27 Jan 2016 - 4:16 a. m.

Parque Tantauco, donde las aguas se juntan

Protegidas por la fundación del expresidente Sebastián Piñera, estas 118.000 hectáreas sorprendieron a personajes como Charles Darwin. Hoy son perfectas para el turismo de aventura y para quienes quieren un contacto único con la naturaleza en el fin del mundo.

Laura Dulce Romero

Muchas veces me había preguntado cómo era el fin del mundo. Una imagen apocalíptica venía casi siempre a la cabeza: fuego, tierras desérticas sin rastro de animales o seres humanos. Un sitio inhabitable al que sólo se llega por castigo… Afortunadamente, no tuve que esperar mucho para darme cuenta de lo equivocada que estaba. El fin del mundo no es el fin y, para mi sorpresa, está lleno de verde, agua, vida.

Sólo ha pasado un mes desde mi visita al parque Tantauco, en la isla de Chiloé, en el sur de Chile, y cada día pienso en la probabilidad de volver a despertar en un lugar por lo menos parecido a ese, donde pueda respirar la naturaleza sin tener que aguantar los olores producidos por las actividades humanas, donde el sol ascienda y descienda con semejante intensidad que hasta los ojos se cierren con su espectáculo, o la quietud del agua, que tan tranquila asume el papel de espejo.

Solo se está rodeado de bosques repletos de enormes árboles que lloran con frecuencia, lagunas, ríos y riachuelos, playas de arena y enormes piedras cobijadas por un clima frío y algo lluvioso, que invita a la aventura. Es mejor traer ropa cómoda, zapatos que aguanten el terreno agreste y una maleta al hombro para hacer más fácil las actividades que este lugar ofrece, como acampar o hacer kayak, trekking y hiking. Es un rincón salvaje cuya fauna y flora, sorpresivamente, se conservan gracias a que son pocas las personas que han llegado hasta allí.

Y uno de los pocos que lo han logrado consiguió que los chilenos le dieran la importancia que hoy tiene este territorio. En 1834, Charles Darwin pisó esta isla y encontró un mundo en el que conviven todo tipo de seres: desde la gran ballena azul, el zorro y la rana que llevan su nombre, hasta lobos marinos y vegetación amenazada, como el ciprés y el olivillo costero. Animales y plantas que retrató detalladamente en su emblemática obra Viaje de un naturalista alrededor del mundo (1834), en la que aseguró que “a cierta distancia, se creería ver de nuevo la Tierra del Fuego, pero, vistos de más cerca, los bosques son incomparablemente más bellos”.

En 1970, esta riqueza única estuvo en riesgo. El hombre llegó con dos empresas japonesas que buscaban desarrollar un megaproyecto para explotar 125.000 hectáreas de bosque nativo, que serían convertidas en cerros de astillas. Como pocas veces sucede, la comunidad y los organismos nacionales e internacionales buscaron la forma de arrebatarles esa posibilidad a los asiáticos y lograron, después de muchas batallas, que en 2005 la Fundación Futuro, del expresidente Sebastián Piñera, adquiriera 118.000 hectáreas vírgenes para formar lo que es hoy el parque Tantauco, que en la lengua de los huiliches, una comunidad indígena de la región, significa “donde se juntan las aguas”.

Esta organización está muy comprometida con la conservación de uno de los 35 lugares más importantes para preservar la biodiversidad sobre la faz tierra, pero sobre todo con que haya un turismo sustentable. Ya existen más de 130 kilómetros de senderos, seis refugios, fogones y áreas de camping. Eso sin contar los programas de recuperación de hectáreas degradadas por la explotación maderera, y de investigación, en los que han participado alrededor de 1.500 estudiantes.

¿Qué hacer en el parque?

En Tantauco los planes se dividen por zonas. La primera es el lago Yaldad, un paisaje tranquilo e ideal para hacer paseos durante el día, que está cerca de la ciudad de Castro. Un escape al trajín de la cotidianidad. Se puede hacer kayak, trekking y hiking, ya que cuenta con dos senderos cortos que permiten disfrutar de este bosque lleno de curiosidades, como el Mañío del Abuelo, un árbol que tiene al menos 500 años.

Se debe tener buen estado físico y fortaleza mental porque caminar entre los senderos de piedra durante más de una hora es agotador. Pero es inevitable maravillarse con los múltiples ecosistemas que puede albergar un pedazo de tierra. Se pasa de un terreno seco a un bosque húmedo en menos de 20 minutos. Eso sí, en todos el común denominador es el agua.

Los indígenas de la zona no se equivocan. El agua, tanto dulce como salada, hace funcionar este pulmón del mundo. Todas se juntan para crear vida, porque sólo con dar el primer paso es evidente que en este parque todo respira. También hay una zona de picnic y un museo en el que los visitantes pueden conocer la historia del lugar, desde la época de la glaciación hasta la creación del parque. Toda la infraestructura (senderos, puentes colgantes, restaurante) es de madera con techos verdes y jardines verticales, que dan la sensación de estar en una comarca y que por supuesto contribuyen a la conservación de esta reserva.

La otra zona por conocer se llama Chaiguata. La experiencia es más cercana porque, además de hacer todas las actividades anteriores, obligatoriamente hay que quedarse a dormir. Y son dos las alternativas. Acampar en un área que incluye un techo y una mesa para instalar la cocina y que la carpa quede cubierta, o dormir en domos con capacidad para ocho personas, en cuatro camarotes. Aunque es un lugar pequeño, resulta muy agradable gracias a la comodidad de las camas y la calefacción. Pero si usted es de los que odian compartir habitación, piense que se trata de una experiencia que le permitirá explorar cosas de sí mismo y, por qué no, de quienes lo acompañan.

A pesar de que muchas de las actividades requieren esfuerzo físico hay una diseñada especialmente para relajarse: las hot tubs, unas tinas de agua caliente para cinco personas, que cuentan con la mejor vista del parque, adornada con montañas bordeadas por un extenso lago. Con unos tragos y buena compañía, resulta ser el mejor plan en medio de la nada.

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