Ámsterdam, la ciudad que venció al mar

Al igual que un tercio de Holanda, la capital del país está por debajo del nivel del mar. Sus habitantes, en el siglo XVII, construyeron una red de diques y canales que hoy se configuran como un extraordinario atractivo.

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La lucha constante contra el mar no solo les enseñó a los holandeses cómo ser grandes navegantes, sino a convertir este elemento en una herramienta de planeación urbana, uno de sus grandes atractivos turísticos. La historia de la ciudad comenzó en el siglo XIII, con el nacimiento de un pueblo pesquero que poco a poco fue ampliando sus excursiones a lo largo del mar del Norte. De acuerdo con los guías turísticos, tomó su nombre del río Ámstel que la rodea, y la palabra Dam hace referencia a los diques que durante siglos se han construido para mantener el agua a raya.

Varias guerras durante el siglo XVII y la cercanía al mar hicieron que Ámsterdam atrajera comerciantes de todas partes del mundo, que no solo llegaron con su habilidad para los negocios, sino con sus religiones. La ciudad comenzaba a perfilarse como un foco de desarrollo y tolerancia a la pluriculturalidad. Fue en este contexto que comenzaron a construirse los famosos canales, que le dieron a la capital holandesa el apodo de la Venecia del norte.

El de los Señores, el del Emperador y el de los Príncipes, ubicados en medio de dos de defensa (singels), fueron los primeros canales que se construyeron, rodeando lo que hoy se conoce como el centro histórico de Ámsterdam, que es considerado el más grande de Europa. Fueron cavados a mano y pueden ser recorridos en todo tipo de embarcaciones (incluso es posible contratar un tour o alquilar una balsa), para conocer la historia de la ciudad.

Aunque hay varios puntos de abordaje, la mayoría de estos botes parten desde el muelle frente a la Estación Central de Trenes, un edificio naranja con detalles dorados que data del siglo XIX y fue construido a lo largo de tres islas artificiales sobre el lago Ij. No solo recorren los tres canales principales, sino algunos de los que los interconectan, muchos de los cuales tienen los nombres de la actividad que se llevaba a cabo en el sector durante la llamada Edad de Oro.

Es el caso del canal de los Cerveceros, que tuvo bastante importancia debido a que en la época de la peste los holandeses creían que era más saludable consumir cerveza que agua, o el de los Arenques, donde los pescadores descargaban el producido del día. Hoy todavía es posible visitarlo y comer este pescado en diferentes preparaciones. Asimismo, se destacan otros como el de los Enamorados, que con sus siete puentes es uno de los más bellos.

Este cinturón de canales fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 2010 y hay que admitir que pasear por ellos es todo un encanto, pues a menos que haya un puente o una esclusa de las que se abren para que fluya el agua, lo único que los flanquea son los olmos, que se usaron como pilotes para construirlos, las cerca de 2.900 casas flotantes (el gobierno ya no da permiso para construir más) y, por supuesto, las típicas viviendas de Ámsterdam.

Éstas se pueden admirar en detalle en el canal de los Señores, no sin antes pasar por el río Ámstel, visitando la Alcaldía y la Ópera de la ciudad, que funcionan en un mismo edificio, y el Museo Hermitage, que solía ser la residencia para mujeres de la ciudad. Las casas son altas, profundas, delgadas y de ventanas amplias, pues en el pasado había un impuesto al ancho de las viviendas, lo que obligó a dejar muy poco espacio para las escaleras, que son muy empinadas.

La solución que encontraron fue bastante particular. De los techos cuelgan ganchos o poleas que se usan para subir mercancías y objetos que entran por las ventanas, lo que obliga a los holandeses a verificar que cualquier compra pueda caber por ese espacio antes de pagar. Esta particularidad, además, llevó a que muchas viviendas estén inclinadas hacia adelante, así que si siente que la ciudad se le viene encima, no se asuste, es una cuestión arquitectónica. No hay que dejar de pasar por la Curva Dorada, donde vivían los comediantes con dinero que invertían en casas más anchas.

La siguiente parada es el canal del Emperador, que no tiene mucho para ver, por lo que se recomienda pasar rápidamente al canal del Príncipe, que da acceso al barrio Jordaan, antiguo hogar de los artesanos, que actualmente resguarda restaurantes y bares de moda. A lo largo de este canal hay varios atractivos por visitar, como la iglesia del Oeste, donde reposan los restos del pintor Rembrandt, o la casa 263, en la que vivió Ana Frank. Para conocerla, lo más recomendable es reservar los tiquetes en la página web oficial, pues las filas son eternas.

Al regresar al muelle de la Estación Central, las opciones son infinitas. Es bueno saber que esta plaza está flanqueada por dos iglesias: en una esquina está la Iglesia Vieja, el edificio más antiguo de Ámsterdam (solía ser católica pero se convirtió al calvinismo), y en la otra la Basílica de San Nicolás, que la reemplazó en 1842. En medio de los dos se encuentra el barrio rojo, famoso por los shows sexuales, las vitrinas de mujeres y la abundancia de cafés donde está permitido el consumo de marihuana y hachís. La existencia de este barrio es tan antigua como la de la ciudad, pues como dicen los lugareños, los marineros llegaban de sus largos viajes a “pecar y a rezar”.

Otro plan recomendado es visitar alguno de los 75 museos que alberga la ciudad. En un solo barrio, a diez minutos del centro, se encuentran el Rijksmuseum, el más importante del país, con obras de Rembrandt y Vermeer, así como esculturas y piezas de la historia holandesa, o el Museo de Van Gogh, que tiene la mayor concentración de obras del artista. No muy lejos está la fábrica de Heineken, la cerveza insignia del país, que también tiene su propia exposición para recorrer, y el Vondelpark, listado como el parque más bello de la capital neerlandesa gracias a los 70 tipos de rosas que florecen en sus jardines.

La atracción imperdible en el centro histórico, a donde los canales no llegan, es la plaza Dam, adornada en su centro por un obelisco blanco de 22 metros de altura que honra a los soldados holandeses caídos durante la Segunda Guerra Mundial. Está enmarcada por el Palacio Real, en el que ya no viven los reyes pero que vale la pena visitar, y por la iglesia Nueva, que en realidad data del siglo XV. Este espacio es el ideal para quienes buscan recuerdos o souvenirs: desde zuecos tallados a mano en vivo hasta pequeños llaveros se consiguen por las calles aledañas.

Suena lejos, pero no lo es tanto. A fin de cuentas, Ámsterdam es la ciudad de las bicicletas y se puede recorrer con mucha facilidad. Existen varios puntos para alquilarlas, aunque también está la opción del tranvía, que no cuesta más de dos euros. La recomendación es obtener la tarjeta I Ámsterdam, que entre 24 y 96 horas, dependiendo del costo que se pague, concede acceso gratuito a 44 de los museos, otras tantas atracciones y el sistema integrado de transporte. En otras palabras, no hay excusa para no salir a disfrutar la ciudad y por el agua no hay que preocuparse, ya está controlada.

 

*Invitación de Pullmantur.

 

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