29 Jan 2014 - 2:49 a. m.

Un paraíso furtivo

Declarado Monumento Nacional y Reserva de la Biosfera por la Unesco, el Parque El Tuparro es un destino que merece ser descubierto por los amantes de la naturaleza.

Redacción Buen Viaje

Una gigantesca piedra está flanqueada por la fuerza del caudal. Permanece en pie sobre uno de sus vértices sin caer al agua. “La roca en equilibrio”, como la conocen en el Parque Nacional El Tuparro, en Vichada, parece tambalearse de un lado a otro, pero en realidad siempre está inmóvil.

Aquel es uno de los atractivos de los raudales de Maipures, un paraje tan desconocido como sublime. “Es la octava maravilla del mundo”, les dicen, no sin razón, los guías a los visitantes cuando pisan la selva húmeda.

De hecho, esas fueron las palabras del naturalista y explorador Alexander von Humboldt, quien en el siglo XIX, a bordo de una canoa, desafió la confluencia de los ríos hoy conocidos como Orinoco y Tuparro. En una gran sabana verde, junto a las playas doradas, encontró bosques de galería, árboles de más de 30 metros de altura, morichales y caños recónditos de aguas cristalinas. Una reserva que ha servido de hogar para pumas, venados sabaneros, nutrias, osos hormigueros, diversas clases de primates y más de 300 especies de aves.

Los registros de Humboldt no distan mucho de los comentarios que escriben actualmente los expedicionarios que se han adentrado en esa reserva ecológica de 548.000 hectáreas que se encuentra en límites con Venezuela. Cada paso, aseguran, es un descubrimiento, como hace más de 200 años, cuando albergó a los indígenas de las etnias pareni y guipuñave. Hoy es habitada por sikuani-guahibos y cuibas. Parece que aquella naturaleza jamás hubiese sido alterada por la presencia del ser humano. Entre turistas e investigadores se encargan de develar los secretos que guarda la naturaleza del Tuparro en sus seis tipos de paisajes.

Las aguas de los raudales, que tienen un tramo de seis kilómetros, se revelan blancas cuando chocan contra las rocas y café con leche cuando recobran su cauce. También se tornan verdosas por el efecto de la vegetación que crece bajo el agua.

En sus orillas, sobre la rugosidad de piedras enormes, los pobladores se acercan a tomar un baño o a lavar sus ropas. En medio de la inmensidad del horizonte, el hombre apenas se distingue. La naturaleza lo absorbe hasta convertirlo en un elemento más de aquel universo.

Llegar hasta allí es uno de los principales desafíos. La primera opción es un avión desde Bogotá hasta Puerto Carreño (Vichada), que tarda 2 horas y 40 minutos. También es posible acceder a través de Venezuela hasta Puerto Ayacucho y luego emprender el trayecto por vía fluvial. Desde la capital del departamento los turistas tienen la posibilidad de avanzar en vehículos 4x4 hasta la entrada del parque. A partir de ese punto es necesario acceder en lancha.

Tan pronto se hace presencia en la reserva, el encanto de sus bosques y el continuo flujo de los caudales invaden de sosiego a los visitantes. Es, sin duda, un destino apartado que merece ser redescubierto y siempre contemplado.

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