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Para enfrentar mi miedo a las alturas, crucé un abismo sobre un cable

Yo estaba encaramado en una cornisa, mientras nueve metros debajo había un río que se agitaba y a mis espaldas una fila de personas que esperaban. Un puente colgante con tres cables, uno para mis pies y dos para mis manos, se extendía sobre el abismo como una cuerda floja. Un temblor ya me subía por las piernas y no tenía adónde ir sino hacia adelante.

09 de septiembre de 2026 - 03:07 a. m.
Uno de los puentes colgantes del recorrido, situado a gran altura sobre el río Ausable.
Foto: The New York T
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Al igual que todos en el recorrido del Ausable Chasm, un cañón tallado en las Adirondack en el norte del estado de Nueva York, llevaba un arnés para atraparme si me caía. Eso tal vez me salvaría la vida, pero no ayudó mucho a aliviar mi ansiedad.

Seguíamos una vía ferrata (“camino de hierro” en italiano) que zigzagueaba a través del cañón y nos llevaba a lo alto de sus paredes de arenisca, aferrándonos a peldaños de metal, desenganchando y volviendo a enganchar las dos líneas de seguridad en nuestros arneses. Esta emocionante ruta era, hay que admitirlo, una elección extraña para alguien como yo, que lidia con un miedo paralizante a las alturas.

Pero esa era precisamente la razón por la que estaba parado ante este puente colgante que se balanceaba. El recorrido de la vía ferrata era la ronda más reciente en mi régimen de años de terapia de exposición autodirigida, que ya me había llevado a trepar rocas aterradoras y a cimas expuestas en todas las Adirondack, en un intento de curar mi acrofobia.

“No me lleves a la muerte”, bromeó la mujer detrás de mí mientras yo comprobaba qué tanto cedía el cable.

“Haré mi mejor esfuerzo”, dije. Otro paso me llevó más allá de la cornisa, y no hubo nada más que aire libre y aguas bravas que chocaban por debajo.

Un siguiente paso natural

Soren Kierkegaard, el filósofo danés del siglo XIX y padre del existencialismo, vio en el miedo a las alturas una metáfora de toda la ansiedad humana. Al estar parado frente a un precipicio, imaginó Kierkegaard, una persona se vuelve instantánea y profundamente consciente de su poder para saltar, y con ello, de la vertiginosa extensión de la libertad humana.

No puedo decir que las alturas me hayan concedido alguna vez tal epifanía. Pero sé que algo siempre me ha atraído hacia ellas, a pesar de mi temor. Fue a través del excursionismo que comencé a poner a prueba los límites de esa atracción.

Me enamoré del excursionismo mientras vivía en Albany, Nueva York, una ciudad que es la puerta de entrada a los picos y acantilados de las Adirondack. Allí, poco a poco exploré los límites de mi miedo, acercándome más a los bordes de los miradores en las cimas de las montañas, y luego buscando rutas cada vez más desafiantes que ponían a prueba tanto mis pasos como mi valor.

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Resulta que hay ciencia detrás de ese enfoque. La terapia de exposición gradual sigue siendo el tratamiento de referencia para el miedo a las alturas, dijo Dorothée Bentz, psicóloga clínica e investigadora en la Universidad de Basilea en Suiza.

“Si las personas reciben tratamiento, hay una tasa de respuesta de alrededor del 80 por ciento”, dijo Bentz. “Pero la gente tiene que participar”, agregó, “y eso significa que tienes que exponerte”.

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Una vía ferrata parecía el siguiente paso natural en ese proceso.

A pesar de sus dramáticos entornos verticales, las vías ferratas, en términos de dificultad técnica, no están muy lejos de un juego de trepar en un parque infantil. Los escaladores están enganchados a un arnés durante toda la ruta, manteniendo al menos un mosquetón sujeto al cable de seguridad en todo momento. Aunque el peligro es limitado, la exposición no lo es; era exactamente el tipo de desafío que estaba buscando.

Las vías ferratas modernas fueron en gran parte un producto de la Primera Guerra Mundial, desarrolladas como un sistema improvisado para mover tropas a través de los Dolomitas mientras los ejércitos italiano y austrohúngaro luchaban por los picos. Con el tiempo, esas primeras instalaciones se perfeccionarían hasta convertirse en rutas de escalada recreativa, con peldaños de metal y puentes colgantes. Desde los Alpes se extendieron por todo el mundo, lo que permitió a los buscadores de emociones de todas partes navegar por paredes de acantilados escarpados y cañones profundos.

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Aunque las vías ferratas han florecido en Estados Unidos en años recientes, las opciones cerca de la ciudad de Nueva York siguen siendo limitadas para el excursionista ocasional que busca pasar el día con un presupuesto limitado. El Adventure Trail en Ausable Chasm, una atracción de propiedad privada justo al sur de Plattsburgh, Nueva York, era tanto económica (unos 20 dólares la entrada al cañón, 45 dólares por la vía ferrata) como accesible.

Enganchado

Conduje hasta las Adirondack a fines de mayo, unas semanas antes de la temporada alta de turismo, y me dirigí al cañón temprano a la mañana siguiente para reservar un lugar en la vía ferrata. Los recorridos guiados de aproximadamente 90 minutos se asignan por orden de llegada, y el sitio web de la propiedad advierte que pueden agotarse rápido.

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Al mirar hacia abajo desde el borde del cañón, tuve mi primer vistazo de la vía ferrata. Vi cuatro puentes de cable sobre el río, tramos de cornisas de roca y peldaños de metal entre ellos. Claro, pensé, podría lograrlo.

Media hora después, nuestro guía de 42 años, Colby Walker, le mostraba a mi grupo de excursión de unas 12 personas cómo enganchar y desenganchar nuestros arneses alrededor de las obstrucciones, manteniendo siempre uno sujeto al cable de seguridad que recorría la longitud del trayecto.

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Terminé en la parte delantera de la fila, por delante de tres amigas de poco más de 30 años —Kathryn Patton, Jacqueline LaPres y Mary Fredendall— que estaban en la ciudad para una boda. Subimos por una red de carga desde el fondo del cañón hasta una cornisa, y yo fui el primero en seguir a Colby hacia el puente inicial.

Ya sobre la caída, comencé a pensar en fracciones: solo cruza una cuarta parte del camino, ahora la mitad, ahora dos tercios… Sentía un vacío en el estómago cada vez que mi arnés chocaba con un obstáculo y necesitaba volver a abrochar mis mosquetones al siguiente tramo de cable abierto, lo que me dejaba momentáneamente paralizado.

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Max Wühr, investigador del Hospital Universitario Ludwig Maximilian de Múnich, quien ha estudiado el miedo a las alturas, explicó más tarde mi reacción de esta manera: cuando ya no tenía los puntos de referencia visual cercanos en los que confía para controlar el equilibrio, mi cerebro percibió que mi cuerpo estaba inestable. Mi cuerpo respondió de la misma manera.

Pero con el ánimo de Colby y Kathryn, finalmente conquisté la paradoja de Zenón —la noción de que si haces algo en fracciones, nunca llegarás al final— y llegué al otro lado, para luego desmontar (otro vacío en el estómago) en una serie de peldaños de metal que ascendían a una estrecha cornisa.

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Me esperaba otro cruce del río en la cuerda floja. Este era más benévolo, con tres cables de metal bajo los pies en lugar de uno. Para calmar mis nervios, charlé con Kathryn, Jacqueline y Mary. Inevitablemente, hablamos sobre lo que sentíamos respecto a las alturas.

A Kathryn le encantaban, dijo. A Mary también. A Jacqueline, no tanto.

Resultó que Jacqueline y yo habíamos adoptado el mismo enfoque para la terapia de exposición, aunque en diferentes partes del país. Ella vive en Utah, y se puso a prueba por primera vez en los parques nacionales del estado. Pero incluso conquistar Angels Landing en el Parque Nacional Zion, una de las caminatas del país que más ponen a prueba los nervios, no había sido suficiente para vencer su ansiedad.

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“Ya no le tengo tanto miedo a las alturas como antes”, dijo. “Pero todavía no es cómodo”.

La comprendí. ¿Cómo es posible, pensé, que la oleada inicial de pánico todavía me alcance, sin importar cuántas veces lo enfrente, mientras que otros nunca lo sienten en absoluto?

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Tomemos de ejemplo a Colby, nuestro guía. Se movía de un lado a otro por las paredes del acantilado con una facilidad experimentada, hablando todo el tiempo sobre la historia del cañón. ¿Hubo alguna vez un momento, le pregunté, en que hubiera tenido que vencer el miedo?

Él negó con la cabeza. “Mis padres tenían que evitar que me subiera a los pinos cuando era pequeño”, dijo. “He estado escalando desde que tengo memoria”.

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El gran giro

Ahora, otro puente de cables —este con tablones de madera lo suficientemente separados como para suponer un desafío— nos llevó de vuelta a través del abismo. La sección que siguió era la más larga de la ruta: un tramo de plataformas estrechas y peldaños de metal anclados en lo alto de la pared de roca entre nosotros y el puente final.

El agua goteaba desde las capas de roca arenosa de arriba. Los agarres resbaladizos alimentaron mi ansiedad, y por segunda vez ese día, una ola de terror me dejó congelado en mi sitio. La reprimí y me obligué a avanzar poco a poco.

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Eventualmente, llegué al último puente de cables, el más alto de los cruces, que descendía desde unos 20 metros por encima del río. Tuve que hacer un giro incómodo desde los peldaños de metal hasta el primer tablón del puente, un último desafío para apretar los dientes.

Pero a medida que me acercaba al punto medio del puente, noté algo extraño: mis piernas se sentían firmes. No me sentía impulsado, como antes, a trepar hacia el siguiente pedazo de suelo estable. Me detuve y respiré hondo. Sí, mis manos todavía se aferraban con fuerza a los cables, pero me sentía casi tranquilo.

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Más tarde, a salvo de vuelta en mi apartamento de Brooklyn, le conté a Bentz sobre mis momentos de pánico en el trayecto, y la paz que les siguió. ¿Podría alguna cantidad de terapia de exposición, me preguntaba, desterrar por completo lo primero?

Tal vez no. Bentz explicó que la terapia de exposición no se trata necesariamente de eliminar un miedo, sino de aprender que eres capaz de seguir adelante a pesar de él. Y a través de la exposición repetida —superar la barrera mental que representa el miedo, una y otra vez— puedes atenuar de manera significativa la respuesta de ansiedad.

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“No es como si lo aprendieras y tu cerebro se reprogramara”, dijo. “Es más bien como si el cerebro aprendiera algo nuevo”.

En otras palabras: la valentía requiere práctica.

Recordé aquel momento cerca de la serenidad, de pie en medio del puente final. Por primera vez, realmente pude mirar más allá de mis propios pies y apreciar la forma en que mi sombra se perfilaba a contraluz sobre el agua espumosa de abajo.

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Al igual que el hombre de Kierkegaard en el precipicio, me había enfrentado a la vertiginosa perspectiva de mi propia libertad: la elección de retroceder o dar un paso hacia el vacío y, al hacerlo, seguir desafiando los límites de mi miedo.

c. 2026 The New York Times Company

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