un vistazo a tierra, de la nada, se ven vacas caminando por la arena.

Desde Anjuna, a unos 20 minutos a pie, está el Fuerte de Chaporá donde se puede ver el atardecer.

Si lo que se busca es fiesta, en las playas de Ozran y Vagator, en especial los fines de semana, de la nada se levantan en la playa teepees gigantes con luces y música electrónica. También es común encontrar en el camino, entre cada pueblo, colgados en los árboles anuncios de las fiestas pasadas y futuras. Importa poco el día, lo significativo es pasarla bien.

Ya más al norte todo cambia. En Mandrem la playa es amplia, el ritmo de la vida parece más lento y se ven más que todo extranjeros, la mayoría rusos. En las mañanas, son muchos los que reciben el día haciendo yoga a la orilla del mar. Otros madrugan a correr y los menos disciplinados contemplan el Índico desde los muchos restaurantes que ofrecen desayunos casi hasta medio día, eso sí, siempre se come viendo el mar. En la tarde se puede jugar fútbol con los locales, un par de palos hacen los arcos, con el pie se trazan las líneas del campo y el tiempo lo marca la puesta del sol. Cuando termina el atardecer es cuando el partido acaba. El fútbol y las iglesias son lo más palpable del pasado portugués.

Cerca a Mandrem está Sweet Lake, un lugar pequeño, encerrado, donde se puede nadar con tranquilidad. Desde la cima hay vuelos en parapente que recorren gran parte de la costa.

Son muchas las playas para conocer en Goa, la mejor forma de hacerlo es en scooter, por tan solo 200 rupias al día ($9.500) se puede andar sin problemas. Hay que tener precaución porque se conduce en sentido contrario.

El propósito más común de los viajeros que llegan a este rincón de Asia, es el de encontrarse consigo mismos, ya sea en retiros de yoga o simplemente para caminar y volverse a conocer. La vida no es un borrador, no es un ensayo, es lo que es en el momento real, es siempre un presente continuo e incorregible que en un lugar como Goa se puede reescribir para empezar de nuevo.

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