Por: Fernando Araújo Vélez
El Caminante

Un reguero de causas y azares

Fueron varios los viejos libros de mi aun más vieja biblioteca los que marcaron mi vida, y fueron muchas las noches y las madrugadas en las que me perdí pasando las yemas de mis dedos por los nombres de quienes los escribieron. Fueron innumerables las tardes que pasé tratando de recordar cómo habían llegado aquellos tomos a mi casa, quién los había dejado ahí, bajo qué circunstancias y avatares del destino, y fueron incontables las veces que busqué cómo habían sido las vidas de sus autores, porque cada día que pasaba, más me convencía de que aquellos autores y sus obras, sus frases, habían determinado gran parte de mi vida. Uno, Dostoyevski, había estado condenado a muerte, se había salvado por una orden de indulto de última hora y fue enviado a Siberia, donde aprendió más que en ninguna otra parte de la vida y las vidas de los hombres sin redención. Ellos fueron luego personajes de sus novelas.

Otro, Nietzsche, deambuló de pueblo en pueblo en busca de un clima benigno que le aliviara sus dolores de cabeza, su creciente ceguera, y la casi nula difusión de sus Zaratustras y Genealogías de la moral, y aún así siguió escribiendo. Ya no aspiraba a su felicidad, aspiraba a su obra. Tolstói había buscado a un Dios que lo salvara, y buscándolo, comprendió que la tranquilidad era una bajeza moral, y Rodolfo Walsh denunció y denunció fusilamientos y desapariciones, hasta que lo fusilaron a él y luego desaparecieron su cuerpo. Hölderlin se suicidó, igual que Hemingway, y Rimbaud se dedicó a traficar armas por África, y a García Lorca lo ejecutaron por la espalda. De una u otra manera, todos padecieron la vida, pero también todos fueron conscientes de que su padecer no podía ser un obstáculo para escribir, pues lo importante no eran sus dolores, sino sus testimonios, y esos testimonios se fueron acumulando en mi biblioteca.

Unos me llevaron a los otros, y esos otros, a unos más. Fueron un reguero de causas y azares, como escribió Silvio Rodríguez, que me abrió una y otra y otra puerta y me llevó por un mágico camino repleto de frases e imágenes que recogí y repetí todos los días de mi vida, sin que me importara demasiado si eran verdad o no. Para mí lo eran y lo fueron y lo seguirán siendo, a pesar de que por ellas mismas haya comprendido lo inasible y sin sentido de esta vida.

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Un reguero de causas y azares

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