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Bangkok es la ciudad más visitada del mundo: por qué y qué hay para hacer

Caótica y fascinante a la vez, Bangkok seduce a millones de viajeros cada año. ¿Cuál es el secreto de su magnetismo y qué experiencias la convierten en un destino imposible de ignorar?

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Marcela Osorio Granados
18 de enero de 2026 - 04:00 p. m.
Una noche en el barrio chino de Bangkok.
Una noche en el barrio chino de Bangkok.
Foto: Marcela Osorio Granados
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Si hace el ejercicio de cerrar los ojos y pensar en Bangkok, ¿qué imagen se le viene a la cabeza? En mi caso, antes de viajar y conocerla, la respuesta era una sucesión de palabras: caos, noche, calor, comida callejera, mucho picante y un idioma difícil de entender. Ahora, después de haber recorrido sus calles, sumaría algunas más: cerveza, asombro, irresistible y monumentalidad.

Bangkok no se revela de golpe. Se despliega poco a poco, entre el ruido del tráfico, el vapor de los puestos callejeros y el brillo dorado de sus templos. No en vano se convirtió en la ciudad más visitada del mundo en 2025, de acuerdo con el índice Top 100 City Destinations de Euromonitor International. Eso sí, para entenderla hay que caminarla y detenerse en sus lugares esenciales.

La primera parada obligada suele ser el Gran Palacio, un conjunto monumental que condensa siglos de historia tailandesa. En 1782, cuando el nuevo rey decidió trasladar la capital a la orilla izquierda del río Chao Phraya para aprovechar los canales del oeste como defensa natural, mandó construir este complejo palaciego que hoy ocupa más de 218.000 metros cuadrados, rodeado por murallas almenadas que parecen no tener fin. El diseño recuerda a las antiguas residencias reales, salas del trono, edificios administrativos y, en el corazón del recinto, un templo que funciona como capilla real. Todo, absolutamente todo, está pensado para impresionar.

Dentro de ese mismo perímetro se encuentra uno de los lugares más sagrados del país: el Templo del Buda de Esmeralda, o Wat Phra Kaew. No es un templo cualquiera. Aquí no viven monjes; es un espacio ceremonial, reservado, casi solemne. Fue el rey Rama I quien instaló la imagen del Buda de Esmeralda, tallada en una piedra preciosa, y le dio su nombre oficial: Wat Phra Sri Rattanasasadaram. Doce pabellones de base de mármol flanquean el salón principal, donde los fieles se sientan a escuchar sermones o a recitar cantos en fechas señaladas del calendario budista. El silencio, entre tanto esplendor, resulta sobrecogedor.

A pocos pasos, aparece Wat Pho, un templo que parece abarcarlo todo. Aquí está el Buda Reclinado más grande de la ciudad, una figura que apenas es contenida por su propio pabellón. Wat Pho también alberga la mayor colección de imágenes de Buda de Tailandia y fue, además, uno de los primeros centros de educación pública del país. Sus extensos jardines —ocho hectáreas en total— invitan a recorrerlos sin prisa, con menos turistas que en el vecino Wat Phra Kaew, y con la sensación de estar en un lugar vivo, donde la espiritualidad convive con el aprendizaje.

No es casualidad que Wat Pho sea también la cuna y el hogar de la Escuela de Masaje Tailandés. Declarado parte esencial de la medicina tradicional del país, el nuad thai no es un simple tratamiento de relajación, sino una terapia manual profundamente ligada a la cosmovisión tailandesa. A través de presiones, estiramientos y manipulaciones realizadas con manos, codos, rodillas y hasta pies, los terapeutas buscan desbloquear las líneas de energía —los llamados canales sen— y restablecer el equilibrio de los cuatro elementos en el cuerpo. Las compresas calientes de hierbas completan una experiencia que es tan física como espiritual. Probarlo en su lugar de origen no es un lujo: es parte del viaje.

Nuestro guía nos recomendó algunos locales de masajes en los alrededores de Wat Pho. No es una mala sugerencia, aunque en Tailandia el masaje parece formar parte del paisaje: hay uno en cada esquina y resulta casi imposible no encontrarse con un buen lugar. “Masaje” bien podría ser el apellido de la ciudad.

Y aquí va un dato clave para el viajero: conviene aprender un par de palabras antes de embarcarse en la experiencia del masaje. Nak, nak si quiere que la presión sea más fuerte; bao, bao si siente que el masajista ya lo está dejando magullado.

Bangkok también se mira desde el agua. Y pocas imágenes resumen mejor esa idea que la silueta de Wat Arun, recortándose sobre el río Chao Phraya cuando el sol empieza a despuntar. Conocido como el Templo del Amanecer o de la Aurora, este santuario budista se alza en la orilla de Thon Buri, justo enfrente de Wat Pho.

Wat Arun existe desde el período de Ayutthaya, cuando aún se llamaba Wat Chaeng. Con la fundación de la nueva capital en Krung Thon Buri, el templo fue elevado a la categoría de templo real de primera clase y llegó incluso a albergar durante un tiempo al Buda de Esmeralda. A lo largo de varios reinados fue transformándose hasta adquirir su fisonomía actual. La gran protagonista es su torre central de estilo jemer, un prang de 82 metros de altura que se convierte en la más alta de Bangkok. Subir sus empinados escalones no es para todos, pero quienes llegan hasta arriba son recompensados con una de las vistas más memorables de la ciudad.

Tras la solemnidad de los templos, Bangkok devuelve al viajero a la tierra firme… y al estómago. Porque si hay algo que define la vida cotidiana de la ciudad es su comida callejera. Caminar por sus aceras —a menudo caóticas y en ocasiones destartaladas— es dejarse envolver por los aromas de la leche de coco, el jengibre y el picante. Pinchos de pollo o cerdo chisporrotean en las parrillas, mientras enormes ollas hierven sopas de fideos de distintos grosores y curris que asaltan, como si se tratara de un puño de olor.

Es común encontrarse carros de comida, vagones tirados por una persona o halados por una moto, con calcomanías de la guía Michelin, algo así como el libro sagrado de la gastronomía. Los avisos señalan que ese cúmulo de latas con dos ruedas que han visto mejores décadas sirve algo digno de la guía. Más allá de los gustos personales, la recomendación no falla.

La experiencia de comida callejera de Bangkok, en la hora pico de la tarde/noche de preferencia, es invasiva. Se suda a chorros, se camina esquivando otros turistas, pero también charcos de no sabemos muy bien qué sustancia, entre vapores que traen maní, sal, ajo y cilantro por el aire. En algunas cuadras el aire huele tanto a grasa, como a exhosto de carro.

Suena extraño y, en justicia, lo es. Entre el amasijo de sensaciones lo que hay son decenas o acaso cientos de sabores nuevos por ser descubiertos. ¿Pastelitos fritos de un vegetal que no termina de ser traducido al español? Claro que sí. ¿Coditos de cerdo hervidos en un caldo capaz de despertar un volcán dormido? Deme dos. ¿Helado de salsa de soya? Existe, no hay ninguna razón en el universo para perdérselo.

Los tailandeses lo tienen claro: se come mejor en la calle o en los mercados. Allí los platos se preparan al momento, se sirven en mesas improvisadas con taburetes de plástico o se entregan en pequeñas bolsas transparentes, cerradas con bandas de caucho, listas para llevar a casa o a la oficina. Sencillo, rápido y delicioso.

La mejor recomendación es hacer esta visita con un guía. No sólo por salud intestinal, sino para, realmente, entender qué se está comiendo y las historias únicas de cada plato y vendedor. Los pastelitos del vegetal misterioso vienen de las manos superhumanas de una señora que lleva 40 años en esa misma labor. A duras penas sonríe, pero la guía del recorrido confiesa que ella misma, cada vez que pasa por ahí, lleva uno o dos para su casa. Se entiende. Se aplaude. Se envidia no tener esa parada en la ruta del Transmilenio.

Y si Bangkok se entiende caminándola, también se comprende navegándola. Los mercados flotantes son la expresión más clara de una ciudad que aprendió a crecer sobre el agua. El más grande y popular es Damnoen Saduak, en la provincia de Ratchaburi, a unos 100 kilómetros al suroeste de la capital.

El viaje hasta el mercado flotante de Damnoen Saduak funciona como una antesala de lo que vendrá: ya sea en una visita guiada desde la ciudad —que suele sumar el mercado sobre las vías del tren Mae Klong— o en bus por cuenta propia, el trayecto permite ir entrando, sin prisa, en la cadencia cotidiana de Tailandia.

El mercado se despliega como un escenario en movimiento. Desde pequeñas embarcaciones se ofrecen frutas exóticas recién cortadas, verduras frescas y platos humeantes cocinados al instante. Los aromas intensos, el picante persistente y el cruce constante de barcas convierten la visita en una experiencia sensorial, en la que la vida cotidiana flota, literalmente, sobre el agua.

Quizás en el resumen final la palabra que se vienen a la mente al pensar en Bangkok es contraste. Se trata de una ciudad que no se observa desde lejos, sino que se saborea, se camina y se visita, en la medida de lo posible, una y otra vez.

Marcela Osorio Granados

Por Marcela Osorio Granados

Especializada en temas de política, paz y posconflicto. Magíster en Estudios Políticos del Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional. Periodista con 17 años de experiencia en prensa, periodismo digital y creación y presentación de productos audiovisuales. Creadora de La Huerta y Entre Montañas.@marcelaosorio24mosorio@elespectador.com

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