No se dejaba ver. En la mañana temprano, cuando las aguas del río arrastraban los pedazos de hielo que se desprendían de sus entrañas durante la noche, me gustaba detenerme sobre el puente para imaginarla. La sentía allí, delante de mí, oculta entre las nubes grises que la envolvían igual que los mantos y las túnicas envuelven a las vírgenes y reinas. Vestida de blanco, cubierta por nieves perpetuas que dibujaban en su cima una corona de espinas heladas donde quedaban colgados, atravesados, los cuerpos de quienes habían osado besarla. El beso de la muerte. Solo cuando se proyectaba una luz intensa y penetrante sobre ella, las nubes se transparentaban de muy extraña manera, como ventanas de cristal, por donde yo apenas vislumbraba una silueta en forma de pirámide. En su base, piedra y roca aborregada, estriada, engalanada por un azul glaciar intenso descolorido por el paso del tiempo. Y en la punta, al final de una arista de dientes afilados en forma de sierra, un aguijón venenoso colocado artesanalmente. Entonces, cuando esperanzaba descubrirla, la claridad desaparecía lentamente y las nubes de cristal se cerraban como compuertas de una gran presa, conteniendo el torrente de la ilusión. Dejaba atrás el puente, y emprendía el camino de vuelta a casa, preguntándome si aquella silueta, avistada fugazmente, representaba el verdadero rostro de la montaña soñada o, por el contrario, había equivocado una mañana más los deseos con la realidad.
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