Vuelta en el tiempo por Spa-Francorchamps

El circuito de Spa es uno de los más emblemáticos y veloces en el mundo. Fundado en 1924, ha sido testigo de la evolución del deporte a motor. Mañana se realizara allí el Gran Premio de Bélgica de la Fórmula Uno, donde los pilotos del campeonato lucharán por dominar el difícil trazado.

El circuito de Spa es uno de los más emblemáticos y veloces en el mundo. / AFP

Inmerso en el denso verde forestal de las Ardenas, en Bélgica, yace uno de los escenarios más míticos y mágicos del mundo del motor. Un circuito que, como los robles de este bosque, ha sido testigo de la historia de gloria, tragedia, pasión y velocidad de este deporte. Se trata de Spa-Francorchamps.

Desde 1896, una especie híbrida —compuesta por el hombre y la máquina— ha sido parte del ecosistema de esta región. Su paisaje verde, su impredecible clima, sus ríos y sus colinas han sido donde ella se ha formado, donde ha crecido, aprendido y explorado los límites de la velocidad.

Y es que fue en esta región de Bélgica donde por primera vez se cerraron vías, en 1902, y se definió un circuito (de 118 kilómetros) para que los amantes de los autos y la velocidad pudieran correr. Antes de esto, las competencias solían ser rallies de una ciudad a otra.

Comenzando la década de los 20, Jules de Thier, director del periódico local La Meuse; el barón Joseph de Crawhez, burgomaestre de Spa, y Langlois van Ophem, presidente del Automóvil Club de Bélgica, dieron vida al actual circuito de Spa-Francorchamps.

Conocido como “el triángulo”, este trazado de 15 kilómetros de longitud que utilizaba vías públicas, unía triangularmente las villas de Francorchamps, Malmedy y Stavelot. Estaba compuesto por rapidísimas curvas y muchos cambios de elevación, característicos de la topografía de la región.

Fue inaugurado en 1922 con una carrera de motociclismo. En 1924 se realizó la primera edición de las 24 Horas de Spa y un año después, se llevó a cabo el primer GP de Bélgica, en donde compitieron los pilotos más valientes, veloces y talentosos de entonces. Antonio Áscari, padre del legendario Alberto Áscari, fue el ganador.

Por años, este mítico trazado, inmerso en el pulmón verde de Bélgica en la región de las Ardenas, fue una parada habitual en el calendario de la gran carpa del automovilismo mundial: la F1. Sin embargo, dentro de la magia y belleza que hacían única a la pista de Spa habitaba oculto un lado oscuro, que trajo sombra al escenario.

Autos más veloces, seguridad precaria, una pista que no permitía fallas ni errores, y un deporte en esencia lleno de riesgos, compusieron una fórmula que hicieron que el circuito tomara fama de ser uno de los más peligrosos del calendario de la F1. Tanto así, que las fiestas más exuberantes de los pilotos ocurrían tras los GP de Bélgica cuando no había fallecidos.

Brian Redman, cinco veces ganador en Spa en autos de duración, decía: “Para mí, Spa-Francorchamps era el circuito más difícil, por la velocidad. Cada vez que iba allá pensaba: ‘Esto fue, aquí moriré’. Me quedaba despierto toda la noche sudando de solo pensarlo”.

La fama trascendía, crecían los peligros, y la muerte y la tragedia se hacían visitantes comunes en las carreras en el circuito. De hecho, a la fecha, tiene la triste “distinción” de ser el único escenario en el que dos pilotos han fallecido durante la misma competencia. Esto ocurrió en el marco del GP de Bélgica de 1960, cuando murieron los británicos Alan Stacey y Chris Bistrow.

En 1966 Jackie Stewart, uno de los pilotos más reconocidos de la gran carpa, tuvo un fuerte accidente y vio su automóvil prendido en llamas. Su coequipero, Graham Hill, quien también acababa de chocar, pudo extraerlo de su monoplaza, salvándole así la vida.

Para colmo de males, no había ambulancias disponibles y Stewart fue trasladado en una van que se perdió camino al hospital. Como consecuencia de este accidente, el piloto británico, perteneciente a la GPDA (Grand Prix Drivers Association), se volvió un fuerte crítico del evento. Sus preocupaciones y las de los demás pilotos de la asociación por los peligros inherentes a la pista llevaron a que se cancelara la edición de 1969 y que Spa quedara excluida del calendario el año siguiente.

En 1979, la urgencia por circuitos más seguros llevó a que se rediseñara por completo el trazado de la pista. La longitud fue reducida de 14 a siete kilómetros y, además, fue adecuada con los últimos avances en seguridad. Gracias a esto la F1 volvió a este escenario en 1983.

Aunque el cambio fue radical, se conservaron tramos y curvas del circuito original. Esto logró que la genética se pudiera preservar. Además, el verde, los robles, las colinas y los ríos, que hacían cautivadora esta pista, seguían siendo (y aún lo son) los protagonistas de escena que adornan la atmósfera de este mítico circuito.

Por ejemplo, las rapidísimas curvas en ascenso ciego, Eau Rouge (llamada así, por el río rojo que cruza) y Raidillon, a las que le sigue la recta más larga del trazado, conforman uno de los tramos del circuito original que se conservan en el moderno Spa.

Esta sección del circuito se ha convertido en uno de los más icónicos en el deporte motor, pues requiere valentía, destreza y talento para poder dominarlo. Refiriéndose a ella, Michael Schumacher, seis veces ganador en Spa, decía: “Eau Rouge es la curva más tremenda del mundo. Es como estar volando en bajada y después ver una gran montaña frente a uno. Da la sensación de estar manejando directamente hacia ella. Después, haces el ascenso y es probablemente el momento que genera la mejor sensación que se puede experimentar como piloto”.

Este fin de semana se realizará el 61º GP de Bélgica en el circuito de Spa-Francorchamps, una pista de la vieja guardia que gracias a su genética, historia, herencia y magia intrínseca, se mantiene en el calendario de la categoría reina.

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