No es un secreto que Costa Rica lleva años cautivando a los viajeros más exigentes. Pero lo que muchos desconocen es que este pequeño país centroamericano, bañado por dos océanos y protegido en más del 25 % de su territorio por áreas naturales, ha encontrado en Colombia uno de sus mercados más fieles y de más rápido crecimiento. Según datos del Instituto Costarricense de Turismo (ICT), en 2025 ingresaron más de 34.000 colombianos a territorio costarricense, y la tendencia no hace más que acelerarse, pues entre enero y abril de 2026 llegaron 11.302 pasajeros nacionales, lo que representa un incremento del 12 % con respecto al mismo periodo del año anterior.
Y todo esto sucede a pesar de una barrera significativa, ya que Costa Rica exige visa a los ciudadanos colombianos, un requisito que compartimos con Cuba, Haití, Nicaragua y Perú. Sin importar esto, Colombia sigue siendo el principal emisor de viajeros suramericanos al país del café, las aves y los volcanes.
Y puede ser que lo que cautiva a tantos viajeros es que Costa Rica, al igual que la propia Colombia, entiende la geografía como un beneficio: volcanes activos y otros dormidos que nutren de energía al país, canales navegables que se abren paso entre selvas espesas que se pueden confundir con el Amazonas mismo, y una filosofía de “pura vida” que no es un eslogan, sino una forma de habitar y relacionarse con el mundo.
Energía volcánica y bohemia capitalina
El viaje comienza donde la tierra se eleva con imponencia: el Parque Nacional Volcán Irazú. Allí, entre senderos que atraviesan bosques nubosos, miradores que se asoman al abismo y otros que dejan ver las ciudades del valle central, se puede entender por qué los indígenas Iztaru llamaban a este volcán el “cerro del temblor” o “montaña de trueno”. Con sus 3.432 metros sobre el nivel del mar, el Irazú es el volcán más alto del país. Desde su cima, en días despejados, se puede contemplar un espectáculo único, ya que se logra ver en simultáneo el océano Pacífico y el Caribe, los mares que acarician las costas de este pequeño país.
Costa Rica cuenta con más de 200 formaciones volcánicas, de las cuales al menos seis se consideran activas. El Volcán Poás, con su cráter gigantesco de 1,5 kilómetros de diámetro —uno de los más grandes del mundo—; el Volcán Arenal, cuya erupción de 1968 cambió para siempre la geografía de la región; el Volcán Rincón de la Vieja; y el Volcán Turrialba, vecino del Irazú. Son solo algunos de los gigantes que conforman el cinturón de fuego costarricense.
En el Parque Nacional Volcán Irazú, el visitante se encuentra con un paisaje casi lunar dividido en varios cráteres. El primero, conocido como Playa Hermosa, tiene un suelo de arena negra volcánica por donde se camina para llegar hasta el mirador del cráter Diego de la Haya, cuya última erupción fue en 1963, tiene una profundidad de 300 metros y un diámetro de 1.050 metros.
Al volver a San José, el Mercado Central se distingue como un lugar emblemático que resguarda la identidad cultural tica desde 1880. Sus pasillos angostos y oscuros con más de 200 puestos están flanqueados por tenderas que venden de todo. Es un mercado vivo, ruidoso, abarrotado, que no ha sido domesticado para el turismo, aunque hay algunos locales de “souvenirs” cerca de las entradas principales.
Del bullicio del mercado se pasa a la majestuosidad del Teatro Nacional de Costa Rica. Construido entre 1891 y 1897, este coloso de arquitectura ecléctica con predominio neorrenacentista fue concebido como un símbolo de orgullo nacional en una época en la que el café, el principal producto de exportación, había traído riqueza al país.
El camino a un paraíso acuático
Al salir de la capital hacia el norte, al Caribe, la vegetación se hace más densa, el aire más húmedo y caliente; una señal inequívoca de estar llegando a Tortuguero –el Amazonas costarricense-. Ese laberinto de canales, selva inundable y playas donde las tortugas verdes llegan a desovar entre julio y octubre. Tortuguero, cuyo nombre significa “Tierra de Tortugas”, es un pueblo remoto al que solo se puede acceder en bote o avioneta. No hay carreteras que lleguen hasta allí, y esa es precisamente una de sus magias, pues está rodeado y protegido por el Parque Nacional Tortuguero, creado en 1975 para conservar la anidación de las tortugas, y que hoy es Patrimonio de la Humanidad.
Amanecer en Tortuguero es entender que el agua lo gobierna todo. La humedad es densa y el aullido de los monos que se mezcla con el canto de las aves permite recordar que el planeta no nos pertenece, sino nosotros a él. La mañana comienza con un safari en botes por los canales para adentrarse en un mundo acuático con una biodiversidad alucinante.
Garzas, tucanes, osos perezosos que reposan en las copas de los árboles, caimanes que toman la siesta, monos de varias especies y un sinnúmero de aves gobiernan este parque de 76.937 hectáreas, de las cuales 50.284 son marinas y 26.653 terrestres.
Ahí mismo, entre la masa verde, se levanta el cerro Tortuguero, una mole de 119 metros formada por antiguas erupciones volcánicas que crearon una elevación rocosa en medio de la llanura aluvial. Para llegar a la parte más alta hace falta subir 427 escalones que se mezclan con los grandes árboles y abren camino a la cima, en donde se explaya una vista que permite ver cómo el río Tortuguero serpentea como una vena de tonos cafés y verdes entre la selva, y las playas de arena negra que se extienden hacia el horizonte donde el mar Caribe rompe en olas blancas y bravas. Desde arriba se entiende por qué Tortuguero es uno de los tesoros más preciados de Costa Rica.
Si subir cerros no es lo suyo, el recorrido en kayak por los canales de agua transparente, café o negra —por los taninos de algunos árboles— le permite acercarse a la fauna como nunca: mariposas morpho, iguanas verdes y, de nuevo, todo tipo de aves acompañarán su navegación, pues Costa Rica alberga el 6 % de la biodiversidad mundial, con registros de más de 900 aves, de las cuales 480 son nativas.
La otra economía
Otra jornada implica un viaje hacia el Pacífico norte, a la provincia de Alajuela, donde se levanta imponente el Volcán Arenal, el más visitado del país. El trayecto toma aproximadamente cuatro horas desde Tortuguero, cruzando por el pueblo de Guápiles y luego ascendiendo hacia las llanuras de San Carlos, una de las zonas más productivas del país.
Pero antes de llegar a las faldas del coloso y de pasar por la ciudad de La Fortuna, que es el principal punto base para explorar la zona, hay una parada que conecta con la otra economía de Costa Rica: la agricultura sostenible. La Finca Ecoorgánica Sapiquí es un ejemplo vivo de cómo el campo puede ser productivo sin destruir el entorno. “Sapiquí” en lengua indígena significa “agua limpia” o “lugar de agua pura”, y el nombre no podría ser más apropiado, pues la finca está atravesada por quebradas de montaña de aguas cristalinas.
Allí, los dueños explican cómo han integrado prácticas regenerativas como abonos orgánicos producidos en la misma finca, rotación de cultivos para evitar el agotamiento del suelo, y control biológico de plagas con insectos benéficos. Esta finca no solo produce alimentos, también cultiva conocimiento. Pues durante el recorrido se aprende sobre cómo la agricultura ha sido, históricamente, el pilar económico de Costa Rica, incluso más que el turismo.
La vida nocturna
El Hotel Tilajari, rodeado de jardines exuberantes y con el río San Carlos —uno de los afluentes más importantes del río San Juan, que desemboca en el Caribe nicaragüense— como vecino silencioso, es el campamento base para una experiencia memorable: la caminata nocturna.
Con linternas y la guía de un biólogo local es posible adentrarse en los senderos y bosques del hotel para ver cómo un nuevo mundo natural despierta. Las ranas de cristal, las de ojos rojos, las serpientes terciopelo o los osos perezosos de dos dedos se llevan el protagonismo de una caminata nocturna que requiere de los sentidos vivos para contemplar la otra naturaleza.
Experiencias como estas son suficientes para entender por qué es necesario conocer este país centroamericano. Todo esto permite ver que Costa Rica no se mide en kilómetros recorridos ni en cantidad de volcanes avistados, sino en revelaciones que llegan sin afán, como la magnificencia de la naturaleza y la biodiversidad, la sorpresa de descubrir que se pueden ver dos océanos desde un mismo punto, o la paz que produce remar en un río mientras nada más importa. Porque al final, el “pura vida” no es más que el reconocimiento de que, en este mundo tan acostumbrado a las prisas y la inmediatez, todavía hay lugares donde vale la pena detenerse a observar, escuchar y contemplar. Y Costa Rica, sin duda, es uno de ellos.
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