La biblia de las plantas colombianas

El “Catálogo de plantas y líquenes de Colombia” reúne el esfuerzo de 180 botánicos de 20 países. Su elaboración tomó 13 años. En total se documentaron 1.674 líquenes y 26.186 especies de plantas.

“Valeriana neglecta”, una especie nueva para la ciencia descubierta por Rodrigo Bernal. Es un espécimen que había sido recolectado en la Sierra Nevada de Santa Marta en 1844 y permaneció guardado en ese herbario sin ser clasificado. Por eso lo bautizó con el nombre neglecta, que quiere decir olvidada, pasada por alto.

El primero en soñar e idear un catálogo absoluto que registrara todas las plantas de la Nueva Granada fue el médico y botánico José Jerónimo Triana. En 1857 Triana viajó a París con la misión de analizar cada planta, examinar los diversos individuos de cada familia, confrontar la información de los botánicos de la época para construir así una obra científica que tendría por título La flora de la Nueva Granada.

Como ocurrió con Rufino José Cuervo, quien ambicionó casi por la misma época un diccionario que consignaría la historia de cada palabra de la lengua castellana pero apenas vivió para completar una pequeña parte de ese proyecto, Triana dejó a sus herederos un libro valioso pero incompleto. Pasarían 160 años antes de que su sueño se materializara gracias al esfuerzo colectivo de 180 botánicos de 20 países que, bajo la coordinación de Rodrigo Bernal, profesor especial de la Universidad Nacional, S. Robbert Gradstein, del Museo de Historia Natural de París, y Marcela Celis, del Jardín Botánico de Bogotá, presentaron esta semana al país el Catálogo de plantas y líquenes de Colombia.

La idea nació en 1999, mientras Bernal completaba una pasantía en el Field Museum en Chicago, pero estuvo congelada durante un tiempo porque científicos del Instituto Humboldt le dijeron que ya estaban trabajando en algo similar. Dos años después el proyecto renació con la visita de Robbert Gradstein al Instituto de Ciencias Naturales de la Universidad Nacional, quien llegó desde Alemania con la misma idea. Gonzalo Andrade, entonces director del instituto, le dijo a Gradstein que él sabía quién podía estar interesado.

“Se me aparecieron el 6 de junio, día de mi cumpleaños, y me dijeron: le tenemos un regalo. Me preguntaron si quería coordinar la edición del catálogo”, recuerda Bernal. La tarea comenzó con la definición de las pautas y la ruta a seguir. Con el dinero que aportó la Fundación Volkswagen se dieron los primeros pasos.

Mientras Bernal contactaba especialistas mundiales en distintas familias de plantas, un grupo de casi 32 personas, entre fotógrafos, asistentes y técnicos, digitalizaban la colección botánica más grande del país, la del Herbario Nacional, en el Instituto de Ciencias Naturales de la Universidad Nacional.

En vista de que muchos de estos especialistas dispersos por jardines botánicos, universidades e institutos de investigación de todo el mundo no podrían visitar el país, la idea era poner en sus manos toda la información local a través de internet. Como sucedió con José Jerónimo Triana, la misión de todos estos botánicos era analizar y completar los registros nacionales con las demás fuentes de información con que contaran, desde libros de siglos pasados hasta bases de datos modernas y artículos científicos.

Hacia 2007 ya existía una versión preliminar del catálogo para que los botánicos trabajaran sobre ella. Cuando escaseaba el dinero donado por los alemanes, llegó el apoyo de la Global Biodiversity Information Facility de Dinamarca. Esta organización pretende que algún día toda la información biológica del mundo esté digitalizada y sea de dominio público. Luego se sumaron a los donantes el Instituto Humboldt, el Ministerio de Ambiente, la Universidad Nacional, la Inter-American Biodiversity Information Network, la Andrew W. Mellon Foundation, la JRS Biodiversity Foundation y el Missouri Botanical Garden.

Estaba previsto que se terminaría en 2009. Diversos inconvenientes se fueron atravesando en el camino, entre ellos la imposibilidad de conseguir botánicos especializados que trabajara ad honorem y estudiaran algunas familias particulares de plantas. Esa tarea la asumieron los editores.

“En el caso de las rutáceas, por ejemplo, hay un experto en Brasil y otro en Nueva York, pero ninguno quiso aceptar la tarea. Los editores asumimos esas familias huérfanas para las que no encontramos padrinos. Tuve que ir al herbario de Londres, al de Missouri, al Smithsonian”, cuenta Bernal, que ha dedicado casi toda su carrera como científico al estudio de las palmas.

Ahora que el libro final está en imprenta y una versión digital puede consultarse en internet, Bernal y sus colaboradores pueden decir orgullosos que el Catálogo de plantas y líquenes de Colombia reúne la más completa y exhaustiva lista jamás documentada de las plantas y los líquenes que crecen en el país.

El Catálogo documenta la presencia en Colombia de 1.674 líquenes y 26.186 especies de plantas, incluyendo 769 especies introducidas. Entre estas últimas hay al menos 15 que ya se han naturalizado en el país, por lo que ahora hacen parte de la flora silvestre de Colombia. La cifra total incluye además 496 especies que no han sido halladas todavía en Colombia, pero cuya presencia en el país es casi segura, pues han sido recolectadas en áreas vecinas, la mayoría de ellas a menos de 10 km de la frontera.

Se estima que en Colombia aún podría estar sin identificar el 15% de las plantas que hacen parte de nuestra riqueza biológica. Por esta razón el ministro de Ambiente y Desarrollo Sostenible, Gabriel Vallejo, y el rector de la Universidad Nacional, Ignacio Mantilla, coinciden en afirmar en la presentación del libro que el catálogo no es el final de la investigación botánica en Colombia.

“El conocimiento de nuestra flora es todavía incompleto y existen vastas regiones del país que han sido escasamente exploradas. Cada año se descubren varias decenas de especies nuevas para la ciencia y se amplía el área de distribución conocida para muchas otras, a la vez que los investigadores descubren día tras día nuevas aplicaciones para nuestras plantas. El camino a recorrer es todavía largo”, escribieron.

El otro proyecto botánico en marcha en el país es Flora de Colombia, en el que se pretende incluir descripciones detalladas de cada una de las especies. Pero esa obra, iniciada en 1981, apenas ha cubierto el 2% de las especies.

Bernal señala que la versión digital del Catálogo “es una herramienta ultrapoderosa que facilitará el trabajo a todos los que hacen estudios de impacto ambiental e investigación biológica en el país”. Explica que tareas que antes le tomaba semanas enteras a un biólogo, ahora las podrá completar en unos pocos minutos.

“Usando esta herramienta, un usuario podría obtener respuesta a preguntas como cuántas y cuáles especies de árboles hay en la Amazonia, cuáles especies de plantas hay en el departamento del Quindío, cuáles son las plantas que crecen por encima de 3.000 metros de elevación, y muchas más por el estilo”, apunta el investigador.

Ahora que está completo el catálogo de plantas, queda claro además que los sueños de José Jerónimo Triana se adelantaron a su tiempo, aunque seguramente jamás acarició la idea de una red de máquinas capaces de conectar en tiempo real a los botánicos de todo el mundo ni intuyó la existencia de un mundo virtual donde el catálogo de plantas viviría y crecería con cada nuevo descubrimiento.