25 Jul 2018 - 3:34 p. m.

Parque Nacional Natural Chingaza: Un refugio de vida

Recorridos por bosques andinos, lagunas sagradas y avistamiento de aves son algunas de las experiencias que se pueden vivir en Chingaza.

MARÍA ALEJANDRA MORENO TINJACÁ

Visitar el Parque Natural Chingaza es adentrarse en una de las producciones de Disney, las leyendas de los muiscas y hasta en una escena de terror de las ciudades fantasma. Esto se vive cuando se empieza a transitar la ruta que conduce, en primer lugar, a las ruinas de la cementera Samper, ubicada a 5 kilómetros de La Calera, donde comienza el páramo de Chingaza. El camino está destapado; durante el recorrido se pueden observar varios campesinos en sus actividades cotidianas con el ganado, la venta de frutas o simplemente caminando por el sector en compañía de sus perros.

Son 22 kilómetros desde las ruinas de la cementera que separan al turista del puesto de atención del parque, Piedras Gordas, que es el punto de encuentro de guardaparques, investigadores, estudiantes y enamorados de la naturaleza que buscan alejarse del ruido de la ciudad. No hay señal alguna y es posible deleitarse con la hermosura de los paisajes, que son descrestantes y helados. Como es un páramo, el frío hace de las suyas y es como si atravesara los huesos. De ahí la importancia de usar una chaqueta abrigadora, impermeable y unas buenas botas.

En Piedras Gordas se pueden visitar las lagunas de Buitrago. Antes de tomar el sendero, los guardaparques dan instrucciones sencillas pero determinantes para la conservación del parque, por ejemplo, no botar basura, no alimentar a los animales del lugar, que las luces del carro siempre estén altas y transitar los senderos que estén demarcados, pues la extensión de Chingaza es de 76.600 hectáreas y el turista podría perderse si no sigue las indicaciones. Al tomar el sendero hay un aviso que explica la distancia y el nivel de esfuerzo físico.

En el caso de las lagunas de Buitrago es intermedio. El recorrido puede durar entre 60 y 90 minutos. Durante el trayecto se pueden observar azulejos, pericos, frailejones y la pulla, que es la comida del oso andino, uno de los habitantes más queridos de la reserva. Según los guardaparques, se ve esporádicamente y es un privilegio contemplarlo en su hábitat. A cada paso, los transeúntes con ojos bien abiertos guardan la esperanza de encontrarlo. Mientras eso sucede, el camino se hace más agreste, las botas se entierran en el lodo y de fondo, como una fotografía perfecta, se ve el espejo de agua de las lagunas, que se encuentra con un cielo cubierto de neblina que transmite cierta magia.

Son instantes únicos en los que las clases de historia en las que se hablaba de la leyenda de El Dorado toman vida. Allí, las comunidades indígenas hacían sus pagamentos y adoraban a sus dioses. Hoy, aunque pocos, algunos indígenas visitan las lagunas para hacer sus rituales y conectarse con sus orígenes. De regreso, el camino se hace más corto y los sentidos más agudos. Es una experiencia que va alimentando el alma y que lleva a disfrutar cada instante de la vida. En Piedras Gordas también se puede tomar el sendero de Cuchillas de Siecha, que por lo general lo siguen personas que van a pasar el día con sus amigos o familia.

Por otro lado está la posibilidad de dormir en la reserva que se encuentra ubicada en Monterredondo, a 28 kilómetros de Piedras Gordas. Son dos horas más de camino y mientras se avanza se puede observar, con mucha frecuencia, paredes de musgo de las que siempre brota agua. También la isla de los Frailejones, con especies como el frailejón argéntea, que es de color plata y de textura suave. Además de quebradas que van interrumpiendo el camino y el sonido de diferentes aves que hacen más ameno el trayecto y acortan la distancia.

Cuando se llega a Monterredondo se ve una pequeña casa y un letrero con un oso gigante en el que se lee “Oso andino” y su nombre científico Tremarctos ornatus, y a su lado se ve un mapa, que parece una mariposa, en el que se muestra claramente que el parque hace parte de los departamentos de Cundinamarca y Meta. Abarca 11 municipios y está a una altura de 3.050 m. También se lee: “Somos la gente de la conservación”. La razón de ser de Parques Nacionales Naturales es velar por el cuidado de las áreas protegidas, adelantar estudios que permitan conocer la riqueza del lugar y generar conciencia sobre la importancia de estos ecosistemas, de la mano con las comunidades.

Es una labor de “pasión, entrega y sacrificio”, como lo señala Harby Rodríguez, uno de los guardaparques de Chingaza, quien lleva más de dos años trabajando junto a sus compañeros para adecuar los senderos y sensibilizar a las personas para que se adueñen del parque y contribuyan a su cuidado. Mientras alista las botas y se coloca la gorra que lleva un dibujo del parque explica el recorrido del sendero Suasie Corto, que dura una hora y el cual define como majestuoso. Las palabras quedan cortas cuando se inicia el camino por Suasie.

Son varios escalones los que se deben subir, y a tan sólo 5 metros se puede observar varios venados de cola blanca. Es como conocer a Bambi, ese personaje que fue creado por el austríaco Felix Salten y que llevó a varias generaciones a soñar con una vida en la naturaleza. Esta es la antesala de un recorrido que eriza los sentidos y que permite conocer varias especies endémicas del parque. Cuando el turista se adentra, pasa de un ecosistema de páramo a uno de bosque alto andino, que es más cálido y perfecto para realizar avistamiento de aves. Se pueden encontrar el periquito aliamarillo, el arañero cabecinegro, la chicharra y las pavas. En el parque han sido identificadas 400 aves y se estima que es una cifra que va en aumento gracias al estado de la reserva.

Pero entre aves y varios sonidos dulces se encuentra una gran variedad de flores de colores amarillos, rojos, violetas y blancos. Son más de 1.300 plantas entre las que se destacan orquídeas, musgos y líquenes. A cada paso se ven verdes intensos, se siente la humedad del lugar y un silencio absoluto que sólo se rompe con el sonido de alguna rana o, a lo lejos, los pasos del oso. El sendero Suasie hace honor a su nombre, que en muisca significa “sol y agua”. Una vez más, las palabras quedan cortas.

Después de caminar en medio del bosque, sentir la frescura del musgo, enterrarse en el lodo y sentir el agua de las quebradas, los turistas reciben dos premios. El primero es ver una de las casas donde habitan los osos; queda en medio de un árbol y se ven los arañazos marcados en el interior. Además se encuentran los restos de la pulla. Dicen los expertos que se comen sólo la raíz y que identifican si su paso fue reciente por el color de la hoja, que no es tan verde sino más pálido o quemado.

El segundo premio, cuando se sube el último escalón, es ver la inmensidad del embalse de Chuza. El espejo de agua brillante que contrasta con las montañas y desde el cual también se ve la carretera que conecta todo el parque. Este embalse se caracteriza por su majestuosidad y por la importancia para Bogotá, pues se construyó con el objetivo de capturar en el páramo aguas del alto río Guatiquía, que pertenece a la cuenca del Orinoco, y enviarlas hacia la del Magdalena. Esta represa es la principal fuente de agua para la ciudad. Aporta el 80 % de este líquido a la capital y el objetivo es que los ciudadanos se apropien del parque, velen por su conservación y tengan la conciencia de cuidar este recurso que cada día es más escaso.

En el mirador, mientras se contempla y se escucha cómo corre el agua del embalse, hace su aparición el cóndor de los Andes, imponente, majestuoso, elegante y místico. Hay dos individuos en Chingaza y es un espectáculo verlos, saber que aún existen y que en ellos hay una gran historia. Al alejarse del mirador se encuentra un terreno que desciende hacia la carretera y que conduce al sector de Monterredondo. Por esa ruta se puede ir a la laguna de Chingaza, que sirve como lugar de encuentro de los pescadores. En las 59 áreas protegidas este es el único punto en donde se puede realizar pesca de control.

Paul Carrión, el administrador y líder comunitario de Corpochingaza, el único operador ecoturístico del parque que se encarga del alojamiento y la alimentación, dice que hace algunos años varias personas de la región empezaron a trabajar con la trucha arcoíris, por su fácil reproducción, pero que hoy está acabando con varias especies endémicas del ecosistema. Harby Rodríguez explica que no han vuelto a tener rastro de una rana y creen que desapareció por esta causa. Entonces, los pescadores son unos buenos aliados para controlar la reproducción de esta especie y mientras se divierten en su deporte salvan a otros animales.

La visita de los turistas los involucra en las investigaciones que adelanta la reserva, pues muchas veces los guardaparques saben de la existencia del puma, el oso o diferentes especies de aves gracias a que las personas lograron verlas. Uno de los viajeros que por estos días visitaron el parque comenta que tuvo la oportunidad de ver por la carretera al oso. “Fue en un instante, pero ese instante llena el corazón. Es ver cómo camina, el color del oso y la vida del oso”.

Recorrer Chingaza es un alimento para el alma y un privilegio al ver cómo cada especie tiene una función determinada en el ecosistema. Es entender que el trabajo entre varios actores de la comunidad como el sector privado, ONG, el Gobierno, voluntarios y los miembros de la sociedad civil pueden poner de su parte para restaurar senderos, denunciar la caza ilegal de animales, participar en talleres de conciencia ambiental y replicarlos en sus hogares. Es sembrar una semilla en la sociedad para que crezca y sus frutos se traduzcan en el cuidado del medio ambiente y la responsabilidad con las futuras generaciones de entregarles un pedacito del mundo en buen estado. Visitar Chingaza es una experiencia que las personas no pueden dejar pasar. Es un tesoro único que merece ser admirado.

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