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Desde el aire, Río de Janeiro parece no tener fin. La ciudad se extiende como un mosaico vibrante donde resaltan incontables canchas de fútbol iluminadas en la noche, pequeños rectángulos verdes que confirman una verdad cultural: aquí el deporte más popular del mundo no es solo un juego, es identidad. Abajo, la bahía de Guanabara, palabra de origen indígena que significa “seno de mar”, abraza la ciudad, le da forma a uno de los paisajes urbanos más reconocibles del planeta y es la bienvenida a una ciudad icónica.
Río es inmensa, pero también profundamente conectada. Su red de ciclovías enlaza playas y barrios permitiendo recorrer la ciudad a otro ritmo, más cercano al de quienes la viven. En el Parque de Flamengo, la concentración de árboles plantados en grupos ordenados crea una armonía visual que contrasta con la intensidad urbana. Y en medio de esa mezcla, persiste la historia: clubes de remo que con el tiempo dieron paso a los grandes clubes de fútbol, reflejo de una transformación social donde el deporte dejó de ser aristocrático para convertirse en pasión popular. Botafogo y Flamengo son muestra de ese origen.
Un origen que está determinado por la herencia portuguesa, un legado que sigue marcando el pulso de la ciudad. Barrios como Cosme Velho, antesala al Cristo Redentor, conservan casas de dos pisos con balcones de hierro y fachadas en tonos crema. Esa influencia también se siente en espacios icónicos como la Confitería Colombo, fundada en 1894 y que hoy es un símbolo de la vida cultural carioca desde finales del siglo XIX.
El turismo internacional confirma el atractivo global de Río. Colombia ocupa el sexto lugar en número de visitantes, con 62.916 turistas, según cifras de Embratur, detrás de países como Argentina, Chile y Estados Unidos. Una cifra que habla no solo de la cercanía cultural, sino del creciente interés de los colombianos por descubrir Brasil y de un trabajo de promoción que viene impulsando Visit Río. Y que desde la llegada se puede apreciar con el Fast Pass de RIOgaleão, que facilita trámites y llegadas en un aeropuerto de tantas dimensiones. Sin pasar por alto la ruta directa entre Bogotá y Río de Janeiro de Avianca, y que se suma a las frecuencias con Sao Paulo, Belem y Manaos.
Si hay un momento en el que Río más despierta ese interés y revela buena parte de su esencia, es durante el carnaval. Más de 3.000 personas desfilan en cada jornada, representando a 95 escuelas de samba, de las cuales solo 12 alcanzan el Sambódromo principal. Durante tres noches, de domingo a martes, la ciudad se convierte en un escenario colectivo donde todos cantan y bailan al unísono. Aunque oficialmente para el público comienza en febrero, para quienes están detrás la celebración arranca desde enero. Desde 1932, el carnaval es una expresión cultural que mezcla ritmo, historia y comunidad: la samba como latido, como sangre, es buena parte del alma carioca.
Detrás del espectáculo hay toda una industria cultural. Los “tours” por las escuelas de samba, que comenzaron hace 13 años, reciben cerca de 400 personas al día. Con salidas cada 30 minutos, estos recorridos, que hoy cuestan entre 110 y 130 reales, tienen un 65 % de visitantes extranjeros. Una experiencia que permite entender que la diversidad de Brasil no es solo geográfica, sino también humana: sus mestizajes reflejan la biodiversidad del país.
Más allá del carnaval, Río como ciudad ofrece múltiples formas de explorarse. En el Parque Nacional de Tijuca, uno de los bosques urbanos más grandes del mundo, la ciudad se transforma en selva. Las playas salvajes como Prainha, Grumari o Abricó muestran un lado más natural y menos intervenido del litoral carioca y pueden ser lugares más tranquilos que las famosas playas de Copacabana e Ipanema. Existen recorridos de Jeep Tour, que en este aventurero vehículo descapotado hacen del viaje una inmersión más que placentera para disfrutar de la biodiversidad de los paisajes.
La vida nocturna encuentra su epicentro en Lapa, un distrito donde bares y restaurantes mantienen viva la energía de la ciudad hasta altas horas, como Rio Scenarium. Allí, la música, desde la samba hasta el funk, considerado “el sonido de las favelas”, acompaña a cariocas y turistas en una celebración constante. En una ciudad como estas la oferta de entretenimiento es amplia: desde cenas con espectáculo musical como el Roxy (alrededor de 320 reales), que de forma interactiva acerca a viajeros a las diferentes músicas de todo Brasil. El teatro Roxy está ubicado a escasas dos cuadras de Copacabana, que con su hotel Pestana Rio Atlântica, muy tradicional en la ciudad, resulta ideal en ubicación para disfrutar de Río sin sufrir por largos desplazamientos.
Ante lo tradicional, en cuanto a gastronomía es mejor ir a la fija. La Casa da Feijoada en Ipanema ya acumula 30 años entregando una gran experiencia de la feijoada, ese famoso y tradicional plato brasilero de frijoles negros, arroz y panceta; y si hablamos de bebidas, sí o sí hay que pasar por la Academia da Cachaça, en Leblon, donde se puede conseguir cachaça de diferentes regiones del país y así probar la tradicional caipirinha.
Pero no todo es historia o gastronomía, esta ciudad también apuesta por el futuro. El Museo del Mañana, inaugurado en diciembre de 2015, propone una reflexión sobre ciencia, sostenibilidad y humanidad en una ciudad que constantemente dialoga entre tradición y modernidad. Hay montajes que respondiendo preguntas simples como “uno como visitante cuántas veces al día usa transporte público”, “qué tan lejos vives del trabajo” o “cuántos televisores hay en casa”, puede calcular la huella de carbono que uno emite y de la que es responsable. Todo el museo busca concientizar de que nuestro paso por el mundo quizá es efímero, pero que la responsabilidad de cuidarlo cada vez es mayor.
Una ciudad de turismo mundial
Río de Janeiro es un destino global, no hay duda de eso. Si no lo es por sus playas, o por la cultura musical y de festivales globales (Shakira, por ejemplo, el próximo 2 de mayo cantará gratis en la playa de Copacabana), esta ciudad es de interés global gracias a que alberga una de las siete maravillas del mundo moderno. Ascender al Cristo del Corcovado o Cristo Redentor, es un atractivo que convoca a más de 60.000 personas al año.
Inaugurado en 1931, tras cinco años de construcción financiada en gran parte por la comunidad católica, el monumento de 38 metros se alza como símbolo de la ciudad y quizá la imagen de Brasil en el mundo. El acceso puede hacerse en tren, una línea histórica que comenzó con locomotoras a vapor en 1882 y que en 1910 se convirtió en el primer tren eléctrico de Sudamérica; o incluso caminando en una ruta de tres horas. El trayecto ofrece momentos memorables, como la llamada “curva del ohhh”, donde la vegetación se abre y deja ver la ciudad en todo su esplendor. Ya arriba, se sea o no creyente, el monumento es imponente, aunque, la vista panorámica de Río es el final ideal de un viaje por esta ciudad.
Desde la cima, la vista es casi simbólica: a la izquierda se extiende hacia el Maracaná, un estadio que guarda grandes historias del fútbol mundial, mientras que la mano derecha del Cristo apunta hacia Ipanema y Pan de Azúcar.
Precisamente este otro icónico morro de 396 metros de altura es otro imperdible y otra postal de Río en el mundo, aunque hay que tener paciencia: más de 3.000 personas suben diariamente, lo que puede generar largas filas. Lo más recomendado es dejar el ascenso para las horas de la tarde, no solo para mitigar el fuerte calor que hace en gran parte del año en la ciudad, sino para ver desde su cima cómo el sol se esconde de espaldas al Cristo. Difícil encontrar mejor atardecer que este.
Viajar a Río de Janeiro es mucho más que recorrer un destino. Es entender que la diversidad natural, cultural y hasta humana es quizá su mayor riqueza. Viajar por Río es confirmar que ningún paisaje es igual a otro y que cada experiencia suma una nueva forma de ver el mundo. Disfrutar de Río, en esencia, es darle un abrazo a esos lugares que alguna vez solo existieron en fotos, porque a lo mejor, de Río, todos la imaginamos o vimos por primera vez, en fotos, en postales, no más que eso. Y viajar hasta acá es descubrir que, en vivo, esos colores y esas playas, esas imágenes, son más intensas, más reales y más humanas. Río de Janeiro cidade maravilhosa cheia de encantos mil.
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