Por: Juan Ospina Rendón

¿Utopía mínima de la paz?

Las utopías son representaciones ideales, por esa razón nadie imaginaría una paz de mínimos

El Acuerdo Final incorpora la utopía de la paz soportada en seis pilares: reforma rural integral, apertura democrática, fin del conflicto, solución al problema de las drogas ilícitas, derechos de las víctimas e implementación y verificación. Esta utopía, creada en suma por todas las instituciones, garantes y personas vinculadas en la negociación de paz que duró un poco más de 4 años, incluyó una representación del futuro deseable del país con transformaciones sustanciales y no una idea mínima de las condiciones para alcanzar la paz.

Las transformaciones requeridas tienen una finalidad clara: terminar de manera definitiva con el conflicto armado, eliminar las condiciones que lo soportaron durante décadas y evitar su repetición. Por estas razones, el cumplimiento del Acuerdo de Paz no es la concentración de esfuerzos institucionales para cumplir uno o algunos puntos de este, sino la comprensión sistemática de su contenido hacia una sociedad ideal que disfrute de la garantía de sus derechos y renuncie a la violencia como vía para resolver las diferencias.

Desde hace algunas semanas, especialmente desde el anunció de un minúsculo grupo de exintegrantes de las FARC-EP de rearmarse, buena parte de la opinión pública se ha concentrado en exigir el cumplimiento del Acuerdo respecto de la mayoría de aquellos excombatientes que continúan en el proceso de reincorporación. Esta idea me pareció desde un principio racional, pero compleja porque reduce el Acuerdo de Paz a un planteamiento mínimo, aunque necesario, y se deja de lado su estructura completa. Sería como aceptar recibir solo un medicamento de seis recetados por el doctor para combatir una enfermedad grave.

La utopía incorporada en el Acuerdo de Paz no promueve una idea de mínimos. Cumplir el Acuerdo no es apoyar solamente a los excombatientes que continúan atendiendo los compromisos derivados de este, sino la realización de una imagen transformadora de la realidad para impedir que las condiciones que alimentan la guerra puedan darle la velocidad necesaria para revivirla.

Hay que mantener a los excombatientes en la legalidad y cumplirles, pero también es importante atacar los elementos que facilitan la persistencia de la violencia. ¿Cómo evitar que otros colombianos, distintos de los excombatientes, integren los grupos disidentes por justificar la guerra o resolver sus problemas económicos? Así como el desfibrilador es capaz de restaurar el ritmo cardiaco de una persona que acaba de sufrir un infarto, el incumplimiento del Acuerdo de Paz puede restaurar la intensidad del conflicto armado.

Exigir el cumplimiento de las políticas de Estado, entre ellas el Acuerdo de Paz, es rechazar la imposición de una utopía mínima de la paz. Las transformaciones que requiere el Estado para evitar un nuevo ciclo de violencia deben conducirse en la utopía de la paz, que el gobierno ha denominado paz con legalidad, y no en la formula fracasada de la guerra. La representación ideal de la sociedad colombiana debe partir de una narrativa amplia sobre su futuro y no sobre sus mínimos o sus fracasos.

Coda: El libro “Revolución, Democracia y Paz. Trayectorias de los derechos humanos en Colombia (1973-1985)” de Jorge Gonzalez Jacome, que será lanzado esta semana, incluye un interesante relato sobre el desafío de los derechos humanos a las narrativas oficiales sobre la violencia y la cartografía de la crisis eterna de la violencia en Colombia. Se trata de un relato útil para entender, desde un enfoque histórico, los desafíos de la paz

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